El
componente petrolero en la geopolítica mundial, resulta ser de suma importancia para poder entender que está pasando en el entramado de intereses en el mundo actualmente, este afecta directamente a la
economía, incide en temas militares, es el soporte para la aplicación de
estrategias políticas encubiertas. La baja de los precios del
petróleo, el descubrimiento de nuevas tecnologías, tanto para la exploración,
como para la explotación, los efectos en los precios en productos de
consumo masivo y por lo tanto en el nivel de vida de los ciudadanos, la
incidencia que tiene en el mercado de valores, el hecho de haber afectado los ingresos de ciertas dictaduras incomodas
para occidente y por último el alto consumo de China son variables que, en el
ajedrez político mundial, terminan siendo claves para entender muchas
decisiones de parte de algunos países, sobre todo los Estados Unidos, que en
apariencia son inexplicables.
La
intervención de las potencias en el oriente en el último siglo, no tiene otra
causa que su interés por las grandes riquezas petroleras. El petroleo es el fluido
vital de la economía mundial, es la sangre y el oxígeno
del desarrollo, de todo lo que se mueve. El oro negro es la clave.
El
economista Salomón Kalmanovits, explica de manera muy sencillo los efectos
directos en la baja de precios: “Para los países importadores de petróleo, la reducción de precios
equivale a un impulso de su demanda que puede aliviar la recesión europea y
acelerar el crecimiento norteamericano. Para los países productores es una
calamidad, siendo Venezuela la más afectada por haber perdido eficiencia, ser
tan regalada y endeudarse en estos años de bonanza. Rusia es otra damnificada,
pues depende del petróleo en dos tercios de sus ingresos externos. Arabia
Saudita y los países del golfo, también Noruega, cuentan con costos bajos de
producción y con enormes ahorros que les permiten sortear la caída de sus
ingresos. Colombia es otro perjudicado, pues la mitad de sus exportaciones
deriva del petróleo, pero como buen nuevo rico no hizo ahorro de su corta racha
de fortuna; por el contrario, se especializó en tan volátil actividad y se
endeudó aprovechando ese colateral”.
Los
Estados Unidos han venido recogiendo frutos de sus investigaciones, tecnologías
como el Fracking, le han permitido aumentar su producción petrolera
y disminuir su dependencia de los países productores; “Canadá con su
explotación en las arenas bituminosas y México con sus grandes yacimientos en
el golfo, hacen de Norteamérica un formidable productor de crudo con los
correspondientes efectos en los precios y en la paleolítica energética global.
El petróleo, a nivel económico constituye “el rey de las ‘commodities’, el
recurso natural de mayor importancia geopolítica desde hace más de un siglo, y
a pesar de los avances científicos para descubrir fuentes alternas de energía
seguirá junto con el gas, su vecino de las profundidades, teniendo suma
importancia en los años por venir”.
El
excelente columnista y analista Marcos Peckel, explica magistralmente lo que
significa esta variable: “La geopolítica petrolera es una compleja maraña de
yacimientos, rutas marítimas, oleoductos, puertos, tanqueros, ambiciosas
compañías multinacionales y precios. El mercado del crudo no se comporta como
el de otras commodities, pues se puede asumir que el recurso es infinito y
simplemente abriendo o cerrando los grifos se controla la oferta y esto depende
tanto de factores económicos como políticos. En los últimos 50 años el precio
del crudo ha oscilado entre los tres y los 150 dólares por barril, habiendo experimentado
más volatilidad que cualquier otro recurso natural. El mercado se ha visto
afectado igualmente por el arribo de varios nuevos países productores, Colombia
por ejemplo, y es dable suponer que nuevos yacimientos serán ‘descubiertos’ en
la medida que esto le convenga a las grandes empresas explotadoras, trasportadoras
y refinadoras, las originales ‘siete hermanas’ -Exxon, Mobil, Shell, Texaco,
BP, etc-. a las cuales se han agregado apenas un puñado más.
Sí
se revisa la historia fatídica de la relaciones entre occidente y oriente, las
intervenciones y guerras del último siglo, se entenderá lo que significa la relación
petróleo y política, gran parte de las guerras y los grandes conflictos de los últimos
cincuenta años, desde la guerra del Yom Kipur, hasta las tensas relaciones de hoy
entre Iran y los Estados Unidos.
El
petróleo en muchos casos, por factores económicos y políticos es la clave: “Desde
entonces el ‘arma del petróleo’ ha sido usada principalmente al revés:
restringiendo las exportaciones a países a los que el Consejo de Seguridad ha
impuesto sanciones, como Iraq, Irán y Libia. Rusia por su parte, el principal
proveedor de gas natural a Europa, ha usado los grifos para limitar las
exportaciones, subir los precios y extraer concesiones políticas”[1].
Otra
variable poco estudiada son los excedentes de capital producto de la explotación
del petróleo. Estos siempre terminan en los grandes fondos de inversión de
occidente. Este es un tema alucinante, pues con ellos se altera muchas economías, sobre todos en los países emergentes, se crean políticas de fomento y se
estructuran plataformas económicas muy fuertes; igualmente han servido para
incentivar la perversa especulación, con los denominados dineros golondrinas, así
como políticas de intervención encubiertas. Es un hecho, el tema del petróleo da
como para un libro, espero seguirlo tratando en este blog.
Nada más fatal para Colombia en estas circunstancias, que su sistema judicial este permeado por la corrupción, no es un
problema coyuntural, sino una crisis que afecta a todo su estructura, el
fenómeno llegó a las cortes, incluyendo la corte constitucional, que hasta la
fecha constituía un orgullo a nivel nacional e internacional, fue la
joya de la corona por el respeto que ganó en todos los niveles de su
competencia, con unas jurisprudencias excelsas.
El presidente de la corte costitucional Jorge Pretel tuvo que dejar el cargo por un caso de soborno. “Hoy está separado de su cargo
como presidente de la Corte Constitucional porque un abogado de nombre Victor
Pacheco le dijo a sus colegas que Pretelt le había pedido un soborno de 500
millones de pesos (algo más de 210 mil dólares) para comprar la conciencia de
otro magistrado, de Mauricio González, para que fallara una tutela que le
permitiera a la fiduciaria Fidupetrol recuperar 22 mil millones de pesos que
tenía embargados por orden de la Corte Suprema”.
Más grave que el propio
caso ha sido la actitud de este magistrado, quien a través de su abogado, ha
querido pasar el hecho como menor, pues ha expresado mil barrabasadas, categorizó en sus últimas declaraciones, que la justicia hoy no tiene nada
que ver con la ética. Por efecto del escándalo, han quedado al
descubierto una serie de artimañas que
realizó para llegar al cargo, propias de un político de la peor ralea, pues está claro que no tiene ni la calidad ni la experiencia para su
ejercicio. Miren además estas perlas:
“Ahora se sabe mucho más
sobre Pretrelt, como por ejemplo que a través de su esposa, una procuradora,
compra tierras a precios económicos, que han sido despojadas a sus propietarios
por paramilitares. Esas tierras que precisamente hoy deben ser restituidas a
las víctimas y que el magistrado pensó que podía convertir en su hacienda
personal, su Pretelandia, su parque de diversiones personal. Un caso de abuso
de poder soportado en las complicidades históricas de sociedades que siguen
dándose licencias por tanta impunidad”, su patrimonio económico, es muy alto y hasta ahora es injustificable, hay razones suficientes para pensar que tiene una cercanía perversa con
ciertos grupos de paramilitares al margen de la ley…en fin.
El caso nos ha permitido
conocer el virus de corrupción que afecta a las grandes cortes, por ejemplo, hay un clientelismo ejercido por los propios magistrados, se acostumbraron a usar una cantidad de artimañas y favores entre ellos mismos, para acceder a los cargos, jubilarse con sueldos altos, que han llevado a la majestad de la justicia a su peor nivel. También se ha develado un sinnúmero
de casos, donde a través del soborno se manipuló el reparto de algunas tutelas
donde están involucradas grandes cifras de dinero. A este punto de gravedad
llegó nuestro sistema judicial.
Pero en este país donde
nunca pasa nada, esperamos que se produzca alguna decisión al respecto. El juez natural del magistrado es la comisión de
acusaciones de la cámara de representantes, órgano lento, corrupto y que no está
preparado de ninguna manera para un caso como este, pero así lo determina la ley y no hay nada que hacer.
Hasta hace unos años, pese
a la gran lentitud del sistema de justicia en Colombia, teníamos en las cortes,
un verdadero magisterio: solemne, de mucho respeto y con jueces de una calidad
indiscutible. De alguna manera hoy todo esto se fue a pique. La realidad es
otra y el congreso es quien debe hacer una reforma para subsanar esta situación, los señores parlamentarios parecen no reaccionar para nada, por lo menos hasta
ahora.
La tarea no es fácil,
recordemos que este es un poder de suma importancia del estado. Colombia, llena
de oficinas de cobro, con un problema de violencia inmanejable, ningún favor le
hace la actual crisis a los problemas estructurales que padecemos.
Varios hechos confirman el
principio a un acuerdo final entre el gobierno colombiano y la FARC. El
primero, la oposición obcecada y recalcitrante ha bajado el tono radical y desde hace
un mes ha mostrado un cambio de actitud, aunque mantiene una posición crítica
del proceso, valido de antemano, asumió hacer las críticas desde la dialéctica propia en que se
desenvuelven los diálogos, de hecho reconociendo la importancia del proceso. Me
refiero por su puesto al Uribismo recalcitrante y a sectores de derecha
bastante conocidos. El segundo la vinculación directa del gobierno americano
con la entrada del asesor Bernard Aronson; la tercera la apertura de los
negociadores de la FARC, que salieron de su escafandra, ahora discuten
seriamente y abiertamente con los medios de comunicación, la prensa y la
academia; por último el viaje del generalato colombiano para acordar el cese al
fuego.
Curiosamente, antes de
escribir esta columna, estaba leyendo un artículo de Luis Bassets, director adjunto
del diario “El país” de España, esto escribe en su última columna, pertienente para el tema que trato:
En
política el tiempo es una materia preciosa. El arte de la política es en buena
parte el de la gestión del tiempo. Todo tiene su tiempo y no hay mayor virtud
política que saber encontrar el momento exacto, es decir, el punto de madurez
de las cosas. Hay ocasiones en que el tiempo aún no ha llegado y el político
que se precipita lo pierde todo y se pierde a sí mismo. Sucede también el caso
contrario, en que dejamos pasar el punto preciso sin tomar la decisión
trascendental y, cuando la voluntad dicta el momento, ya no sirve porque el
tiempo ha cerrado sus puertas. El tiempo es también un gran ingrediente de la
fórmula para la solución de los conflictos.
Nada más certero para
entender los diálogos y el propio acuerdo con la FARC, después de tantos años
de conflicto. Queda claro que el acuerdo no solucionará mágicamente el
conflicto, pero constituye una apertura para ir tejiendo una gran bitácora que
nos permita erradicar el fenómeno de la violencia enquistada en nuestra
realidad. Este es apenas el principio de una estrategia total, que desde el
gobierno y con carácter estatal siente las bases de inclusión y principios de
cambio, atendiendo todos los actores del conflicto, incluyendo a las BACRIM y
creando los cambios institucionales al respecto. Es responsabilidad de todos los colombianos
estar atentos al proceso, nadie deberá sentirse excluido del mismo, menos ser indiferente.
Los partidos políticos, la
sociedad civil, la academia, la iglesia, las ONG, tienen responsabilidades muy
puntuales y de hecho históricamente están comprometidos. El presidente ha sido
perseverante en este tópico y el proceso se ha consolidado seriamente, al
cierre del mismo, de nuevo Colombia se dará una oportunidad histórica.
“En estos momentos el enviado especial de Estados Unidos para el
proceso de paz de Colombia, Bernard Aronson, se encuentra en La Habana,
donde se reunió este fin de semana, por separado, con los delegados del
Gobierno de Juan Manuel Santos y con los de las Farc, confirmó a Efe una fuente
cercana a la negociación. Aronson, un veterano diplomático que fue
nombrado enviado para el proceso hace un par de semanas por el presidente
estadounidense, Barack Obama, se reunió el sábado con el equipo de negociadores
del Gobierno colombiano, tras su llegada a la capital cubana, precisó la fuente
consultada sin dar detalles de los temas abordados en los encuentros”
Esto significa que estamos
muy cerca de firmar el acuerdo, que están dadas todas las condiciones y que es
preciso estar muy atentos como colombianos que somos. Estaré por lo tanto
pendiente esta semana de como se desenvuelven los diálogos en la Habana.
Siempre he dicho, que
cuando alguien escribe algo que te proponías y lo encuentras tan completo a tus
propósitos, lo justo es hacerte a un lado. Iñarruti, para mí es un fenómeno, que poco
reconocimiento ha tenido en Latinoamérica, frente a sus realizaciones, su obra es contundente y desde la cámara
ha ahondado y descifrado la naturaleza humana de manera deslumbrante, por lo
menos a puesto al descubierto las tensiones más crudas que dominan la
existencia. Me encontré un artículo en
el país de España sobre su última película que me ha dejado sorprendido, no
solo por la calidad del texto y la entrevista, sino por ser una síntesis magistral de lo que representa este creador
para el mundo. Lo presento a mis escasos y espero que lo disfruten tanto como
yo:
FÓRMULA IÑÁRRITU
JAN MARTINEZ AHRENS
El director mexicano se enfrenta a su primera obra histórica,
‘The Revenant’, con el ánimo exigente que siempre le impulsa.
Más sincero que nunca, en este encuentro deja claro que nunca
se da por vencido.
Después de nueve nominaciones a los Oscar con ‘Birdman’,
sigue batallando su particular “guerra a muerte por lograr una buena película”
Los barcos, a veces, albergan historias secretas. El Toluca,
un carguero de la compañía Transportación Marítima Mexicana, fue uno de
ellos. Anclado en el puerto de Veracruz, enroló en 1980 a un muchacho de
17 años y pelo negrísimo que buscaba poner un océano entre su pasado y su
presente. Pocos meses antes se había escapado de casa con una mujer mayor que
él. La fuga terminó en desastre: el padre de la dama amenazó al padre del
soñador; ella se sumió en una crisis profunda, y él perdió el hilo, fue
expulsado del colegio y, bajo el sol del trópico, acabó embarcado en el Toluca,
donde daban comida y transporte a cambio de fregar el suelo y engrasar las
máquinas. A bordo del buque, recorrió el curso del Misisipi, descubrió
Barcelona y alcanzó la Toscana y Sicilia. Corría 1980 y en Alejandro González
Iñárritu se había abierto el hambre de mundo. Dos años después volvería a
embarcarse. Esta vez, arribó a Bilbao, y desde allí, con mil dólares que le
había dado su padre, vivió un año a la deriva. Vendimió en La Torre de Esteban
Hambrán (Toledo), durante semanas durmió al raso en el parque madrileño del
Retiro y, al final, saltó a Marruecos. Sin saberlo, en su interior se había
dibujado la geografía de su obra. La huella sobre la que andaría a lo largo de
los años, la semilla de su cine. A la mujer, nunca la volvió a ver.
Han pasado casi 35 años, el Toluca hace ya
mucho que fue desguazado y, a orillas del río Bow, en la gran planicie de la
canadiense Calgary el sol parece recién salido del congelador. No es un lugar
fácil para un rodaje. La temperatura rondaría los 30 grados bajo cero, si no
fuera por el cálido chinook, el único viento capaz de frenar las
aterradoras masas de aire ártico. Su aliento agita esta mañana de enero los
álamos desnudos, bajo cuya sombra se juega un simulacro de muerte.
Sobre la nieve hay sangre demasiado roja para ser sangre, un
fantasma indio embadurnado de ceniza al que por las tardes le gusta escuchar la
música un poco empalagosa de Herbie Hancok y, sobre todo, un tipo de ojos
acuosos y pelo rubio que se parece a Leonardo DiCaprio, actúa (o eso intenta)
como él, pero que no es Leonardo DiCaprio. Sólo un sosias, una imitación, como
la sangre o el fantasma, pero que hoy, bajo la brisa del chinook,
sirve para moldear, en una incesante cadena de repeticiones y correcciones, las
escenas que habrán de rodarse la semana siguiente, cuando llegue el verdadero
DiCaprio.
“A cada paso, esculpo al animal que hay dentro de la piedra”.
Alejandro González Iñárritu es quien impone el orden a orillas del helado
Bow. Tiene 51 años y sigue embarcado en su viaje interior. Broncíneo y de
barbas velazqueñas, su poderosa voz mueve los hilos de la trama. Todo gira a su
alrededor. Y no es fácil. Sus pasos conducen con extrema rapidez de un universo
a otro. Hoy le ha tocado una masacre en un poblado indio, un diálogo entre dos
tramperos de 1823 y una pesadilla con fantasmas y cabezas despellejadas. Tres
escenas que forman parte de The Revenant, su próxima película. Un prewestern de
espacios abiertos y tensos silencios. Su primera obra histórica y rodada en
condiciones extremas. “Me excita poder fallar”, señala el realizador.
Con los 50 entré en una melancolía
profunda. Aún sigo navegando en esa nube en donde se empiezan a apagar las
luces de la fiesta”
A su lado, siempre cerca, camina el director de fotografía,
su compatriota Emmanuel Lubezki (Ciudad de México, 1964), ganador de un Oscar
por Gravity. Entre sí se llaman por sus apodos. Negro(Iñárritu) y Chivo (Lubezki).
Dos viejos amigos del DF. Al equipo se dirigen en perfecto inglés. Pero cuando
tienen que decidir sobre aspectos fundamentales, ambos se apartan y, de pie en
la nieve, deliberan en español, mientras los demás integrantes del rodaje,
estáticos, esperan la decisión que luego ejecutarán bajo el mando único de Iñárritu.
“Soy muy duro, muy militante, muy exigente; se me teme más
que se me quiere. La gente sabe que no va a haber tregua, pero logro conectar
con ellos, porque no exijo nada de lo que no doy y porque la experiencia crea
una catarsis, lleva a un conocimiento profundo de las capacidades de todos
nosotros. Cualquiera puede hacer una película, pero lograr una buena es abrir
una guerra a muerte, principalmente contigo mismo. Por eso me da miedo cada vez
que voy a empezar una, porque no la suelto”.
La afirmación es empíricamente comprobable. Iñárritu actúa
como una centrifugadora. No para un segundo. En pocos minutos decide sobre la
vestimenta del indio que hace de fantasma, el color de la sangre (“más oscura,
que han pasado 24 horas de la masacre”), la duración de las tomas, la
inclinación de la cámara, la longitud de los pasos del falso DiCaprio, la
perspectiva del poblado, el gesto triste de una anciana india… Todo tiene su
huella. El universo gira aceleradamente a su alrededor. Pero en esta rutina,
hoy es un día distinto. Aunque nadie lo diga en voz alta, por superstición o
modestia, todos saben que Birman, la última película de Iñárritu, ha
recibido la noche anterior nueve nominaciones a los Oscar y por los
apartados más codiciados: mejor película, director, actor (Michael Keaton),
actor y actriz de reparto (Edward Norton y Emma Stone), guion original,
fotografía, sonido… La gloria cinematográfica aletea esta mañana entre los
álamos helados. No es la primera vez que Iñárritu ve sus películas aclamadas,
pero nunca con tanta fuerza.
–¿Cómo vive la expectativa de los premios?
–Lo vivo con distancia, porque, si no, te vuelves loco. En mi carrera me he
vuelto un experto en pasar, en un segundo y sin haber hecho nada, de ser un
exitoso nominado a un perdedor. No quiero decir que no tenga ninguna importancia,
puedo sentir cierta excitación, no nerviosismo; hay encanto, pero no es Santa
Claus. A fin de cuentas, la competición en el arte es absurda. No quiero darle
lógica y decir: “Es que soy el mejor y voy a ganar porque tengo estos méritos”.
Si piensas así, acabas perdiendo la cabeza.
La noche es clara en Calgary. En el centro de la ciudad,
a la altura del piso 25 de un cortante edificio de cristal y acero, Iñárritu,
harto de hoteles, ha instalado su vivienda. Es un apartamento de tonos
marrones, aséptico y funcional. Apenas hay detalles personales a la vista,
aunque los muebles, sin estridencias, denotan una confortable provisionalidad,
perfecta para un nómada que ha bajado del todoterreno que le trae del rodaje,
en calcetines y hablando de México y Octavio Paz. Ahora, ya en la estancia,
Iñárritu se ha servido un campari con mucho hielo, ha sacado
un cigarrillo electrónico que ha conectado al mac y se ha
reclinado en un alero del sofá para responder a las preguntas del periodista.
Sus frases son articuladas; la voz, grave y fuerte, arrastra una modulación
radiofónica, pero suena sincera. A veces, antes de hablar, medita. Largos
segundos hasta que cincela la idea. Y entonces la desgrana con seguridad.
–¿Cómo explica su éxito?
–Es difícil de explicarlo, yo no puedo ser objetivo. En un mundo donde la
ironía reina, donde hay que separarse, protegerse y reírse de cualquier cosa
que sea honesta o tenga una carga emocional, yo apuesto por la catarsis. Me
gusta invertir emocionalmente en las cosas. Y la catarsis, cuando toca la vena
emocional, tiene la posibilidad de abrir las puertas incluso de quienes se
protegen.
–Aunque Birdman desborda humor, sus personajes se mueven en la amargura. ¿Es
usted pesimista, está desencantado?
–La inteligencia puede definirse como la posibilidad de poseer dos ideas
opuestas simultáneamente y tener la capacidad de operar. Yo soy dos piernas con
una contradicción constante cuyo resultado es mi obra. Me puedo drenar
rápidamente y llenar de un vacío existencial. En ese sentido, soy un hombre que
observa más las pérdidas que las ganancias, estoy obsesionado con la pérdida,
porque me duele perder lo que he tenido.
El vacío y la pérdida. Iñárritu ha empezado a dar golpecitos
con el dedo índice al cigarrillo electrónico, de aspecto galáctico. Aspira, da
otro golpecito, aspira. Pero nada. No funciona. Riéndose de su fracaso, lo
vuelve a conectar al mac y se toma un trago de campari.
“Probaremos luego”. Iñárritu no parece darse fácilmente por vencido. Quienes le
conocen dicen que nunca lo hace. Quizá sea herencia de su padre, un banquero
que se arruinó y se rehízo vendiendo fruta, o de su propia experiencia
iniciática, en la que conjuró un amor cruzando el océano. Sea lo que sea, desde
aquel instante no dejó de estar en movimiento. Tras sus aventuras por Europa y
el norte de África, regresó a la Ciudad de México para ensayar la carrera de
Comunicación, aunque muy pronto eligió otros derroteros. Fue locutor de radio,
dirigió la estación musical número uno en el DF, y se volcó en la música (“soy
más musicólogo que cinéfilo”, dice). Pero ni tener banda propia ni componer
para seis películas le dio paz. No era un virtuoso. El perfeccionismo, esa pulsión
que le permite rodar a 30 grados bajo cero, chocó contra él mismo. “Tengo los
dedos torpes”, confiesa.
El cine se le apareció como única salida. Anuncios,
cortometrajes, televisión. Poco a poco descubrió que tenía un talento natural
para un mundo en el que no existían antecedentes familiares (“salgo de mí
mismo, soy una flor extraña”). Las horas pasadas en la Cineteca Nacional empapándose
de neorrealismo italiano, el ADN de su cine, hicieron el resto. Estudió
dirección teatral con el legendario Ludwik Margules, un tiránico maestro que le
inculcó la necesidad de tener bajo su bota cada milímetro de la escena y de
hacerlo con un espíritu renacentista. “Nada puede escapar, todo es
responsabilidad mía, de todo he de saber”. El demiurgo empezaba a despuntar. La
alianza con el guionista Guillermo Arriaga culminó este proceso. En 2000 se
estrenó la desgarradora Amores perros, luego vinieron 21
gramos(2003), Babel (2006), Biutiful (2010)
y ahora Birdman . La escalera le llevó cada vez más arriba. La huella del
carguero Toluca iba por delante. Memphis, a orillas del
Misisipi, Barcelona o Marruecos fueron el escenario de sus películas. “Aquel
viaje me marcó para siempre”.
Aupado por los premios, entre ellos el de mejor director en
el Festival de Cannes por Babel, el mexicano se volvió un artista
codiciado por los gigantes de la pantalla, se erigió en la cabeza visible de
una camada que, junto con sus amigos Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, ha pulverizado
todos los techos para los creadores hispanos. “Pero no es un boom,
hay una sincronía, una generación que comparte un espacio de la cinematografía
y que además es amiga. Lo del boom está tan desgastado, el
boom siempre trae un tum-tum-tum, como el final de una canción…”.
En este camino ascendente se fue a vivir a Los Ángeles, rompió sonoramente con
Arriaga y avanzó en la madurez. En el camino también cruzó la barrera de los 50
años. El tiempo empezó a agostarse. Su mirada volcánica se serenó. Pudo
sentarse, como él mismo explica, “a la orilla del río a ver el flujo
desbordante de los pensamientos y sentimientos”.
–¿Le influyó mucho cumplir 50 años?
–Decían que los 40 eran duros, aunque yo ni me di cuenta cuando los pasé. Pero
con los 50 entré en una melancolía profunda. Aún sigo navegando en esa nube en
donde se empiezan a apagar las luces de la fiesta.
–Todo se vuelve pasado.
–La fiesta se va a acabar. Pero no me preocupa el pasado, sino lo que voy a
perder, nuevamente.
Birdman es hijo de ese crepúsculo. A medida que se acercaba
al medio siglo de vida, Iñárritu buscó puerto en la meditación zen.
Hizo un retiro. Observó sus voces internas, sobre todo, esa que le convierte en
el centro del universo en los rodajes, desde la que irradia el magnetismo que
le reconocen sus amigos. “Esa voz inquisidora”, explica el director, “a la que
llamo el Torquemada interno, un tipo al que le presentas cualquier caso y te
mandará al fuego, un terrorista con el que no hay negociación posible”. Fue esa
voz la que dio la clave de Birdman.
Sobre su huella construyó una película casi experimental,
asentada sobre gigantescos planos-secuencia, que se mueven continuamente al
borde del precipicio. Una comedia agridulce (“a non funny comedy”,
bromea el director) que tiene mucho de repaso vital: un actor que años atrás
alcanzó el estrellato por interpretar a un superhombre lo apuesta todo con una
obra de teatro en Broadway, pero a medida que se acerca la hora del estreno,
ese hombre, de más de 50 años, atormentado por su voz interior, se enfrenta a
su pasado, a su familia, a sí mismo. A la perplejidad del arte.
“Birdman es una película que tiene alas que me
han liberado. He cambiado la forma de abordar los temas, pero estos siguen
siendo los mismos: quién coño somos, qué significado tiene y de qué trata esta
vida. Es una película para todos los que sentimos eso. Habla de la necesidad de
reconocimiento, de confundir la admiración con el amor; de entender ya
demasiado tarde que era amor lo que tuvimos y que no lo supimos, y que eso era
lo único que necesitábamos tener. Los seres humanos somos criaturas patéticas y
adorables. Todos tenemos algo de Birdman”.
Para mí el ritmo es Dios. El arte es
la palpitación de ese ritmo y, si no lo tienes, es imposible crear algo. Yo lo
poseo”
El director se ha puesto un segundo campari. Dice que le abre
el apetito. Durante la conversación han traído la cena. Solomillo con
espinacas. Los platos aguardan a ser recalentados en el horno. A lo largo de la
entrevista, Iñárritu habla con convicción. No gesticula demasiado. Sólo en
ciertos momentos, enfatiza sus palabras con un golpe de manos. Ocurre al tratar
la crisis de los 50 años, los amores perdidos, al analizar los problemas de
México y el cinismo de Estados Unidos, que vende las armas y compra las drogas
a su vecino del sur. Pero también sazona sus contestaciones de humor. Entonces
sonríe abiertamente, busca la complicidad con la mirada. En ningún momento
parece cansado. Su voltaje es constante. No hay bajones. Ni siquiera cuando
entra en los meandros de Birdman. En la obra no sólo se representa otra obra (De
qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver), sino que, en un
juego de espejos, el actor principal, Michael Keaton, que se hizo famoso por
haber interpretado Batman, en la película representa a Riggan
Thompson, conocido por haber encarnado a Birdman. La ficción, la
realidad y la metarrealidad se superponen, como muñecas rusas, en la cinta.
–¿Qué buscaba al escoger a Keaton/Batman para interpretar a
Riggan Thompson/Birdman?
–La metarrealidad que Michael Keaton agregó a la película era muy importante,
pero también un factor de alto riesgo. Y no fue el único, Edward Norton tiene la
misma reputación que el personaje que interpreta, el actor de Nueva York que ha
estado en la escena del teatro, pesado, dominante y sobreintelectualizado. En
el plató reinó eso: el gozo de poder representarse a uno mismo desnudo y sin
vergüenza. Se abordó de una forma honesta, no intelectual, no irónica. Esta
película es sincera. Yo estoy ahí dentro y esas son mis miserias, mis
realidades. Yo he sido todos esos personajes. O he sido yo o he trabajado con
ellos o he sido víctima suya. Ese ha sido mi mundo. Esa fue la apuesta. Y son
elecciones reales, no es el actor interpretando a los actores fallidos; no, es
el actor que ha pasado por eso.
–¿Y cómo fue el rodaje con esos planos-secuencia tan largos?
–Fue extremadamente meticuloso y arriesgado, porque si fallaba no había forma
de esconder mi mierda. Iba a quedar expuesta. Pero curiosamente por la misma
efervescencia e inseguridad del proceso, hubo un gozo que yo no había conocido.
Por primera vez me reía a carcajadas en el plató. E incluso sentía culpa. Me decía:
“¿Cómo puedo disfrutar en un set si esto es trabajo?”. Yo tengo un concepto
protestante, en el trabajo no se ríe uno. Pero en esta ocasión, fue una
liberación.
–¿Improvisa o va con la idea ya totalmente fija?
–Tengo dos virtudes. Una es el concepto. Veo con precisión todo lo que no debe
ser y lo que debe ser. La segunda es el ritmo. Para mí el ritmo es Dios. Sin
ritmo no hay danza, ni arquitectura ni música… Las estrellas tienen un ritmo,
el universo está rítmicamente ordenado, el arte es la palpitación de ese ritmo
y, si no lo tienes, es imposible crear algo. Ese ritmo lo poseo. Suena
abstracto e idiota, pero cuando pongo una escena sé naturalmente cuándo debe
haber un espacio entre una palabra y la otra; sé cuánto tiene que estar
separado un actor del otro y de la cámara, sé qué lentes debe usar, sé si debe
estar más arriba o más abajo, sé la velocidad…
Iñárritu habla, a veces, como filma. Se distancia, se eleva,
vuelve en picado al punto original. Mira hacia delante. Al igual que otros
autores, no es propenso a revisar su obra pasada. La primera vez que lo hizo
fue en Los Ángeles, en 2010. Alquiló un cine y preparó tres días de sesión para
sus hijos, que acababan de cumplir 15 y 17 años y que nunca antes habían visto
sus películas. Proyector, sala oscura, negativos. “Mis hijos han sufrido mis
ausencias y me dije, ‘por lo menos que vean que lo que hice merecía la pena”.
Iñárritu se enfrentó entonces a su propio cine. Digirió su
“perturbadora vitalidad”, se dejó arrastrar por su “flujo sanguíneo emocional”,
pero también advirtió que algo se había quebrado. “Hay abuso en la
construcción, en la fragmentación, me avergüenzo de ciertas cosas, me
incomodan, pero tras Birdman soy un nuevo cineasta, cambió mi
perspectiva formal”.
–¿Y sus hijos qué dijeron?
–Amores perros les encantó. Se sorprendieron muchísimo de que fuera
una película tan moderna. Les pareció un poco hip, les asombró que
su papá, ese viejo, de pronto tuviese un aspecto medio moderno. 21
gramos les impresionó, no la articularon, pero les impactó. Y Babel les
emocionó. Biutiful les dio un bajón tremendo…
Lo dice riendo, con un deje de orgullo por sus hijos. Cuando
habla de la familia, se le nota próximo, emerge una calidez profunda. Lo mismo
ocurre al analizar su país. Ha filmado en todos los rincones del planeta; su
obra, como él mismo recuerda, busca una universalidad sin pasaporte, pero su
punto de vista está arraigado, embebido en México. De algún modo, sigue anclado
en aquel puerto lejano de Veracruz: “Puedo volar donde me dé la gana sin cortar
esas raíces”.
Pero México, esa tierra negra y solar, le duele. La tragedia
de Iguala, el bárbaro terremoto que ha sacudido al país, le recuerda
a otros “hartazgos” sufridos a lo largo de su existencia; como cuando vivió de
niño, junto a su padre, la salvaje devaluación del peso con López Portillo; o
la abismal crisis de confianza de Salinas de Gortari…
“Estoy acostumbrado a estos grandes derrumbamientos. Ahora,
la diferencia radica en que la corrupción es tal que ha llegado a los niveles
más básicos de la vida. Antes se secuestraba a los ricos, ahora el tipo que
vende vegetales o refrescos en la calle, el que arregla llantas, la gente más
humilde, es extorsionada por bandas de narcos que han tomado los Ayuntamientos
y que se reparten el dinero con el alcalde. Ya no es que los Gobiernos sean una
parte de la corrupción, sino que el Estado es la corrupción. Esa impunidad no
puede sostenerse; no sé en qué forma va a cambiar, pero tiene que cambiar”,
comenta Iñárritu para, acto seguido, como en su propio cine, someter la
cuestión al movimiento pendular de su cámara mental: “¿Quién es el culpable de
la corrupción? ¿Somos nosotros, son ellos, o ellos somos nosotros? Eso me
provoca mucho conflicto”.
–¿Y siente miedo en México?
–Es un miedo como el que nos causa el lobo, le tememos porque no lo vemos.
Sabemos de él porque vivimos en el mismo espacio, por sus huellas, por sus
rastros de sangre. Pero no tenemos ni idea de cuándo va a aparecer. Ese es el
miedo que se siente en México. La invisibilidad. Puedes llegar a una oficina a
denunciar, y el lobo puede estar ahí, pero no lo ves. El narco se permeó. Esa
es la parte del vértigo. Estamos en una estepa.
Iñárritu ha terminado su segundo campari y
parece dar por olvidado el cigarrillo electrónico. La entrevista, después de
más de dos horas, ha llegado a su fin. El director se ha alejado un momento a
su habitación para atender una llamada. Luego, obsequioso, calienta la cena en
el horno y abre una botella de vino tinto de Oregón para compartirla. A la
mañana siguiente, volverá a la orilla del río Bow. Enfundado en su ropa polar
negra, buscará la complicidad del Chivo mientras afinan nuevos simulacros.
Ambos, bajo los álamos deshojados, dejarán sus huellas en la nieve.
Hay hechos que logran
sacudir al país por su brutalidad, reflejan la más cruda barbarie, delatan la
flagrante impotencia del estado, de las autoridades, exponen la capacidad de
los violentos, del crimen organizado que parece nadie controla a pesar de que se sabe, quiénes son y cómo actúan, pero el tras-fondo de todo, es la muestra de nuestro estado mental, eso que el editorial del periódico “El Espectador” de Colombia, denominó; “Sicología colectiva”, la pregunta es: cómo llegamos a esa especie de inmunidad, de indiferencia, de absoluta
frialdad, lo que es peor, cómo es posible que exista
alguien capaz de cometer semejante acto; el sicario para este caso, ese asesino a sueldo, ahora
que desgraciadamente los exportamos, como llegó a semejantes límites, matar un niño, el ser más
inocente, está claro que no le despertó la más mínima compasión, los asesina
vilmente con un tiro de gracia. La prensa relato estos episodios, que realmente
nos apenan para el mundo de la siguiente manera:
“En la noche del miércoles
en la vereda Las Brisas, de Florencia (Caquetá), personas armadas incursionaron
en una vivienda donde, sin mediar palabra, dispararon contra cuatro hermanitos.
Los menores, hijos de Jairo
Vanegas Lozada y Victoria Grimaldo Amézquita, se encontraban
solos en su casa porque sus padres habían viajado a la capital del Caquetá para
matricularlos en el colegio. Otro pequeño de 12 años logró sobrevivir y antes
de que fuera trasladado de urgencia a un centro hospitalario en Florencia,
logró llegar hasta la vivienda de un pariente cercano, a quién lecomentó lo sucedió y quien posteriormente
aviso a las autoridades”.
De acuerdo con un familiar
de las víctimas, la masacre se presentó por un problema de tierras, el cual
asegura que ya había sido avisado a las autoridades.
Colombia tiene un grave
problema de salud mental,una gran mayoría de colombianos sigue
viendo la violencia como opción, nos acostumbramos a resolver todos los
problemas de esta manera: En todas las ciudades hay oficinas de cobros,
extorsión, fronteras invisibles, combos y organizaciones criminales,
delincuencia perfectamente articulada con la sociedad, que los tolera y los
usa, para referirse a la tranquilidad de un barrio, dicen sin ruborizarse: aquí
no pasa nada, los muchachos mantienen el control. Vivimos inmersos en muchos
tipos de violencia, nuestra historia esta plegada de guerras, de
masacres, de mafia, de muerte. Lo que quiero destacar es la falta de conciencia
frente a un fenómeno que nos socava, que no nos permite tener un mínimo grado
de civilización. Hablamos de educación, pero estamos lejos de ver resultados
prácticos que nos permitan sentir un cambio al respecto, que toque la herida, la
violencia, parece un virus, ha sido imposible erradicarlo.
“La Organización Mundial de
la Salud, OMS, define la salud mental no solo como la ausencia de trastornos
mentales. Se refiere a ella como “un estado de bienestar en el cual el
individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las
tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera
y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”. Todas las tensiones las
resolvemos en nuestro país con violencia, de la más descarnada, ahora que la
exportamos, los que tenemos la fortuna de viajar al extranjero, sabemos cómo al
colombiano en muchas partes, se le
respeta por lo despiadado, por su capacidad de impartir violencia.
La violencia se refleja en nuestra cotidianidad: Como hablamos, como actuamos y como pensamos. Lo
sucedido en Caquetá, como lo que pasó en México con los 43 estudiantes, refleja
nuestra condición mental, muchas de las insuperables condiciones sociales de
inequidad e injusticia social, la impotencia del estado, así como la incapacidad
de la sociedad para generar soluciones a un problema, muy grave. Como ciudadano de a pie, ahora que estaba fuera del país, quede impertérrito
con la noticia. He venido estudiando el fenómeno de la violencia con mucho
juicio, a propósito de las
conversaciones de la Habana y sucesos como este me dejan anonadado, la mente en
blanco, como sí tuviera que aceptar de antemano, la solución no es tan fácil, existe una realidad compleja, que está por
encima de los intringulis políticos y sociales, hacen parte de nuestros genes
históricos, los que nunca hemos enfrentado seriamente. El fenómeno
amerita otra mirada, mucho más profunda.
En
la universidad Nacional de Medellín ayer, me encontré con dos profesores de historia y
de manera espontánea comenzamos hablar de la situación del pensamiento Francés
por estos tiempos recordando principalmente a Foucault y como estaba la posición
de la academia al respecto. De súbito me citaron la obra que adelanto presento
y que constituye un análisis lucido sobre el Neoliberalismo.
Este
texto fue escrito por los académicos Franceses Christian Laval y Pierre Dardot,
al primero lo conocí por una publicación anterior “La escuela no es una empresa”
donde denunciaba la sumisión de la educación a los intereses económicos la cual
de alguna manera es un a priori a “La nueva razón del mundo” el cual es un
ensayo sobre la sociedad neoliberal desde la esclerótica de los fundamentos que
la soportan, abordándolo desde la suma histórico que lo hizo posible, para
descifrarla en su totalidad, es una radiografía de la A a la Z.
Muchos
nos preguntábamos si Francia había dejado de pensar, los que nos hemos acostumbrado
a la natural reverberación ideológica de su pensadores, nos inquietábamos sobre
la opacidad en estos tiempos tan graves para el ciudadano común.
En
la revista “Números Rojos” en la red, me encontré una entrevista a Christian
Lava realizada por David Losa, que creo pertinente publicar, pues creo que este
texto debe ser de obligatoria lectura para entender en que estamos los
ciudadanos de a pie.
Este
doctor en sociología, docente en la Universidad de París X Nanterre, es uno de
los teóricos más lúcidos de la “academia” francesa. Christian Laval (París,
1953) ha publicado recientemente, con el filósofo Pierre Dardot, “La nueva
razón del mundo, ensayo sobre la sociedad neoliberal” (Gedisa), un volumen
imprescindible para alimentar el pensamiento crítico, en el que repasa los
orígenes y la evolución del neoliberalismo. Los primeros coletazos del libre
mercado, sus justificaciones y enfrentamientos ideológicos, su traumática caída
y posterior cambio de piel en la primera mitad del siglo XX, su papel como
fuente de inspiración en la construcción europea o su desbocamiento tras la
desregulación de los mercados financieros son algunos de los temas expuestos.
Después de leer su nuevo
libro, una de las conclusiones que se pueden sacar es que el neoliberalismo ha
colonizado el alma de los seres humanos, convirtiéndonos en algo así como
“personas-empresa”. Sin embargo, ustedes terminan el libro lanzando un mensaje
optimista…
El
sistema de poder neoliberal conduce a las personas hacia unos comportamientos
de obediencia y sumisión, pero al mismo tiempo no puede evitar en los
individuos eso que Michael Foucault llama contraconducta. O sea, somos
conducidos a vivir en continua rivalidad y competitividad, intentado ir más
allá siempre para alcanzar objetivos, resultados… Toda esta presión subjetiva
sobre los individuos provoca mucho sufrimiento y numerosas patologías que los
psicólogos, los psicoanalistas y los sociólogos han observado, pero al mismo
tiempo también provoca reacciones que llevan a mucha gente a reinventar su
vida, a retirarse del sistema y empezar de nuevo sus lazos sociales. Como
conclusión, formulamos la hipótesis de que hoy se está construyendo una racionalidad
alternativa, algo que hemos denominado ‘racionalidad del común’.
Desde los principios del
liberalismo, y posteriormente del neoliberalismo, el debate principal se ha
centrado en el papel del Estado y de las personas en el gran ‘juego’ de la
economía de mercado. Ustedes entienden que, frente a lo que piensan algunos, el
estado no está siendo el gran perdedor. ¿Podemos deducir que somos los propios
ciudadanos los perdedores?
El
neoliberalismo responde al modelo de empresa y a la lógica de la competencia. A
través de dispositivos y técnicas de poder introduce efectos subjetivos de tipo
empresarial, algo extremadamente curioso que induce a los individuos a
identificarse con el funcionamiento de una empresa. Nosotros vemos que, a la
vez que el neoliberalismo exalta al individuo, lo mutila como persona para
maximizar solo su valor económico.
Ahora que la situación es
crítica, muchos economistas han vuelto su mirada a Keynes. Pero ustedes creen
que es un error…
La
situación actual recuerda mucho a la de los años 30, y en particular al hecho
de que los dirigentes están repitiendo los mismos errores que cometieron los de
aquella época. Por ejemplo, entonces los líderes europeos querían volver al
patrón oro y, como ahora sucede con el euro, para lograrlo imponían políticas
de deflación. Por lógica, los mismos errores conducen a los mismos efectos, y
pienso que Europa camina hacia la autodestrucción. Si me preguntas si es
posible volver a Keynes en el estado actual de Europa… No, ni siquiera
convertido en fantasma. Todo está organizado e institucionalizado para que una
política activa de recuperación sea imposible. La posibilidad de relanzar la
economía a través del presupuesto se considera inviable por la Comisión Europea
y por el Gobierno alemán. Incluso, cada vez se minimiza más el presupuesto.
Pero es que esta crisis no es solo una crisis de mala orientación de las
políticas de austeridad, tiene que ver con los propios fundamentos de la UE. La
gran decisión adoptada ha sido constitucionalizar las disposiciones restrictivas
que impiden que se puedan aplicar políticas diferentes que salven a Europa de
otra manera. Los dirigentes europeos se han encerrado en una prisión de la cual
no pueden salir.
Una de las grandes críticas
que contiene su libro va dirigida a la socialdemocracia, por haber aceptado las
reglas del neoliberalismo. ¿No cree que el germen de la nueva izquierda se
encuentra en los nuevos movimientos ciudadanos?
La socialdemocracia europea ha cometido el error de creer que la construcción
jurídica y política de Europa podía resistir a lo que se denomina el
neoliberalismo anglosajón. Lo que demostramos en este libro es que la propia
construcción europea se hace sobre los preceptos del neoliberalismo, algo que
los socialdemócratas europeos no querían contemplar, pero a lo que, a la
postre, tampoco se han opuesto. Por eso, para mí la socialdemocracia europea se
ha suicidado. Por otra parte, si hablamos de una nueva izquierda, es destacable
el ejemplo de Grecia, con la irrupción de un nuevo partido capaz de atraer más
de un tercio de los votos, un partido que se opone claramente a lo que es
Europa hoy. Si pongo el ejemplo de Francia, el movimiento de coordinación de la
lucha sectorial comienza a ganar terreno, parece que los asalariados se están
dando cuenta de que son el objetivo de una estrategia ideológica. Por ejemplo,
ante el creciente protagonismo del New Public Management (Nueva Gestión Pública
–modelo de gestión privada en la administración pública–), que afecta a todos
los sectores (hospitales, escuelas, justicia ), cada vez más gente entiende que
existe una lógica transversal que obliga a que la lucha sea también
transversal. La próxima etapa requeriría una coordinación a escala de muchos
países. Por eso, la nueva izquierda tendrá que renovarse con algo similar a
aquello que en el siglo XIX se llamó el internacionalismo. Desde luego, queda
mucho camino por recorrer.
Hace dos años y medio de la
irrupción en España del 15M. Para muchos, su naturaleza asamblearia le impide
avanzar, y piden que cristalice en una formación política clásica. ¿Es
esta una nueva perversión del sistema, una tentación del “diablo”?
Soy
muy sensible a las fórmulas de democracia real. Todas estas expresiones de
debate público, de asambleas populares, son el objetivo mismo de la elaboración
colectiva. Simbolizan una profunda oposición al sistema neoliberal. El
neoliberalismo ha puesto en crisis la propia democracia liberal clásica,
desacreditando el sistema clásico de representación, donde la voluntad del
pueblo se expresa a través del parlamento. Pero en un sistema neoliberal los
políticos solo están habilitados para aprobar reglas que vienen de fuera y
sobre las cuales a veces ni pueden actuar. No se trata de que las nuevas
movilizaciones reclamen una vuelta a la democracia liberal de tipo
parlamentario, es preferible observar de forma crítica los límites de esa
democracia parlamentaria para buscar nuevas fórmulas de participación más
directas, donde los propios ciudadanos ganen protagonismo y fuerza en los
procesos de deliberación y decisión.
Según dicen la democracia
ya no es siquiera una estrategia pretendida por el neoliberalismo. No solo eso,
ustedes afirman que incluso la noción de régimen político se ha difuminado. Ha
pasado a ser algo secundario, indiferente…
Friedrich
Hayek, el famoso filósofo y economista, decía que se puede construir un sistema
sobre la desconfianza de la voluntad popular. Él defendía que hay que
establecer diques de contención contra la voluntad de los pueblos. De hecho,
durante la dictadura de Pinochet en Chile dijo: “Prefiero una dictadura liberal
a un gobierno democrático donde el liberalismo esté ausente”. El neoliberalismo
juega a aceptar la democracia como si realmente el gobierno fuera de las
personas, pero es evidente que estamos muy lejos de lo que Lincoln calificaba
como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Hay una distancia
tremenda entre el pueblo y los que gobiernan.
El
ideal neoliberal pretende individuos que busquen constantemente el éxito
personal en libre competencia. Las personas que no encuentran ese éxito, serían
seres frustrados, perdedores. Pero, ¿son esos perdedores la esperanza de un
futuro diferente?
El término anglosajón “win
to win” (“ganar para ganar”), adoptado por el propio neoliberalismo, dice que
todo el mundo gana algo si acepta participar en el gran juego del
mercado. Ya que hemos nombrado a Hayek, él no estaba de acuerdo con esa
falacia, afirmaba que inevitablemente hay winners y losers y que la justicia social es un mito. La experiencia nos dice
que el sistema neoliberal genera riqueza creciente en un determinado número de
personas a la vez que amplía el número de pobres. El win to win ya no es
creíble, y los perdedores difícilmente pueden identificarse con este
sistema. Pero no es suficiente con sentirse perdedor, hay que luchar para
ganar, para construir algo que permita generar una nueva situación.
Ustedes califican la acción
de organismos supranacionales como la OMC, el FMI o el Banco Mundial como un
“gran baile de máscaras”, grandes monstruos despersonalizados creados para
legitimar decisiones que afectan a millones de personas. ¿Es posible quitarles
esas máscaras?
Está
claro que hay gente que se está aprovechando de la situación, son predadores
cuyo único objetivo es seguir enriqueciéndose. Desde hace 30 años volvemos a
presenciar una especie de revancha de los ricos, que están destruyendo todo lo
que podía limitar que se enriquecieran de manera infinita. ¿Cuál ha sido su
estrategia para lograrlo? Han desarrollado un sistema de normas que opera
claramente a su favor y hacen creer a las personas que es algo objetivo. El
mejor ejemplo es el de las agencias de calificación de riesgo, que se permiten
calificar a los países de manera “objetiva”. ¿Qué objetividad es esa? Está
claro que la que ellos quieren.
Según afirman en su libro,
la llamada Europa social era un simple disfraz del neoliberalismo, una mentira
alimentada repetidamente. Hoy ya no se oculta que la prioridad es la
competitividad, ¿supone el fracaso del “modelo francés” en detrimento del
“modelo alemán”?
Para
un francés como yo es siempre molesto hablar mal de los alemanes por el marco
histórico, y lo cierto es que muchos franceses participaron activamente en los
inicios de la edificación de la Europa moderna, y estaban básicamente de
acuerdo con la orientación ordoliberalista de esa construcción. Eso que tú
dices , el gran engaño de la Europa Social, procede de la propia filosofía del
ordoliberalismo, que defendía la llamada Economía Social de Mercado, y que
propugnaba una asociación entre el movimiento sindicalista y la patronal. Pero
no nos engañemos, el objetivo principal del ordoliberalismo no es otro que
crear normas para que funcione el mercado. Es un sistema por y para el mercado.
¿Qué papel van a jugar a
partir de ahora países como España, Italia o Grecia ?
Lo
que se está pidiendo a los perdedores es que sigan jugando, y encima que sean
cada vez más competitivos, lo que lleva inevitablemente a la pauperización de
la población. Están pidiendo al perdedor que sea aún más perdedor. El gran
problema de Europa hoy es que no acepta ver los defectos de sus políticas y sus
consecuencias. No para de imponer nuevas medidas de austeridad estructurales,
de transformar los mercados de trabajo, los sistemas sociales y el poder
adquisitivo de los ciudadanos. Y las diferencias de rentas entre las personas
cada vez son mayores.
Al principio de esta
entrevista auguró una autodestrucción europea. ¿En qué forma?
Esperemos
que no haya más conflictos armados, ya hemos tenido bastantes. La construcción
europea se apoya sobre otra guerra, la guerra económica entre los países
miembros. El camino correcto sería la cooperación, una solidaridad que asegure
a la vez una paz económica. Pero ese cambio de paradigma implica una
transformación total de la arquitectura institucional europea. Pero ahí el
camino será muy largo e implica movimientos sociales en Europa muy potentes.
¿Y si nada de eso sucede?
Vamos
hacia un conflicto mayor por culpa de la ceguera de los dirigentes europeos.
Son como autistas, como prueba el hecho de que los movimientos en España, en
Grecia o en Italia no han cambiado su manera de hacer las cosas. Ellos piensan
que los italianos son niños, siguen aplaudiendo a Mario Monti incluso después
de que haya sido aplastado en las urnas. Hay demasiado desprecio de los
dirigentes a los dirigidos, y eso puede ser el preludio de fuertes convulsiones
sociales.