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miércoles, febrero 04, 2026

Velázquez y 'Las hilanderas': el arte como reflejo de la herencia y la trascendencia

 

                  Las Hirlanderas

Este excelente artículo es tomado de "La revista Ñ" del periódico "El Clarín" de Buenos Aires. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
La obra de Velázquez se entiende como un diálogo entre tradición y creación, donde la herencia artística se convierte en un motor de innovación y legitimación.
Michel Foucault seleccionó "Las Meninas" por su capacidad de ilustrar un cambio epistemológico, pero "Las Hilanderas" ofrecen una meditación sobre el arte y su linaje.
Gonzalo Manuel
Arias

En el arte ninguna obra nace sola. Toda creación adviene en el espesor de una tradición, sobre una trama de filiaciones técnicas, estéticas y simbólicas que preceden al artista y, a la vez, lo constituyen.

Para Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660), esa trama -esa genealogía en el sentido más pleno del término- no era un adorno erudito ni un ejercicio retrospectivo de catalogación; era, por el contrario, una operación estética y política de primer orden, un gesto deliberado de autoconstrucción intelectual, una estrategia de legitimación y, en última instancia, la condición misma de la trascendencia artística.

En la genealogía se cifra no solo la herencia, sino la interrogación sobre aquello que funda la herencia: el origen convertido en problema crítico. De allí que la historia del arte pueda leerse como una continuidad dinámica, como un gran taller transgeneracional donde cada obra contiene la huella latente de otra precedente, según aquel principio formulado por el historiador alemán Aby Warburg (1866-1929) como Nachleben der Antike, la “supervivencia” o “posvida” de las formas, donde estas no funcionan como una herencia tranquila, sino como una fuerza latente y tensional.

La literatura, en este sentido, ofrece un paralelo inmejorable: Virgilio (70 a. C.) reescribió la épica de Homero (siglo VIII a. C.) en la Eneida para conferirle un sentido romano y político, y Dante (1265-1321), siglos después, convocó al propio Virgilio como guía en la Divina Comedia, inscribiéndose así en un linaje que reactualiza y transforma.

Esta cadena -Homero, Virgilio, Dante- no expresa dependencia, sino apropiación creativa, esa “angustia de la influencia” a la que se refería el crítico literario Harold Bloom (1930-2019) como motor de la reinvención poética.

En la pintura, Velázquez opera de modo análogo: no hereda pasivamente a Tiziano Vecellio (1490–1576) y a Pieter Paul Rubens (1577–1640), sino que los busca, los elige, los incorpora como referentes programáticos porque reconoce en ellos no solo una excelencia técnica, sino una concepción alta de la pintura, entendida como saber autónomo.

El primer eslabón de ese linaje es Tiziano, quien convirtió la pintura en un instrumento de soberanía. En los retratos de Carlos V en la batalla de Mühlberg (1548) o en El retrato de Felipe II (1550-1551), el poder no solo se representa: se encarna en la materia pictórica. Los atributos políticos se transforman y la autoridad, la majestad y la legitimidad dinástica toman cuerpo en la densidad cromática.

Su "Rapto de Europa" (1560–1562), pintado para Felipe II (1527-1598), condensa como pocos esa tensión fecunda. El mito clásico se transmuta en alegoría del dominio universal: Europa, arrebatada por Zeus convertido en toro divino, encarna el mundo que el monarca reclama para sí. La pintura adquiere así un doble estatuto -belleza y política, representación y poder- que Tiziano despliega sin fisuras.

                            Las Meninas

El segundo eslabón de este linaje es Rubens: exponente máximo del barroco de su tiempo, embajador, humanista y discípulo espiritual del veneciano, que durante su estancia en Madrid copió, en 1628, con devoción competitiva, numerosas obras de Tiziano -entre ellas el "Rapto de Europa", hoy perdido pero documentado-.

En "Las Hilanderas" como fábula artística (2002), el historiador del arte Javier Portús detalla estos movimientos de Rubens. Dice al respecto:

“…la principal fuente para el conocimiento de sus actividades en la Corte española es Francisco Pacheco, en cuyo Arte de la pintura (acabado en 1638) le dedica un largo comentario”. Por él sabemos -agrega Portús- que Rubens “copió todas las cosas de Ticiano que tiene el rey, que son los dos baños de Europa, el Adonis y Venus, la Venus y Cupido, el Adán y Eva y otras cosas”. A su vez, “el informante de Pacheco fue su yerno Diego Velázquez, de quien comenta que ya había tenido una relación epistolar con el flamenco y que fue el único pintor con el que hizo amistad”. Continúa Portús: “La relación detallada de obras y actividades realizadas por Rubens demuestra que Velázquez se mantuvo muy al tanto de la visita de su colega y que le llamó la atención la decisión de copiar las obras de Tiziano”.

Este gesto nos remite sin duda a la tradición pliniana de Zeuxis y Parrasio: la voluntad de superar al maestro en su propio terreno. Rubens encarna esa dialéctica entre respeto e intensidad, entre veneración y desafío creativo.

                                 Felipe II

Diego de Velázquez, que estudió tanto los originales de Tiziano como las copias de Rubens en la corte de Felipe IV (1605-1665), comprendió entonces que ese diálogo no era solo un asunto de estilo, sino una herencia intelectual. Si Tiziano había elevado la pintura al lenguaje imperial, y Rubens la había convertido en diplomacia del color, él se propuso transformarla en un taller, en un laboratorio del pensamiento. De allí que en "Las Hilanderas" (1657–1658) incorpore el "Rapto de Europa" como cita genealógica y declaración de filiación. Su aspiración no es solo prolongar ese linaje, sino reescribirlo desde dentro, interrogando a la pintura sobre su estatuto, sus límites y su potencia cognitiva. Así, al buscar inscribirse en la tradición de una “pintura noble”, Velázquez consuma su mayor ambición: emancipar al pintor del rango del artesano e instalarlo definitivamente en la esfera del intelectual, convirtiendo la pintura, desde la pintura misma, en una forma suprema de conocimiento.

Tejedoras de la hermenéutica

La compleja genealogía de interpretaciones que rodea a Las hilanderas o la fábula de Aracne, como figura catalogada en los inventarios del Museo del Prado, obra madura del tercer y último período de Diego de Velázquez, constituye uno de los capítulos más fascinantes de la historiografía artística. Lejos de ser un cuadro enigmático por naturaleza -como advierte con razón la historiadora del arte Karin Hellwig-, es la historia de su recepción la que lo ha convertido en un auténtico campo de batalla hermenéutico: un territorio donde convergen mito, alegoría, oficio, política y autorrepresentación intelectual.

Los testimonios del siglo XVII inauguran la primera capa de su fortuna crítica. Las fuentes del Siglo de Oro español leen la obra como una escena costumbrista del trabajo manual en la manufactura real de tapices. En estos inventarios y descripciones tempranas, Velázquez aparece como un observador privilegiado del mundo artesanal cortesano gracias a su rango en la corte de Felipe IV y a su amistad con el propio monarca. Predomina allí una lectura realista y clásica: las mujeres que hilan, cardan y tensan la rueca representan un episodio cotidiano, sin alegorías ocultas ni ambiciones conceptuales. Es la mirada de una época que todavía entendía al pintor como un artesano, no como un intelectual.

El siglo XVIII -marcado por el racionalismo y el prestigio académico del mito- desplaza la interpretación hacia la búsqueda de un posible “tema noble” camuflado bajo la apariencia costumbrista. En el clima neoclásico, la pregunta dominante es si la escena esconde un relato clásico acorde con los cánones iconográficos de la época.

             La balsa de la medusa

En el siglo XIX, primero los románticos -como Delacroix Géricault- y luego los impresionistas como Monet, Renoir o Degas- convierten a Velázquez en un faro moderno, y "Las Hilanderas" adquiere un aura de misterio. Se privilegia la sugerencia poética sobre la precisión histórica; el cuadro deviene símbolo de atmósfera, de luz, de movimiento, de espontaneidad, de sugestión poética. El enigma deja de ser un problema y se convierte en virtud estética.

La verdadera inflexión se produce en 1927 con Aby Warburg. El erudito hamburgués introduce un giro epistemológico decisivo: ya no se trata de descifrar un tema, sino de rastrear la supervivencia de las formas, el origen del problema crítico, como comentáramos al comienzo.

En este marco, Warburg reconoce en el tapiz del fondo el "Rapto de Europa" de Tiziano, perteneciente a la célebre serie de "Las Poesías" encargada por Felipe II al veneciano (c. 1551), y por analogía identifica también la escena con el mito de Aracne relatado por Ovidio (43 a. C.-17 d. C.) en "Las metamorfosis" (8 d. C.). El cuadro se revela entonces no como costumbrismo, sino como alegoría del arte mismo: la tensión entre el arte divino y el arte humano, entre la mímesis perfecta y el riesgo del desafío. La crítica iconológica moderna nace aquí.

Finalmente, en 1948, el historiador del arte español Diego Angulo Íñiguez (1901-1986) da un paso decisivo: demuestra que el tapiz del fondo no copia directamente a Tiziano, sino al cartón perdido de Rubens realizado en Madrid hacia 1628-1629.

El dato decisivo -como él mismo subraya- no reside en una analogía genérica, sino en la correspondencia exacta de algunos detalles iconográficos que solo existen en la versión de Rubens y que Velázquez reproduce; por ejemplo, el pliegue diagonal del manto rojo en Europa, ausente en la versión de Tiziano.

A este indicio formal, Angulo añade dos consideraciones convergentes: el cielo en torbellino, propio de la pincelada de Rubens, y que está ausente en el original de Tiziano, donde el cielo se mantiene suave y con ese azul veneciano tan característico. Por último, el hecho documentado de que Velázquez conoció de primera mano la copia de Rubens en las colecciones reales, mientras que el original de Tiziano no se encontraba entonces a su alcance.

La cita velazqueña, concluye Angulo, no apunta al origen renacentista, sino a su relectura barroca, inscribiendo "Las Hilanderas" en una genealogía que no copia el modelo primigenio, sino su herencia interpretada.

Con esta pieza final, Angulo cierra el eslabón de la cadena que une el triángulo Tiziano-Rubens-Velázquez, desplazando definitivamente la lectura del cuadro desde el costumbrismo hacia una sofisticada meditación sobre la genealogía artística. Las Hilanderas pasa así de ser un “cuadro con misterio” a convertirse en un manifiesto intelectual encubierto: la obra donde Velázquez revela su aspiración máxima, la de inscribirse en una tradición mayor y, sobre todo, la de culminarla.

El Doríforo de Foucault

Cuando el filósofo y escritor francés Michel Foucault (1926-1984) decide abrir Las palabras y las cosas (1966) con el capítulo dedicado a "Las Meninas", lo hace movido por un deseo que trasciende por completo los límites del análisis iconográfico tradicional. Su mirada no es la del historiador del arte que persigue las intenciones del pintor o las circunstancias materiales de la obra, sino la del filósofo que busca una imagen capaz de operar como matriz conceptual: una figura suficientemente cargada de autoridad visual como para erigirse en punto de partida de un relato sobre la constitución de una episteme. En ese gesto laten, con una claridad que Foucault nunca explicita, las lógicas profundas de la noción de canon.

Desde el siglo V a. C., cuando Policleto redactó su Canon y realizó, a modo de representación, la escultura del "Doríforo" (c. 450 a. C.), la cultura visual de Occidente ha recurrido a la idea de modelo ejemplar como instrumento de legitimación y orden. La symmetría del escultor argivo -esa búsqueda de la proporción exacta entre las partes y el todo- se convirtió pronto en medida y norma, en referencia paradigmática para comprender la belleza como expresión de un orden racional. No es casual que Alberti o Leonardo retomaran esa tradición en el Renacimiento, ni que el término “canon” haya migrado a la literatura, la religión o la filosofía para designar un conjunto de obras investidas de autoridad normativa.

Canonizar una obra implica, por tanto, mucho más que reconocer su valor: supone conferirle el privilegio de ocupar el centro de un sistema de memoria y, con ello, definir lo que una cultura y su tiempo deciden considerar ejemplar. Todo canon encierra, así, una forma de poder. Es bajo este horizonte donde debe leerse la elección de Foucault de "Las Meninas". Para que el cuadro de Velázquez pudiera funcionar como el “Doríforo” del filósofo -como síntesis visible de un régimen de representación que estaba a punto de clausurarse- era necesario que la pintura estuviese ya investida de un prestigio histórico y simbólico del que Foucault pudiera servirse.

Y ese prestigio había sido cuidadosamente sedimentado por la propia monarquía hispánica cuando ordenó añadir en "Las Meninas" la Cruz de Santiago al pecho del pintor, en un gesto de legitimación política que convertía la figura del artista en emblema del ascenso de la pintura. La intervención, realizada después de concluido el lienzo, impregnaba a la obra de un aura de dignidad y distinción que excedía la pura factura pictórica. Esa autoridad histórica -institucional antes que estética- se incorpora silenciosamente al relato del filósofo, dotando al cuadro de la densidad simbólica necesaria para convertirse en la piedra angular de su arquitectura conceptual.



La estrategia de Foucault se vuelve así más nítida. El filósofo no selecciona la pintura en la cual Velázquez demuestra, despliega y refleja toda su sabiduría y ambición máximas, sino la más operativa para su propósito: aquella que, como el Doríforo de Policleto, podía funcionar como norma, como punto de inflexión, como imagen que condensa un saber. "Las Meninas" no interesan por su singularidad iconográfica, sino por la precisión con la que su estructura de miradas, reflejos, vacíos y desplazamientos permite ilustrar un sistema de representación en el momento exacto en que comienza a agotarse.

El cuadro se convierte así en el umbral del espacio donde la representación clásica se contempla a sí misma y revela, casi en transparencia, las reglas que la sostienen. En consecuencia, su canonización en el libro -y la posterior fortuna crítica que esa canonización generó- descansa en una operación intelectual en la cual el filósofo utiliza la obra como diagrama de una mutación epistemológica. Aquel cuarto del Príncipe del Real Alcázar de Madrid ofrecía la claridad formal y la autoridad histórica que el proyecto de Foucault requería.

En definitiva, su elección responde a la confluencia de dos procesos: por un lado, la funcionalidad conceptual del cuadro para ilustrar la clausura del régimen clásico de representación; por otro, la canonización previa -histórica, institucional y crítica- que había legitimado a Velázquez como el pintor capaz de encarnar, casi por antonomasia, el espíritu de su tiempo.

Comprender este movimiento es reconocer que la historia del arte no solo narra lo que los artistas hicieron, sino también lo que las culturas sucesivas han decidido ver en ellos.

Todo canon -del "Doríforo" a "Las Meninas"- es una forma de soberanía simbólica: un dispositivo que organiza la admiración, fija una memoria y establece, con la sutileza de lo tácito, qué obras adquieren el estatuto de modelos y cuáles permanecen en los márgenes.

"Las Hilanderas", arte liberal

En este contexto, la exclusión de "Las Hilanderas" por parte de Foucault adquiere una lógica distinta. Se trata de una obra cuya densidad conceptual discurre por sendas que no se acomodaban a la arquitectura epistemológica que el filósofo necesitaba. Allí la pintura no ilustra un régimen de visibilidad ni una episteme; reflexiona, más bien, sobre su propio linaje: sobre la relación entre lo artesanal y lo mental, sobre la genealogía que enlaza a Tiziano con Rubens y culmina en Velázquez, y sobre el modo en que esa cadena reformula el lugar del pintor dentro de su tradición. Su complejidad es de otra naturaleza: no analiza un dispositivo, sino la autoconciencia de la práctica pictórica en su tránsito hacia el estatuto intelectual que el sevillano ambicionaba. Era, en suma, una obra demasiado involucrada en el espesor de su propia genealogía como para servir al propósito filosófico del autor de Las palabras y las cosas.

Leída, sin embargo, a la luz de la trayectoria velazqueña, "Las Hilanderas" se revela como una de las más refinadas reflexiones visuales sobre el arte jamás concebidas. La composición se organiza como una auténtica fábula artística: dos espacios profundamente articulados que funcionan como estratos significantes -el oficio y la idea, la materia y la forma, lo mecánico y lo intelectual- condensando así el programa más ambicioso del pintor.


En el primer plano, bajo una luz tenue, las mujeres que hilan, cardan y tensan la rueca encarnan el universo de la manualidad, aquello que la tradición asoció durante siglos a la condición servil del arte. Pero el enigma emerge de inmediato: esta escena aparentemente costumbrista admite una doble lectura. Una primera la interpreta como la antesala del duelo entre Palas Atenea y Aracne; otra, más compleja y erudita, se desprende de la tradición iconográfica codificada por Cesare Ripa (1555-1622) en su Iconología (1603), donde las Parcas -Cloto, Láquesis y Átropos- se representan como ancianas que hilan, miden y cortan el hilo de la vida. Dice Ripa: “Las tres Parcas se representan como mujeres de edad avanzada: una sostiene la rueca e hila el hilo de la vida; la segunda lo tuerce y lo mide; y la tercera, con un par de tijeras, lo corta; porque así como hilan, miden y cortan el hilo, así dispensan a los hombres la vida y la muerte.” (Roma, 1603).

Velázquez, heredero de la iconografía manierista que filtró el mito en clave alegórica –como ya lo había hecho en "Los borrachos" (1629) y en "La fragua de Vulcano" (1630)–, retoma deliberadamente este repertorio visual. Las tres figuras repiten los gestos esenciales descriptos por Ripa, de modo que la escena funciona simultáneamente como representación del trabajo artesanal en la manufactura de Santa Isabel y como alusión alegórica al tiempo y al destino. Esta ambigüedad calculada, señalada por Warburg y Angulo Íñiguez, opera como teatro de la manualidad y como antesala que abre el tránsito hacia la fábula mitológica del fondo, actuando como un verdadero umbral hermenéutico.

Más atrás, bañada por una luz distinta, aparece la escena mitológica: el "Rapto de Europa" según el cartón de Rubens, que a su vez reelabora la invención poética de Tiziano para Felipe II. Ese segundo espacio constituye el registro intelectual del cuadro, la región donde la pintura abandona su asociación con lo mecánico y se eleva al rango de acto mental, haciendo plenamente velazqueña la máxima leonardesca: “La pittura è una cosa mentale perché nasce e si concretizza prima nella mente dell’artista, come un’idea, un pensiero o un’emozione.” (La pintura es algo mental porque nace y se materializa primero en la mente del artista, como una idea, un pensamiento o una emoción.) (Trattato della pittura, 1480-1519).

En este marco, la elección del mito de Aracne no es una ilustración narrativa, sino una autorreferencia silenciosa. Aracne encarna al artista que se atreve a competir con quienes lo antecedieron; al desafiar a Palas Atenea desafía también a la autoridad, al canon, a la tradición. En esa contienda se juega el destino del arte y, simultáneamente, el lugar del pintor dentro del linaje que tanto ambicionaba. De allí que el tapiz del fondo no represente cualquier mito: es precisamente aquel que consagró Tiziano y que Rubens reinterpretó. Al incluir una pintura de una pintura, Velázquez declara su filiación y, al mismo tiempo, su voluntad de superarla mediante inteligencia pictórica. La obra no imita un modelo previo: lo reinscribe para pensar la continuidad de la pintura como disciplina y para reivindicar su dignidad.

Javier Portús lo resumió con una precisión admirable: “Pocas veces un artista ha logrado articular con tal sutileza una reflexión sobre su oficio y, al mismo tiempo, una inscripción tan deliberada en un linaje pictórico.”

Este gesto dialoga estrechamente con el momento biográfico del pintor. En los años en que ejecutó la obra, Velázquez se encontraba inmerso en los trámites destinados a demostrar la nobleza de su linaje y obtener el reconocimiento oficial de su condición intelectual mediante el ingreso en la Orden de Santiago. La documentación del “Consejo de Órdenes de 1658” muestra su insistencia en afirmar que la pintura debía considerarse arte liberal. "Las Hilanderas" no solo reflejan esa aspiración -aún más que "Las Meninas"-, sino que la formulan como argumento pictórico, y lo hacen sin apoyarse en ningún signo externo de ennoblecimiento, como ocurre en "Las Meninas" con la posterior incorporación de la Cruz de Santiago, sino mediante la lógica interna de la propia pintura.

Desde esta perspectiva, la pregunta resulta inevitable: ¿qué obra expresa con mayor claridad las convicciones más profundas de Velázquez respecto de la pintura?

A la luz del ejercicio arqueológico desarrollado, "Las Hilanderas" emergen naturalmente como la culminación más consecuente y acabada de sus aspiraciones. Una obra que demuestra en su propia arquitectura, en su programa visual y a través de sus múltiples registros -manual y mental, técnico y poético, genealógico y emancipado-, la afirmación más coherente y más madura de su concepción elevada de la pintura. Una pintura que piensa, que hereda, que se inserta en un linaje para superarlo y que, finalmente, se libera.

Arias es politólogo, profesor, artista plástico. Realizó estudios de Historia del Arte en el MNBA de Argentina, en el Museo del Prado, en el Museo Reina Sofía y en la Universidad Carlos III de Madrid.