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domingo, junio 11, 2017

CONTRA LOS POLÍTICOS Y A FAVOR DE LA POLÍTICA




Abruma ver a los políticos en Latinoamérica hablando con tal suficiencia sobre los males que aquejan al continente: Corrupción, violencia, desigualdad e inequidad, daños ambientales sin precedentes, como si nada tuvieran que ver, males que por su puesto, ellos han engendrado, sembrado con tal grado de responsabilidad que no existe la menor posibilidad de eximirlos, pues al escrutar sobre los orígenes de los mismos la conclusión es lapidaria, desde nuestro nacimiento como republicas, hemos tenido una clase política inferior a sus responsabilidades, sólo han estado al pie del poder,  para usufructuarlo impunemente a favor de sus intereses, para expoliar el estado y la sociedad, para dividir, sin importar sus nefastas consecuencias de muerte y abandono.
Lo que no se nos puede olvidar es que la política es el centro, no se puede ser ciudadano, estar en el mundo, olvidándose de la política, en el buen sentido aristotélico para no des-legitimar el concepto base, resulta un componente y una necesidad que debe asumirse con entereza, esto implica un mínimo de conocimiento, de lucidez, es preciso saber que significa vivir en la polis, como discernían  los Griegos, la clave y obligación es participar, decidir.
En un texto filosófico Marco García De La Huerta comentando un texto de Hannah Arendt sobre el apoliticismo señala: “Por qué una teórica política como Arendt no pretende influir con sus ideas en los asuntos públicos y solo incidentalmente se involucró en la política activa, incluso rechazaba la idea de ser encasillada en el esquema de izquierda y derecha? A la pregunta: “¿Qué es usted? ¿Es conservadora? ¿Forma parte de los liberales? ¿En cuál de las opciones actuales se encuadra usted?, responde: No lo sé, realmente no lo sé, ni lo he sabido nunca. Y supongo que nunca he asumido una de esas posicionesla izquierda piensa que soy conservadora y los conservadores piensan a menudo que soy de izquierda [] Pero debo decirle que el asunto me deja completamente indiferente. No creo que de esta manera las verdaderas cuestiones de este siglo vayan a recibir ninguna luz. Y agrega más adelante: simplemente ocurre que no encajo en ninguna parte. Con esa respuesta, se desmarca de la pregunta, cuyos términos no comparte. No es indiferencia hacia la política sino distanciamiento frente a la teoría política, que enmarca esas opciones. Arendt rechazaba el apoliticismo, veía un peligro en él, un síndrome autodestructivo, asociado a la carencia de mundanidad (worldlessness). Es cierto que ella solía definirse como una teórica de la política y rechazaba su adscripción al gremio de los filósofos, pero eso significa que no encaja en la tradición de la filosofía política iniciada con Platón: no elabora teorías del Estado y la sociedad ideal; tampoco teoriza la política en la línea de Hobbes o de Rousseau. Se sitúa más bien en la tradición de pensadores políticos como Montesquieu y Maquiavelo, con quienes comparte una fundamental apertura a los fenómenos políticos”[1].
La filosofa alemana enfatiza de tal manera sobre la necesidad de pensar la política, de actuar paralelo a nuestras responsabilidades, pues lo que hagan los políticos con nuestras vidas, es asunto de nuestra competencia, nosotros no solo los elegimos sino los aceptamos, lo afirma de tal  manera, que no hay escapatoria, el texto categoriza: “Arendt precisa la especificidad del pensamiento cuando señala: el pensar como tal nace a partir de los acontecimientos de nuestra vida y debe quedar vinculado a ellos como los únicos guías para poder orientarse”. En La vida del espíritu plantea expresamente la pregunta: “¿Qué nos hace pensar?. Y contrapone la respuesta griega de Platón [y de Heidegger], el asombro, con la romana de Epicteto y Boecio: la reconciliación. Las dos fuentes del pensar que he tratado son distintas hasta el punto de contraponerse. Una es el asombro maravillado ante el espectáculo en medio del cual hemos nacido [] la otra es la extrema miseria del ser humano de estar arrojado en un mundo cuya hostilidad es sobrecogedora. Se puede vivir sin teorizar, pero necesitamos comprender si queremos  conciliarnos con el mundo. Yo estoy interesada, primariamente en comprender, declara. Y quiero también conceder que hay otras personas que están, primariamente interesadas en hacer algo. Pero no es mi caso. Yo puedo vivir perfectamente sin hacer nada. Y enseguida aclara: no conozco más reconciliación que el pensamiento. El deseo de reconciliación y la experiencia personal no serían disociables: son personas, a fin de cuentas, las que piensan y se involucran en los asuntos del mundo. El verdadero problema personal, dice Arendt, no fue lo que hicieron nuestros enemigos sino lo que hicieron nuestros amigos.
Entonces uno se pregunta, como dejarle de nuevo la responsabilidad a una clase política que ha esquilmado sus compromisos, que habla  de tal manera, que pareciera que no ha sembrado la mayoría de nuestras desgracias. Pese a todo, solo la política es el camino, desde ahí, decidiremos otras opciones, tomaremos partido, en el mejor sentido de lo que significa, tomar partido. Escrutar, recomponer, enjuiciar, elegir y asumir responsabilidades, este es el único camino.  Tomar posición: “¿Cómo podría, sin embargo, ser restaurador el pensamiento, si él mismo está hecho trizas? Admitiendo que no se puede restaurar el mundo solo con teorías o con perdón; y concediendo también que el intento de reconciliación es solo un ejercicio de pensamiento político”, ¿por qué desmarcarse de la filosofía, si el anhelo de reconciliación es lo que mueve el pensamiento? ¿No es precisamente en la filosofía donde Arendt mejor encaja? ¿Por qué no decir: no conozco más reconciliación que la filosofía?.
En Colombia se avecinan elecciones presidenciales, el año que viene es electoral y sorprende ver la clase política que ha expoliado, saqueado y polarizado al país, lanzando candidaturas como si nada hubiese pasado, hablan como niños inocentes y lo que es peor, la gente actúa como si no existiesen más alternativas, se dejan manipular, no saben que su voto es de suma importancia y que realmente tenemos el poder de cambiar el país con nuestra decisión, se hace necesario entonces  asumir los mecanismo de participación con absoluta responsabilidad, de la manera como encaramos esta clase perversa depende el futuro de nuestro país y por su puesto de nosotros mismos. La política, que es el instrumento, el único civilizado, nos permitirá cambiar. Constituye el único mecanismo que afianzará nuestra condición de ciudadanos con alguna capacidad para decidir sobre nuestro futuro.  Nos llego la hora, no solo de participar, escuchar, conocer, sino de tomar decisiones.





[1] APOLITICISMO Y CARENCIA DE MUNDANIDAD. ARENDT-HEIDEGGER. MARCOS GARCIA DE LA HUERTA.

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