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martes, octubre 08, 2013

MI ABUELO PEDRO HUERTAS PRIMERA PARTE

Leí en mi juventud “cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez, cuidando a mi abuelo Pedro que lidiaba con un enfermedad que le llevó a la muerte.  Mi abuelo es uno de los seres que más he amado en la vida. Esta obra que tanto he releído, me trae a colación ciertos paralelos que resultan muy curiosos. El abuelo Pedro era un sabio a su manera, siempre que recuerdo a Melquiades, el gitano sabio de la obra emblemática del nobel colombiano, lo recuerdo en sus decisiones más controvertidas. Tenía un humor extraño en estos tiempos, cargado de ironía y repentista, que acompañaba con una sonrisa entrecortada entre sus labios y que respondían a la actitud buena que asumía en todos los actos de su vida.
Por razones que no logro descifrar, tuvimos una relación entrañable. Apenas tenía catorce años y ya era su nieto preferido. Cuando estuvo en la plenitud de facultades, con escasos diez años, solía acompañarlo a sus vueltas en el centro de Bucaramanga, la principal ciudad del oriente colombiano. Nunca le pregunte nada, ni a dónde íbamos, ni cuanto demoraba, simplemente estaba con él, guardándole una paciencia que no conestaba con mi edad. Cumplía ciegamente sus órdenes, sin discutirlas pero con una complicidad llena de acuerdos tácitos. Mis lecturas, en esa época eran precoces para la edad que tenía. El médico le encontró el cáncer y le comunicó sin dilaciones la noticia, está enfermedad lo acabaría con una lentitud incomprensible y lo sometió a los peores tormentos de su vida, postrado en una cama implacablemente, después de afrontar muchas cirugías que constituían placebos llena de triunfos temporales sin ninguna cura real. En todas estas instancias, le acompañe en un galimatías como antes lo había hecho con su vida cotidiana. Desde que lo conocí siendo muy niño, hicimos una amistad especial, con secretos que nunca he compartido con nadie, que superaban las vueltas  propias de la rutina acostumbrada. Venía de la finca, hablábamos con el gerente de su banco, después retiraba grandes sumas de dinero para los pagos propios de sus actividades, atendía encuentros de negocios, adelante nos encontrábamos con los vendedores de lotería,  sus amigos de toda la vida, a los que nunca les dejó de comprar billetes, pues fue un adicto a las mismas,  hasta el último día de su muerte y de hecho, le ayude a cobrar algunas, además  de pagar los viernes unos tarrados de dinero penosos. Lo acompañe por más de tres años, en una enfermedad cruel, que le impuso  sacrificios impensables y vivencias inenarrables. Mi abuelo solía quejarse poco, pero cuando lo hacía en mi presencia, lloraba, después gritaba,  en un acto de impotencia. Lo sorprendían  tantos dolores al tiempo, se quejaba de la ineficacia de los médicos que le quitaron todo el dinero del mundo y lo sometían a esperanzas incumplidas, que le llevaron a una tristeza sin cuartel.
El abuelo lo había vencido todo. Nació en el “Tolima grande”, como se le llamó a este departamento antes de ser dividido. Fue un hombre calentano, nació del matrimonio de Pedro y Adela, dos hombres de campo, luchadores y de principios. Recuerdo el nombre de alguno de sus hermanos: Norberto, Sebastián. Mi abuelo fue un buen para-medico, se especializó en partos, trabajó en los ferrocarriles. Tal vez por esta razón llegó a Puerto Salgar, un pueblo que me recuerda las novelas de Faulkner y las descripciones hermosas del calor infernal en la obra de Gabo. Alguna vez pase una de las peores vacaciones en Puerto Salgar Cundinamarca, pueblo famoso por albergar en sus tierras la base aérea de Palanquero. Tuve la fortuna de llevarme “Cien años de Soledad “y comprendí que  era el lugar ideal para leer esta novela, por su calor endemoniado y una quietud fantasmal, donde nunca pasaba nada. Al lado del abuelo leí capítulos enteros, cuidándolo de su enfermedad,  quien después de esos dolores incontrolables, dormía con un sueño profundo que me llenaba de miedos, pues sentía que no iba a despertar jamas.
El abuelo vivió muchos años en Salgar. Allí inauguró una negocio a fin a su oficio, en una esquina de la plaza principal, que se llamó: “Droguería Salgar”. Este fue el centro de una vida filantrópica que le dio buena fama y una adoración que creció con proyección geométrica, dándole un ascendente y respeto que nunca abandonó. El abuelo se imponía. Sus decisiones, muchas veces erradas nunca tuvieron reversa, ni permitía que las contravinieran.
En este lugar conoció a Clementina, quien sería la madre de una saga que hoy está dispersa por razones propias de una sociedad que aleja a los seres del centro de sus orígenes y los cargó de egoísmos irrefrenables. Solo pensamos en nosotros. Nunca cedemos y cada ser es una isla. Nadie convoca, ya no hay grandes familias, solo hay matrimonios solitarios en una sociedad de consumo que acabó con las grandes cofradías de sangre.
De Salgar hay muchas anécdotas. Mi tío Eduardo, un arquitecto especial, inteligente  con quien he tenido una relación especial, me contará muchas de ellas, que espero recopilar.
Sé que el abuelo ganó fama y dinero como partero y negociante en Salgar,  siempre supo cuidarlo y nunca le hizo falta, ni siquiera después de su muerte. Fue un hombre coqueto, de muchas novias en su vida, era  enfermo por la belleza y las mujeres jóvenes. Me recordaba al  gran muralista Rivera, quien nunca dejó las mujeres, fue leal a algunas, pero infiel a todas, vivió enredado en sus pasiones y por ellas cometió las peores locuras. Alguna vez me tocó en el carro de mi padre, salir tarde de la noche a llevar dinero que mi abuelo le enviaba a una mujer muy joven, quien me lo recibió sin mirarme a los ojos desde una ventana sin cortina alguna. Otra vez tuve que comprar un televisor en los san Andresitos, pese a mi juventud y ser un menor de edad, y después de comprarlo lo lleve a las once de la noche a un Barrio muy pobre, donde lo recibió una niña hermosa, era como un ángel, me dejó impertérrito, pues nunca logre entender esta relación con un hombre tan viejo donde solo mediaba alguna perversidad y una necesidad tenaz, suplida con mucha habilidad por favores inentendibles a mi edad. Después recordé estos hechos leyendo el libro de Kawabata “la casa de las bellas durmientes”  reescrito por Gabo como “Mis putas Tristes”, que dejaba entender estas pasiones irrefrenables.

El abuelo de Salgar Cundinamarca se dirigió al sur del departamento del Cesar, a un pueblo llamado Aguachica, donde compró dos fincas que serán el centro de sus actividades: “Puerto mosquito y Patiño”, esta última una de las fincas más hermosas del país que fue estructurada como agro-industrial junto con  mi tío Hugo. Los hijos que le conocí y los cuales son mis tíos  entrañables con los que viví muchas experiencias gratas que ahora son un bálsamo de recuerdos en mi vida: Eduardo, Héctor, Hugo, Pedro, Fabiola, Ludjerio y Jaime.
Mis tío Ludjerio me enseñó muchas cosas y con el compartí la pasión por la literatura y los temas polémicos de la política entre campañas del partido procaz de la Anapo y la insistencia tenaz para salir de la pobreza sembrando algodón, ajonjolí y arroz entre las utopías impertérritas de la izquierda galopante que alcahueteaba y el incipiente M-19. Tenía una camioneta hermosa en la cual hacíamos viajes de Bucaramanga al pueblo Aguachica, que nunca se me olvidarán. Había ido a estudiar periodismo a España, experiencia de la que poco hablaba, llegó con la Tía María Del Carmen, una mujer excepcional, mejor esposa e inigualable madre. Mi tío llegó sin diploma, ni profesión, solo como un diletante más. Creo que este sin ser un fracaso lo marcó toda la vida. Era un hombre sabio sin cartón alguno, pero con una frustración guardada como un secreto personal inenarrable, que se convertía muchas veces en un peso que sobrepasaba con silencios muy dicientes. A mi tía siempre la recuerdo con mucho cariño,  ella y mi padre, fueron mis interlocutores preferidos, como lo hacíamos siempre  en la casa, escuchaba radio todo el día y después teníamos unas controversias y polémicas muy constructivas.
Mi abuelo había traído a todos sus hijos al pueblo de Aguachica, cada uno con su propia razon. Mi tío Eduardo fue la excepción, estudiaba arquitectura en la universidad nacional de Bogotá. Creo que mi abuelo siempre fue un buen padre y mejor abuelo, pero por encima de ello fue un patriarca y se comportó como tal.

Con el tío Eduardo mi relación ha sido distinta a todos. Lo conocí recién graduado o punto de hacerlo, en Bucaramanga, en un visita intempestiva que nunca se me ha olvidado. Era un gran dibujante, un hombre comprometido con el conocimiento, de vanguardia y con un encanto personal que generaba complicidades cargadas de amistad y siempre alrededor de un propósito elocuente. Lo recuerdo siempre con un cigarrillo en la mano y un humor irrefrenable, repentista, lúcido. 


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