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sábado, junio 01, 2013

MI HIJA MARIANA


Mi hija mayor  constituye una de las grandes justificaciones de mi existencia.  Este año cumplió quince años, fecha de suma trascendencia gracias a las tradiciones que aún perviven.   Suele conmemorarse con un viaje, con una fiesta o con una cena con ciertos protocolos especiales.  Estas  últimas se realizan con la familia y  se invita a los amigos más cercanos.  Con el tiempo estos recuerdos  terminan siendo un bálsamo para la vida y se convierten en una fortaleza sin igual.  He reflexionado muchas cosas gracias a esta fecha y sobre todo al regalo invaluable que ha significado mi hija.
Ahora que la juventud accede a toda la información en cuestión de segundos, que el mundo está a sus pies a un clic por efecto de la revolución de las tecnologías de la información y el conocimiento, donde  lo complejo nos hizo  olvidarnos del  detalle; cuando  tristemente no tenemos casi comunicación con los que tenemos al lado, pues siempre estamos lejos del lugar donde nos encontramos,  hablando con personas diferentes a las que comparten con nosotros,  quisiera contarle a mi hija algunos cosas mías cuando tenía su edad, qué la sorprenderán, pero que  para mí son recuerdos gratos. Muchas cosas en la década del 70 del siglo pasado eran diferentes: Vivíamos sin aparatos cargados de botones, ni televisores planos, ni controles, con una simpleza encantadora, sin tanta carga. Hay  diferencias  emblemáticas. Viví en pleno auge del hipismo, de los Beatles, habían solo dos canales de televisión, empezábamos una revolución con nuestras actitudes después ser testigos de cambios revolucionarios, los zapatos tenis se volvieron nuestros preferidos y casi los únicos que usábamos; vestíamos absolutamente descomplicados. Nunca se me olvidarán los eternos y aciagos domingos frente al televisor con toda mi  familia entre chistes flojos, viendo películas después de atragantarnos con los espaguetis memorables preparados por mi madre, las salidas el sábado a la plaza de mercado, bajo la tutela de mi madre, llevando unos canastos de fique inmensos; las extensas caminatas por las montañas de mi ciudad natal Bucaramanga con mis amigos, el primer perro de la casa,  al que le pusimos de nombre mentíritas,  fotografías invaluables de mi familia que hacen parte de mi vida. Las casas eran muy diferentes a las que conocemos hoy. Grandes, sin ahorros de espacio.  Citaré algunas cosas y hechos que nos marcaron.  Para nuestros padres el mundo era un caos, nosotros habíamos trasgredido el orden y ellos lo aceptaron con cierto desdén. De hecho muchas cosas eran  distintas. En la casa cuando nos llaman al teléfono, este sonaba con una estridencia inimaginable, como el pito de los grandes barcos cuando llegan o salen de puerto, aun así, nos matábamos por contestar, corríamos al primer piso de la casa o donde estuviéremos a buscar el único aparato disponible. Este era una coca horrible, pesada, negra en la mayoría de las veces, con un disco en el centro como si ocultara un marciano. Cuando uno contestaba terminaba convertido de inmediato  en un elefante con una oreja inmensa. Ahora que cada hijo tiene su teléfono  móvil,  no conocen  las batallas por el único teléfono de la casa, verdaderas guerras campales, había una sola línea y tenía que compartirse con once personas.  Mi hermano podía durar hablando tres horas, mientras todos los fustigábamos con sorna. En ocasiones cuando la soledad nos sorprende y nos toma de súbito una fragilidad infranqueable, estos recuerdos gratos nos sacan del marasmo y nos llenan de alegría. Todos estos recuerdos se agolpan en mi mente entre todos los avatares clásicos en la organización de una cena de las manos de la abuela materna y Ana Isabel su madre. Doña Ana Emilia, toda la vida les ha entregado su amor con un fervor desmedido, sin pedir nunca nada a cambio, con una energía sorprendente, para ellos nunca está cansada, ni ocupada, por encima de las vicisitudes que la vida le ha impuesto implacablemente.
Mi hija es una deportista de tiempo completo. Desde hace seis años practica el nado sincronizado. Su belleza es fresca e imponente, siempre está acompañada de una sonrisa natural. Es puntual, responsable y tiene una nobleza excepcional en estos tiempos.  Recuerdo que cuando nació, la enfermera me la pasó de inmediato después del parto de mi esposa sin mayores problemas. Era una criatura muy pequeña, con unos ojos inmensos, como dos grandes perlas. Cupo entre mi pecho y mi camisa. El calor de su cuerpo está fijo en mi memoria, su calidez.  Este día nunca lo he olvidado.  Desde este momento la he visto crecer y aprender del mundo, sonreír con una carcajada estridente, cuidar a sus hermanos, hasta haberse convertido en la mejor amiga de su madre, adorar a sus compañeros y sobre todo planear su futuro con la certeza que, logrará  sus metas gracias al cumplimiento de sus  responsabilidades de manera impecable en el día a día.
Todos los días escucho sobre hechos muy tristes que padece la juventud por razones que no cabe enumerar. Solo quiero decirle que igualmente la existencia está llena de motivos para vivirla. A pesar de la tragedia que nos rodea es absolutamente bella. Sin ser el mejor padre, puedo expresar sin temor a equivocarme que cuento con la mejor hija. Quisiera enseñarle, que debe procurar porque nada en su trasegar le cambie esa sonrisa hermosa que le acompaña siempre, lo demás ya lo está ganando, ella y yo lo sabemos.











                                                                         

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