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sábado, enero 28, 2017

LONDRES CON ‘BREXIT’ Y AUSTER

Los efectos de la administración Trump son más graves de lo que esperábamos, esta columna tomada de “El país” de España entre otras, confirma hasta donde es de peligroso un hombre de sus calidades, como en el imperio Romano, uno esperaba que lo peor no sucediera y la historia vuelve a confirmar que nunca estaremos librados de esta caterva de populistas.
MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
28 ENE 2017 - 02:15 COT
1. Populismo
Ni siquiera Londres es lo que era. La ciudad a la que tanto me gustaba escapar una vez al año para respirar aire nuevo se me antoja hoy bastante irrespirable. El Brexit funciona, y cómo. Una ola de contagioso jingoísmo verbal inunda la prensa ultranacionalista, que es, con mucho, la de mayor circulación. La  inauguración de Trump con su discurso amenazante y proteccionista (en un momento en el que hasta Xi Jinping está por la globalización), le ha dado aún más alas: “Trump es lo mejor que le ha pasado a Gran Bretaña desde la entrada de EE UU en la Segunda Guerra Mundial”, titulaba exultante el Daily Mail, que ya era populista antes de que naciera el cuarto vizconde Rothermere, su actual propietario. Los medios de la derecha, fascinados por el Gobierno de millonarios de Theresa May (cuyas fortunas, en todo caso, son filfa si las comparamos con las de los miembros del Gabinete de Trump), editorializan sobre la necesidad de recapturar a toda costa la dorada era Thatcher-Reagan, cuando Reino Unido, tras el hundimiento del crucero argentino Belgrano (“Gotcha” —más o menos, “le dimos”—, fue el célebre titular de The Sun), llegó a creerse que aún poseía un imperio. El triunfalismo antieuropeo se palpa en bastantes lugares: en un pub muy working class del norte de la ciudad, por ejemplo, me pareció que algunos parroquianos ponían carita de asco, como si hubieran olido a ratón muerto, cuando nos escucharon hablar en español. En la antigua ciudad-refugio de disidentes (incluidos Verlaine, Rimbaud, Blanco White o Cernuda), muchos piensan ahora que, arrimándose a la mesa de la gran América (again) que propugna el nuevo emperador, les caerán algunas migas del futuro banquete. Que se j***n los europeos con su j****a burocracia y sus pringosos emigrantes. Pensando en los partidarios del Brexit me viene a la cabeza la tremenda caracterización del “espíritu anglosajón” que, a propósito del más célebre náufrago de la historia de la literatura, nos dejó James Joyce en su precioso prólogo a Robinson Crusoe:“La viril independencia, la inconsciente crueldad, la persistencia, la lenta pero eficiente independencia, la apatía sexual, la práctica y equilibrada religiosidad, la taciturnidad calculada”. En todo caso, también aquí se percibe (y no solo en las manifestaciones anti-Trump) algo del mismo zeitgeist de protesta que se viene respirando en otras capitales del mundo. Aunque a veces sea dándole la vuelta y convirtiéndolo en farsa. Ese es el (sin)sentido, por ejemplo, de la exposición (en el Victoria & Albert hasta finales de febrero) You Say You Want A Revolution?, un gigantesco patchwork cutre y oportunista de heteróclitos objetos (la mayoría de dos dimensiones) que pretende evocar acríticamente los años 1966-1970, que, según sus comisarios, cambiaron el mundo. Uno recorre la exposición más visitada del momento (mucho más que la excelente retrospectiva de Rauschenberg en la Tate Modern, hasta el 2 de abril: no se la pierdan) con la sensación de que le están vendiendo una burra coja y pringada de nostalgia (eso sí: con buena música enlatada). Y, en efecto, la exposición acaba en una enorme exhibition shop en la que pueden adquirirse “recuerdos” de aquellos años. Si no quieren sentirse defraudados, no se les ocurra pagar las 16 libras de la entrada. De nada.
2. Auster
Total que a la postre lo mejor que me pasó en Londres es que mi topo (sin género) en Faber & Faber me pasó un ejemplar de las últimas pruebas de 4321, la última novela de Paul Auster, que se pondrá a la venta en Reino Unido (Faber) y en Estados Unidos (Henry Holt) el 31 de enero, para hacerla coincidir con el septuagésimo cumpleaños de su autor. Desde entonces me he venido produciendo como una especie de zombi, sumergido en la lectura del incómodo centón de casi 900 páginas. Jorge Herralde, que ha sido hasta hace muy poco su editor en español, sabe que mi opinión sobre Auster ha ido variando desde el feroz entusiasmo que me provocaron sus novelas “posmodernas” (obras maestras, como El palacio de la luna, La música del azar y, sobre todo, Leviatán)al relativo enfriamiento —e incluso disgusto— que me produjeron algunas de sus novelas posteriores (como Mr. Vértigo o Tombuctú), hasta renovar (pero más tibiamente: yo también he crecido) mi primitivo entusiasmo con algunas publicadas en la década pasada, como El libro de las ilusiones, Brooklyn Follies o Sunset Park. La nueva novela, que hace el número 17 de las del maestro americano, me tiene otra vez fascinado. Quizás porque, sin faltar ninguno de sus temas —incluidos los autobiográficos—, Auster ha escrito una enorme novela realista (a pesar, entre otras cosas, de un final sorprendente, incluso para estándares austerianos) en la que se cuenta la historia de cuatro Archies Ferguson que, siendo distintos, son siempre otros tantos avatares del mismo personaje. Como ocurre a menudo a los protagonistas del autor, el azar, la necesidad, las coincidencias y las circunstancias diseñan esas cuatro (una más corta que otras) vidas posibles. Auster ha desarrollado además su ya antigua querencia por el fraseo largo, preñado de reflexiones e ideas, pero también de humor e ironía. Reconozco que me lancé sobre el libro inmediatamente, sobre todo si tenemos en cuenta que habrá que esperar hasta septiembre para leer la traducción española (del muy fiable Benito Gómez) que publicará Seix Barral. Otro de mis topos (también sin género) me ha revelado que la editorial de mi adorada Elena Ramírez habría pagado por los derechos una cantidad “en el segmento medio de las seis cifras”. Una pasta gansa, aunque no tanta si tenemos en cuenta que Auster —uno de esos privilegiados autores muy literarios que, como Javier Marías, han sabido conectar con un lectorado mainstream—también se vende muy bien en América Latina. Pues suerte y que cumplas muchos más, Paul.





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