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viernes, junio 08, 2012

UNA ADIOS A RAY BRADBURY


Conservo nítido el encanto que me produjo  “Fahrenheit 451, es una historia absolutamente creativa e ingeniosa. Es un clásico de la ciencia ficción, nunca ha dejado de leerse y tiene el don de superar el anacronismo natural de estos libros. Fue más tarde llevada al cine exitosamente.  Su autor falleció esta semana a la edad de 91 años  en los Ángeles (EE.UU).  Sus historias describieron en su tiempo los problemas de la sociedad en la que se desenvolvió el autor y predijeron no solo los grandes avances científicos y tecnológicos, sino las catástrofes sociales que se venían.  El diario “El clarín” de Buenos Aires, hizo una excelente reseña sobre el autor que me permito transcribir:
Su biografía dice que nació en Waukegan, Illinois, en 1920. Pero como pocos autores, Bradbury fue un hombre sin tiempo. Su obra –que torció el imaginario del siglo XX– lo certifica: después de debutar a los 18 años en un fanzine llamado Futuria Fantasía, visitó una sociedad hipertecnológica donde los bomberos queman libros (Fahrenheit 451, 1953), acompañó durante el verano a un chico de 12 años llamado Douglas Spaulding (El vino del estío, 1957), pegó varios saltos temporales (El hombre ilustrado, 1951), explicó poéticamente uno de los caballitos de batalla de la teoría del caos, el efecto mariposa, en su cuento El Sonido del Trueno (1953) –homenajeado por Los Simpson– e inspiró a varias generaciones de astronautas con sus relatos espaciales y sus Crónicas Marcianas (1950).


Un día Ray Bradbury murió. El legendario escritor de ciencia ficción que deseaba vivir para siempre, el fanático de los trenes y Moby Dick, el fóbico a los e-books y los aviones, el Quijote de las bibliotecas, el ser humano más marciano falleció ayer a la mañana en la ciudad de Los Angeles, Estados Unidos, a los 91 años, según confirmaron su agente Michael Congdon, su biógrafo Sam Weller y Danny Karapetian, uno de sus ocho nietos, quien no resistió la tentación y escribió en Twitter: “fue el chico más grande que conocí”.

Su biografía dice que nació en Waukegan, Illinois, en 1920. Pero como pocos autores, Bradbury fue un hombre sin tiempo. Su obra –que torció el imaginario del siglo XX– lo certifica: después de debutar a los 18 años en un fanzine llamado Futuria Fantasia, visitó una sociedad hipertecnológica donde los bomberos queman libros (Fahrenheit 451, 1953), acompañó durante el verano a un chico de 12 años llamado Douglas Spaulding (El vino del estío, 1957), pegó varios saltos temporales (El hombre ilustrado, 1951), explicó poéticamente uno de los caballitos de batalla de la teoría del caos, el efecto mariposa, en su cuento El Sonido del Trueno (1953) –homenajeado por Los Simpson– e inspiró a varias generaciones de astronautas con sus relatos espaciales y sus Crónicas Marcianas (1950).



Así como no se puede comprender la Inglaterra de la revolución industrial sin Charles Dickens, no se puede concebir la exploración espacial sin Bradbury, su gran poeta, que con sus moralejas y visión esperanzadora de la especie humana guió el camino a las estrellas. “Nuestra genética nos impulsa hacia arriba, nos eleva hacia afuera –decía–. No podemos resistirnos al impulso de dejar una pisada en Marte”.
Decir que Bradbury fue sólo un escritor de ciencia ficción es decir tan poco como que Shakespeare escribía en inglés. No hubo género que pudiera contener su imaginación. Además de su obsesión por el futuro, escribió relatos de horror, humor, misterio, ensayos sobre su arte favorito (Zen en el arte de escribir) y obras de teatro.

El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ayer tuvo palabras para él. “Su don para contar historias ha remodelado nuestra cultura y ha ampliado nuestro mundo”, dijo en un comunicado. Y subrayó que Bradbury entendió que la imaginación “se podía utilizar como una herramienta para mejorar la comprensión, como “un vehículo para el cambio”.

Como sus colegas y amigos Sturgeon, Heinlein, Clarke, Asimov, Le Guin y compañía, Ray Bradbury –con cuyo nombre se bautizó un asteroide y que pidió que sus cenizas sean esparcidas en Marte– introdujo la ciencia ficción al torrente sanguíneo de la literatura universal. Demostró que no era un género pasatista e ingenuo sino un campo de juego para la imaginación, el espejo distorsionado donde la sociedad podía ver reflejada sus horrores. Más de ocho millones de copias de sus libros fueron vendidas. Cada una fue una nave espacial, una máquina para viajar en el tiempo.

Los premios literarios le fueron esquivos. Nunca ganó el Nobel ni el Pulitzer, aunque recibió una mención especial de este último en 2007, tras sobrevivir a dos derrames cerebrales, perder la visibilidad de un ojo y volverse casi sordo.

Aún así, Bradbury nunca tiró la toalla. En los últimos años, se las ingenió para asistir a cuanta convención de ciencia ficción o feria del libro lo invitaran, donde pataleaba contra sus enemigos íntimos: los libros electrónicos, las computadoras e Internet. De los primeros decía: “Hay sólo dos cosas con las que uno se puede acostar: una persona y un libro”. Aunque también recomendaba: “Consíganse una vida. Entren a una biblioteca de verdad, naden en el acuario del tiempo, toquen los libros, abran los libros, huelan los libros. Llamen a su gato para ayudarlos a matar el mouse de su notebook. Apaguen todo”.

Detractor de la educación formal y lector de Pie, Julio Verne, Edgar Rice Burroughs, Thomas Wolfe y Ernest Hemingway, un autor como él no podría haberse ido de otro modo: con el tránsito de Venus frente al Sol aún presente en la retina de millones de personas que crecieron con sus palabras y sus sueños.



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