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miércoles, junio 26, 2013

LOS AMIGOS DE SIEMPRE



 Los amigos de la juventud nunca se olvidan y son parte de esa memoria que constituye un bálsamo que nos ayuda a soportar el duro trasegar por la vida. Mi afición por las lecturas autobiográficas y las memorias me permite aseverar que son muy pocas las páginas dedicadas a esta  edad tan importante en la vida. En Colombia los protagonistas de la historia que han dejado textos al respecto, muy poco hablan del periodo juvenil, que resulta vital. Hago la cita, porque, ahora que estoy trabajando en una especie de auto-biografía literaria, empecé a escrutar por los momentos más importantes de mi juventud y me quedé asombrado como algunos son diáfanos y otros que suponía que no olvidaría están en una penumbra incomprensible.
Crecí en la ciudad de Bucaramanga. Esta es una ciudad Colombiana excepcional por donde se le mire. Es absolutamente diferente a todas las capitales de provincia, con disciplinas muy marcadas, ordenada, siempre con los servicios públicos con una cobertura total y sin problemas, constituye un orgullo para sus moradores. Sus calles siempre estaban impecables, limpias y la gente vivía comprometida con su entorno y cumplía a cabalidad con sus responsabilidades ciudadanas. Mi barrio se llamaba Terrazas. Estaba construido en una loma llamada Pan De Azúcar desde donde veíamos toda la ciudad.  Lo atravesaban unas escaleras centrales muy anchas, con dos cuerpos laterales en medio de jardines bien cuidados, con cuadras muy largas, exactamente ocho y casas simétricas, en la mayoría iguales, en este lugar crecí y se fue desgranando mi juventud.
El fútbol para nosotros era una verdadera pasión. En el barrio había dos canchas y solíamos jugar todos los sábados, en ocasiones hasta dos partidos. Había excelentes jugadores, otros no tan buenos, y algunos  muy regulares y por supuestos uno que otro paquete.
Fueron muchos los amigos que se quedaron en mi memoria por esta época. Algunos hechos marcaron mi vida. Por razones que no cabe traer a colación, comenzamos a jugar en otros barrios y mostrar nuestras dotes con amigos nuevos. Uno de los barrios más cercanos y con mucha tradición futbolera se llamaba "La Victoria". Tenía una de las mejores canchas de la ciudad y en ella se jugaba el campeonato de primera. Comencé a jugar todos los sábados en las mañanas en la victoria de manera constante. Para mí, este fue un hecho que me marco por razones diversas. Me encontré con un tipo de personas a las que no había tenido acceso. Eran universitarios, muchachos que habían salido de colegios técnicos, formados con una conciencia social muy diferente a la nuestra, que era socialmente irresponsable. Mi cuñado, Rubén, fue quien nos llevó a su barrio, en este creció y vivió sus años juveniles. Los partidos  parecían finales, se jugaban a muerte, a estos partidos le decíamos banquitas, porque se utilizaban unas porterías muy pequeñas. En estas travesías deportivas, conocí a CARLOS NIÑO, un amigo con características muy especiales, puedo decir que siempre fue el mismo, aun después de muchos años. Recuerdo la primera impresión como si la hubiese vivido ayer, lo que es una excepción en estos tiempos tan camaleónicos. Quien era Carlos. Un joven estudiante de Ingienería industrial de la universidad industrial de Santander, tenía y debo pensar que aun la conserva, una personalidad por fuera del común. Tengo grabadas en mi mente su forma tan peculiar de  caminar, su lentitud desesperante, su mirada de niño viejo, de genio y como asumía las cosas de la vida pese a su juventud. Siendo tan joven, no se parecía en nada a nosotros que teníamos un espíritu desparpajado y una constante mamadera de gallo en los labios. Guardaba mucho silencio antes de responder alguna pregunta, tiene una especie de pensamiento matemático, que hacía que sus respuestas fueran certeras, sin la demagogia acostumbrada en nuestro país y con un realismo implacable. Nunca problematizaba, resolvía, razonaba,  con soluciones muy lógicas, parecía un arzobispo, muy paternal, pero igualmente frió y en ocasiones distante,  producto de un pragmatismo radical. En el fondo, no era más que un  buena gente, para expresarlo con claridad. Su naturaleza lo hacía ser muy disciplinado, criado por la mano fuerte de su madre y  en compañía de su hermana, que fue la luz de su casa. De Carlos siempre me ha sorprendido el rigor. No quiero decir que fuese acartonado, serio en apariencia, hasta que se le conocía bien. Su naturaleza tan diferente a lo que conocía hasta la fecha me sorprendió de buena manera. Cuando lo conocí bien, compartí  muchas cosas que dan como para un libro. Después de los partidos, solíamos ir a una tienda en toda la esquina del barrio, la de los monos, muchachos del mismo corte, en este lugar tomábamos gaseosa con pan, procedíamos no solo a comentar el partido que acabábamos de jugar, sino echar los últimos chistes y por su puesto actualizarnos en los chismes de interés. En estas conversaciones me sorprendió  que pese  a ser tan joven, asumía los temas y las responsabilidades de manera muy diferente, no porque nosotros no lo hiciéramos, sino por el nivel de compromiso que  le imponía a sus comentarios. Así ha sido siempre. Por las azarosas sorpresas del destino, terminó casado con una prima. Hoy tienen una familia bella, asumo que es feliz y supe que su trabajo en Bogotá poco tiempo le deja para las cosas que verdaderamente le interesan.  Estos recuerdos me producen una nostalgia y una tristeza muy honda. El solo hecho de ratificar que hubo tiempos mejores me deja silencios cargados de meditación, constituyen una especie de saudade que me obliga por minutos a recordarlos. Carlos, ese muchacho, que me enseñó que la vida debe siempre asumirse con el rigor que amerita, es un recuerdo grato en mi memoria, algún día volveré a verlo para compartir estas vivencias hasta hoy inéditas.

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