Powered By Blogger

sábado, marzo 28, 2015

GEOPOLITICA PETROLERA


El componente petrolero en la geopolítica mundial, resulta ser de suma importancia para poder entender que está pasando  en el entramado de intereses en el mundo actualmente, este afecta directamente a la economía, incide en temas militares, es el soporte para la aplicación de estrategias políticas encubiertas. La baja de los precios del petróleo, el descubrimiento de nuevas tecnologías, tanto para la exploración, como para la explotación, los efectos en los precios en productos de consumo masivo y por lo tanto en el nivel de vida de los ciudadanos, la incidencia que tiene en el mercado de valores, el hecho de haber afectado los ingresos de ciertas dictaduras incomodas para occidente y por último el alto consumo de China son variables que, en el ajedrez político mundial, terminan siendo claves para entender muchas decisiones de parte de algunos países, sobre todo los Estados Unidos, que en apariencia son inexplicables.
La intervención de las potencias en el oriente en el último siglo, no tiene otra causa que su interés por las grandes riquezas petroleras. El petroleo es el fluido vital de la economía mundial, es la sangre y el oxígeno del desarrollo, de todo lo que se mueve. El oro negro es la clave.
El economista Salomón Kalmanovits, explica de manera muy sencillo los efectos directos en la baja de precios: “Para los países importadores de petróleo, la reducción de precios equivale a un impulso de su demanda que puede aliviar la recesión europea y acelerar el crecimiento norteamericano. Para los países productores es una calamidad, siendo Venezuela la más afectada por haber perdido eficiencia, ser tan regalada y endeudarse en estos años de bonanza. Rusia es otra damnificada, pues depende del petróleo en dos tercios de sus ingresos externos. Arabia Saudita y los países del golfo, también Noruega, cuentan con costos bajos de producción y con enormes ahorros que les permiten sortear la caída de sus ingresos. Colombia es otro perjudicado, pues la mitad de sus exportaciones deriva del petróleo, pero como buen nuevo rico no hizo ahorro de su corta racha de fortuna; por el contrario, se especializó en tan volátil actividad y se endeudó aprovechando ese colateral”.
Los Estados Unidos han venido recogiendo frutos de sus investigaciones, tecnologías como el Fracking, le han permitido aumentar su producción petrolera y disminuir su dependencia de los países productores; “Canadá con su explotación en las arenas bituminosas y México con sus grandes yacimientos en el golfo, hacen de Norteamérica un formidable productor de crudo con los correspondientes efectos en los precios y en la paleolítica energética global. El petróleo, a nivel económico constituye “el rey de las ‘commodities’, el recurso natural de mayor importancia geopolítica desde hace más de un siglo, y a pesar de los avances científicos para descubrir fuentes alternas de energía seguirá junto con el gas, su vecino de las profundidades, teniendo suma importancia en los años por venir”.
El excelente columnista y analista Marcos Peckel, explica magistralmente lo que significa esta variable: “La geopolítica petrolera es una compleja maraña de yacimientos, rutas marítimas, oleoductos, puertos, tanqueros, ambiciosas compañías multinacionales y precios. El mercado del crudo no se comporta como el de otras commodities, pues se puede asumir que el recurso es infinito y simplemente abriendo o cerrando los grifos se controla la oferta y esto depende tanto de factores económicos como políticos. En los últimos 50 años el precio del crudo ha oscilado entre los tres y los 150 dólares por barril, habiendo experimentado más volatilidad que cualquier otro recurso natural. El mercado se ha visto afectado igualmente por el arribo de varios nuevos países productores, Colombia por ejemplo, y es dable suponer que nuevos yacimientos serán ‘descubiertos’ en la medida que esto le convenga a las grandes empresas explotadoras, trasportadoras y refinadoras, las originales ‘siete hermanas’ -Exxon, Mobil, Shell, Texaco, BP, etc-. a las cuales se han agregado apenas un puñado más.
Sí se revisa la historia fatídica de la relaciones entre occidente y oriente, las intervenciones y guerras del último siglo, se entenderá lo que significa la relación petróleo y política, gran parte de las guerras y los grandes conflictos de los últimos  cincuenta años, desde la guerra del  Yom Kipur, hasta las tensas relaciones de hoy entre Iran y los Estados Unidos.
El petróleo en muchos casos, por factores económicos y políticos es la clave: “Desde entonces el ‘arma del petróleo’ ha sido usada principalmente al revés: restringiendo las exportaciones a países a los que el Consejo de Seguridad ha impuesto sanciones, como Iraq, Irán y Libia. Rusia por su parte, el principal proveedor de gas natural a Europa, ha usado los grifos para limitar las exportaciones, subir los precios y extraer concesiones políticas”[1].
Otra variable poco estudiada son los excedentes de capital producto de la explotación del petróleo. Estos siempre terminan en los grandes fondos de inversión de occidente. Este es un tema alucinante, pues con ellos se altera  muchas economías, sobre todos en los países emergentes, se crean políticas de fomento y se estructuran plataformas económicas muy fuertes; igualmente han servido para incentivar la perversa especulación, con los denominados dineros golondrinas, así como políticas de intervención encubiertas. Es un hecho, el tema del petróleo da como para un libro, espero seguirlo tratando en este blog.  













[1] http://www.elpais.com.co/elpais/opinion/columna/marcos-peckel/geopolitica-petrolera

sábado, marzo 14, 2015

CRISIS DE LA JUSTICIA EN COLOMBIA

Nada más fatal para Colombia en estas circunstancias, que su sistema judicial este permeado por la corrupción, no es un problema coyuntural, sino una crisis que afecta a todo su estructura, el fenómeno llegó a las cortes, incluyendo la corte constitucional, que hasta la fecha constituía un orgullo a nivel nacional e internacional, fue la joya de la corona por el respeto que ganó en todos los niveles de su competencia, con unas jurisprudencias excelsas.
El presidente de la corte costitucional Jorge Pretel tuvo que dejar el cargo por un caso de soborno. “Hoy está separado de su cargo como presidente de la Corte Constitucional porque un abogado de nombre Victor Pacheco le dijo a sus colegas que Pretelt le había pedido un soborno de 500 millones de pesos (algo más de 210 mil dólares) para comprar la conciencia de otro magistrado, de Mauricio González, para que fallara una tutela que le permitiera a la fiduciaria Fidupetrol recuperar 22 mil millones de pesos que tenía embargados por orden de la Corte Suprema”.
Más grave que el propio caso ha sido la actitud de este magistrado, quien a través de su abogado, ha querido pasar el hecho como menor, pues ha expresado mil barrabasadas, categorizó en sus últimas declaraciones, que la justicia hoy no tiene nada que ver con la ética. Por efecto del escándalo, han quedado al descubierto  una serie de artimañas que realizó para llegar al cargo, propias de un político de la peor ralea, pues está claro que  no tiene ni la calidad ni la experiencia  para su ejercicio. Miren además estas perlas:
“Ahora se sabe mucho más sobre Pretrelt, como por ejemplo que a través de su esposa, una procuradora, compra tierras a precios económicos, que han sido despojadas a sus propietarios por paramilitares. Esas tierras que precisamente hoy deben ser restituidas a las víctimas y que el magistrado pensó que podía convertir en su hacienda personal, su Pretelandia, su parque de diversiones personal. Un caso de abuso de poder soportado en las complicidades históricas de sociedades que siguen dándose licencias por tanta impunidad”, su patrimonio económico, es muy alto y hasta ahora es injustificable,  hay razones suficientes para pensar que tiene una cercanía perversa con ciertos grupos de paramilitares al margen de la ley…en fin.

El caso nos ha permitido conocer el virus de corrupción que afecta a las grandes cortes, por ejemplo, hay un clientelismo ejercido por los propios magistrados, se acostumbraron a usar una cantidad de artimañas   y favores entre ellos mismos, para acceder a los cargos, jubilarse con sueldos altos, que han llevado a la majestad de la justicia a su peor nivel. También se ha develado un sinnúmero de casos, donde a través del soborno se manipuló el reparto de algunas tutelas donde están involucradas grandes cifras de dinero. A este punto de gravedad llegó nuestro sistema judicial.
Pero en este país donde nunca pasa nada, esperamos que se produzca alguna decisión al respecto. El juez natural del magistrado es la comisión de acusaciones de la cámara de representantes, órgano lento, corrupto y que no está preparado de ninguna manera para un caso como este, pero así lo determina la ley y no hay nada que hacer.
Hasta hace unos años, pese a la gran lentitud del sistema de justicia en Colombia, teníamos en las cortes, un verdadero magisterio: solemne, de mucho respeto y con jueces de una calidad indiscutible. De alguna manera hoy todo esto se fue a pique. La realidad es otra y el congreso es quien debe hacer una reforma para subsanar esta situación, los señores parlamentarios parecen no reaccionar para nada, por lo menos hasta ahora.
La tarea no es fácil, recordemos que este es un poder de suma importancia del estado. Colombia, llena de oficinas de cobro, con un problema de violencia inmanejable, ningún favor le hace la actual crisis a los problemas estructurales que padecemos.


lunes, marzo 02, 2015

EL TENSO Y CULMINANTE MOMENTO DEL PROCESO DE PAZ EN COLOMBIA




Varios hechos confirman el principio a un acuerdo final entre el gobierno colombiano y la FARC. El primero, la oposición obcecada y recalcitrante ha bajado el tono radical y desde hace un mes ha mostrado un cambio de actitud, aunque mantiene una posición crítica del proceso, valido de antemano, asumió hacer las críticas desde la dialéctica propia en que se desenvuelven los diálogos, de hecho reconociendo la importancia del proceso. Me refiero por su puesto al Uribismo recalcitrante y a sectores de derecha bastante conocidos. El segundo la vinculación directa del gobierno americano con la entrada del asesor Bernard Aronson; la tercera la apertura de los negociadores de la FARC, que salieron de su escafandra, ahora discuten seriamente y abiertamente con los medios de comunicación, la prensa y la academia; por último el viaje del generalato colombiano para acordar el cese al fuego.
Curiosamente, antes de escribir esta columna, estaba leyendo un artículo de Luis Bassets, director adjunto del diario “El país” de España, esto escribe en su última columna, pertienente para el tema que trato:
En política el tiempo es una materia preciosa. El arte de la política es en buena parte el de la gestión del tiempo. Todo tiene su tiempo y no hay mayor virtud política que saber encontrar el momento exacto, es decir, el punto de madurez de las cosas. Hay ocasiones en que el tiempo aún no ha llegado y el político que se precipita lo pierde todo y se pierde a sí mismo. Sucede también el caso contrario, en que dejamos pasar el punto preciso sin tomar la decisión trascendental y, cuando la voluntad dicta el momento, ya no sirve porque el tiempo ha cerrado sus puertas. El tiempo es también un gran ingrediente de la fórmula para la solución de los conflictos.
Nada más certero para entender los diálogos y el propio acuerdo con la FARC, después de tantos años de conflicto. Queda claro que el acuerdo no solucionará mágicamente el conflicto, pero constituye una apertura para ir tejiendo una gran bitácora que nos permita erradicar el fenómeno de la violencia enquistada en nuestra realidad. Este es apenas el principio de una estrategia total, que desde el gobierno y con carácter estatal siente las bases de inclusión y principios de cambio, atendiendo todos los actores del conflicto, incluyendo a las BACRIM y creando los cambios institucionales al respecto.  Es responsabilidad de todos los colombianos estar atentos al proceso, nadie deberá sentirse excluido del mismo, menos ser indiferente.
Los partidos políticos, la sociedad civil, la academia, la iglesia, las ONG, tienen responsabilidades muy puntuales y de hecho históricamente están comprometidos. El presidente ha sido perseverante en este tópico y el proceso se ha consolidado seriamente, al cierre del mismo, de nuevo Colombia se dará una oportunidad histórica.
“En estos momentos el enviado especial de Estados Unidos para el proceso de paz de Colombia, Bernard Aronson, se encuentra en La Habana, donde se reunió este fin de semana, por separado, con los delegados del Gobierno de Juan Manuel Santos y con los de las Farc, confirmó a Efe una fuente cercana a la negociación. Aronson, un veterano diplomático que fue nombrado enviado para el proceso hace un par de semanas por el presidente estadounidense, Barack Obama, se reunió el sábado con el equipo de negociadores del Gobierno colombiano, tras su llegada a la capital cubana, precisó la fuente consultada sin dar detalles de los temas abordados en los encuentros”
Esto significa que estamos muy cerca de firmar el acuerdo, que están dadas todas las condiciones y que es preciso estar muy atentos como colombianos que somos. Estaré por lo tanto pendiente esta semana de como se desenvuelven los diálogos en la Habana.




domingo, febrero 15, 2015

ALEJANDRO GONZALEZ IÑARRUTI A PROPOSITO DE BIRDMAN



Siempre he dicho, que cuando alguien escribe algo que te proponías y lo encuentras tan completo a tus propósitos, lo justo es hacerte a un lado. Iñarruti, para mí es un fenómeno, que poco reconocimiento ha tenido en Latinoamérica, frente a sus realizaciones, su obra es contundente y desde la cámara ha ahondado y descifrado la naturaleza humana de manera deslumbrante, por lo menos a puesto al descubierto las tensiones más crudas que dominan la existencia.  Me encontré un artículo en el país de España sobre su última película que me ha dejado sorprendido, no solo por la calidad del texto y la entrevista, sino por ser una síntesis magistral de lo que representa este creador para el mundo. Lo presento a mis escasos y espero que lo disfruten tanto como yo:

FÓRMULA IÑÁRRITU
JAN MARTINEZ AHRENS
El director mexicano se enfrenta a su primera obra histórica, ‘The Revenant’, con el ánimo exigente que siempre le impulsa.
Más sincero que nunca, en este encuentro deja claro que nunca se da por vencido.
Después de nueve nominaciones a los Oscar con ‘Birdman’, sigue batallando su particular “guerra a muerte por lograr una buena película”

Los barcos, a veces, albergan historias secretas. El Toluca, un carguero de la compañía Transportación Marítima Mexicana, fue uno de ellos. Anclado en el puerto de Veracruz, enroló en 1980 a un muchacho de 17 años y pelo negrísimo que buscaba poner un océano entre su pasado y su presente. Pocos meses antes se había escapado de casa con una mujer mayor que él. La fuga terminó en desastre: el padre de la dama amenazó al padre del soñador; ella se sumió en una crisis profunda, y él perdió el hilo, fue expulsado del colegio y, bajo el sol del trópico, acabó embarcado en el Toluca, donde daban comida y transporte a cambio de fregar el suelo y engrasar las máquinas. A bordo del buque, recorrió el curso del Misisipi, descubrió Barcelona y alcanzó la Toscana y Sicilia. Corría 1980 y en Alejandro González Iñárritu se había abierto el hambre de mundo. Dos años después volvería a embarcarse. Esta vez, arribó a Bilbao, y desde allí, con mil dólares que le había dado su padre, vivió un año a la deriva. Vendimió en La Torre de Esteban Hambrán (Toledo), durante semanas durmió al raso en el parque madrileño del Retiro y, al final, saltó a Marruecos. Sin saberlo, en su interior se había dibujado la geografía de su obra. La huella sobre la que andaría a lo largo de los años, la semilla de su cine. A la mujer, nunca la volvió a ver. 
Han pasado casi 35 años, el Toluca hace ya mucho que fue desguazado y, a orillas del río Bow, en la gran planicie de la canadiense Calgary el sol parece recién salido del congelador. No es un lugar fácil para un rodaje. La temperatura rondaría los 30 grados bajo cero, si no fuera por el cálido chinook, el único viento capaz de frenar las aterradoras masas de aire ártico. Su aliento agita esta mañana de enero los álamos desnudos, bajo cuya sombra se juega un simulacro de muerte.
Sobre la nieve hay sangre demasiado roja para ser sangre, un fantasma indio embadurnado de ceniza al que por las tardes le gusta escuchar la música un poco empalagosa de Herbie Hancok y, sobre todo, un tipo de ojos acuosos y pelo rubio que se parece a Leonardo DiCaprio, actúa (o eso intenta) como él, pero que no es Leonardo DiCaprio. Sólo un sosias, una imitación, como la sangre o el fantasma, pero que hoy, bajo la brisa del chinook, sirve para moldear, en una incesante cadena de repeticiones y correcciones, las escenas que habrán de rodarse la semana siguiente, cuando llegue el verdadero DiCaprio.
“A cada paso, esculpo al animal que hay dentro de la piedra”. Alejandro González Iñárritu es quien impone el orden a orillas del helado Bow. Tiene 51 años y sigue embarcado en su viaje interior. Broncíneo y de barbas velazqueñas, su poderosa voz mueve los hilos de la trama. Todo gira a su alrededor. Y no es fácil. Sus pasos conducen con extrema rapidez de un universo a otro. Hoy le ha tocado una masacre en un poblado indio, un diálogo entre dos tramperos de 1823 y una pesadilla con fantasmas y cabezas despellejadas. Tres escenas que forman parte de The Revenant, su próxima película. Un prewestern de espacios abiertos y tensos silencios. Su primera obra histórica y rodada en condiciones extremas. “Me excita poder fallar”, señala el realizador.
Con los 50 entré en una melancolía profunda. Aún sigo navegando en esa nube en donde se empiezan a apagar las luces de la fiesta”
A su lado, siempre cerca, camina el director de fotografía, su compatriota Emmanuel Lubezki (Ciudad de México, 1964), ganador de un Oscar por Gravity. Entre sí se llaman por sus apodos. Negro(Iñárritu) y Chivo (Lubezki). Dos viejos amigos del DF. Al equipo se dirigen en perfecto inglés. Pero cuando tienen que decidir sobre aspectos fundamentales, ambos se apartan y, de pie en la nieve, deliberan en español, mientras los demás integrantes del rodaje, estáticos, esperan la decisión que luego ejecutarán bajo el mando único de Iñárritu.
“Soy muy duro, muy militante, muy exigente; se me teme más que se me quiere. La gente sabe que no va a haber tregua, pero logro conectar con ellos, porque no exijo nada de lo que no doy y porque la experiencia crea una catarsis, lleva a un conocimiento profundo de las capacidades de todos nosotros. Cualquiera puede hacer una película, pero lograr una buena es abrir una guerra a muerte, principalmente contigo mismo. Por eso me da miedo cada vez que voy a empezar una, porque no la suelto”.
La afirmación es empíricamente comprobable. Iñárritu actúa como una centrifugadora. No para un segundo. En pocos minutos decide sobre la vestimenta del indio que hace de fantasma, el color de la sangre (“más oscura, que han pasado 24 horas de la masacre”), la duración de las tomas, la inclinación de la cámara, la longitud de los pasos del falso DiCaprio, la perspectiva del poblado, el gesto triste de una anciana india… Todo tiene su huella. El universo gira aceleradamente a su alrededor. Pero en esta rutina, hoy es un día distinto. Aunque nadie lo diga en voz alta, por superstición o modestia, todos saben que Birman, la última película de Iñárritu, ha recibido la noche anterior nueve nominaciones a los Oscar y por los apartados más codiciados: mejor película, director, actor (Michael Keaton), actor y actriz de reparto (Edward Norton y Emma Stone), guion original, fotografía, sonido… La gloria cinematográfica aletea esta mañana entre los álamos helados. No es la primera vez que Iñárritu ve sus películas aclamadas, pero nunca con tanta fuerza.
–¿Cómo vive la expectativa de los premios?

–Lo vivo con distancia, porque, si no, te vuelves loco. En mi carrera me he vuelto un experto en pasar, en un segundo y sin haber hecho nada, de ser un exitoso nominado a un perdedor. No quiero decir que no tenga ninguna importancia, puedo sentir cierta excitación, no nerviosismo; hay encanto, pero no es Santa Claus. A fin de cuentas, la competición en el arte es absurda. No quiero darle lógica y decir: “Es que soy el mejor y voy a ganar porque tengo estos méritos”. Si piensas así, acabas perdiendo la cabeza.
La noche es clara en Calgary. En el centro de la ciudad, a la altura del piso 25 de un cortante edificio de cristal y acero, Iñárritu, harto de hoteles, ha instalado su vivienda. Es un apartamento de tonos marrones, aséptico y funcional. Apenas hay detalles personales a la vista, aunque los muebles, sin estridencias, denotan una confortable provisionalidad, perfecta para un nómada que ha bajado del todoterreno que le trae del rodaje, en calcetines y hablando de México y Octavio Paz. Ahora, ya en la estancia, Iñárritu se ha servido un campari con mucho hielo, ha sacado un cigarrillo electrónico que ha conectado al mac y se ha reclinado en un alero del sofá para responder a las preguntas del periodista. Sus frases son articuladas; la voz, grave y fuerte, arrastra una modulación radiofónica, pero suena sincera. A veces, antes de hablar, medita. Largos segundos hasta que cincela la idea. Y entonces la desgrana con seguridad.
–¿Cómo explica su éxito?

–Es difícil de explicarlo, yo no puedo ser objetivo. En un mundo donde la ironía reina, donde hay que separarse, protegerse y reírse de cualquier cosa que sea honesta o tenga una carga emocional, yo apuesto por la catarsis. Me gusta invertir emocionalmente en las cosas. Y la catarsis, cuando toca la vena emocional, tiene la posibilidad de abrir las puertas incluso de quienes se protegen.

–Aunque Birdman desborda humor, sus personajes se mueven en la amargura. ¿Es usted pesimista, está desencantado?

–La inteligencia puede definirse como la posibilidad de poseer dos ideas opuestas simultáneamente y tener la capacidad de operar. Yo soy dos piernas con una contradicción constante cuyo resultado es mi obra. Me puedo drenar rápidamente y llenar de un vacío existencial. En ese sentido, soy un hombre que observa más las pérdidas que las ganancias, estoy obsesionado con la pérdida, porque me duele perder lo que he tenido.
El vacío y la pérdida. Iñárritu ha empezado a dar golpecitos con el dedo índice al cigarrillo electrónico, de aspecto galáctico. Aspira, da otro golpecito, aspira. Pero nada. No funciona. Riéndose de su fracaso, lo vuelve a conectar al mac y se toma un trago de campari. “Probaremos luego”. Iñárritu no parece darse fácilmente por vencido. Quienes le conocen dicen que nunca lo hace. Quizá sea herencia de su padre, un banquero que se arruinó y se rehízo vendiendo fruta, o de su propia experiencia iniciática, en la que conjuró un amor cruzando el océano. Sea lo que sea, desde aquel instante no dejó de estar en movimiento. Tras sus aventuras por Europa y el norte de África, regresó a la Ciudad de México para ensayar la carrera de Comunicación, aunque muy pronto eligió otros derroteros. Fue locutor de radio, dirigió la estación musical número uno en el DF, y se volcó en la música (“soy más musicólogo que cinéfilo”, dice). Pero ni tener banda propia ni componer para seis películas le dio paz. No era un virtuoso. El perfeccionismo, esa pulsión que le permite rodar a 30 grados bajo cero, chocó contra él mismo. “Tengo los dedos torpes”, confiesa.
El cine se le apareció como única salida. Anuncios, cortometrajes, televisión. Poco a poco descubrió que tenía un talento natural para un mundo en el que no existían antecedentes familiares (“salgo de mí mismo, soy una flor extraña”). Las horas pasadas en la Cineteca Nacional empapándose de neorrealismo italiano, el ADN de su cine, hicieron el resto. Estudió dirección teatral con el legendario Ludwik Margules, un tiránico maestro que le inculcó la necesidad de tener bajo su bota cada milímetro de la escena y de hacerlo con un espíritu renacentista. “Nada puede escapar, todo es responsabilidad mía, de todo he de saber”. El demiurgo empezaba a despuntar. La alianza con el guionista Guillermo Arriaga culminó este proceso. En 2000 se estrenó la desgarradora Amores perros, luego vinieron 21 gramos(2003), Babel (2006), Biutiful (2010) y ahora Birdman . La escalera le llevó cada vez más arriba. La huella del carguero Toluca iba por delante. Memphis, a orillas del Misisipi, Barcelona o Marruecos fueron el escenario de sus películas. “Aquel viaje me marcó para siempre”.
Aupado por los premios, entre ellos el de mejor director en el Festival de Cannes por Babel, el mexicano se volvió un artista codiciado por los gigantes de la pantalla, se erigió en la cabeza visible de una camada que, junto con sus amigos Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, ha pulverizado todos los techos para los creadores hispanos. “Pero no es un boom, hay una sincronía, una generación que comparte un espacio de la cinematografía y que además es amiga. Lo del boom está tan desgastado, el boom siempre trae un tum-tum-tum, como el final de una canción…”. En este camino ascendente se fue a vivir a Los Ángeles, rompió sonoramente con Arriaga y avanzó en la madurez. En el camino también cruzó la barrera de los 50 años. El tiempo empezó a agostarse. Su mirada volcánica se serenó. Pudo sentarse, como él mismo explica, “a la orilla del río a ver el flujo desbordante de los pensamientos y sentimientos”.
–¿Le influyó mucho cumplir 50 años?

–Decían que los 40 eran duros, aunque yo ni me di cuenta cuando los pasé. Pero con los 50 entré en una melancolía profunda. Aún sigo navegando en esa nube en donde se empiezan a apagar las luces de la fiesta.

–Todo se vuelve pasado.

–La fiesta se va a acabar. Pero no me preocupa el pasado, sino lo que voy a perder, nuevamente.
Birdman es hijo de ese crepúsculo. A medida que se acercaba al medio siglo de vida, Iñárritu buscó puerto en la meditación zen. Hizo un retiro. Observó sus voces internas, sobre todo, esa que le convierte en el centro del universo en los rodajes, desde la que irradia el magnetismo que le reconocen sus amigos. “Esa voz inquisidora”, explica el director, “a la que llamo el Torquemada interno, un tipo al que le presentas cualquier caso y te mandará al fuego, un terrorista con el que no hay negociación posible”. Fue esa voz la que dio la clave de Birdman.
Sobre su huella construyó una película casi experimental, asentada sobre gigantescos planos-secuencia, que se mueven continuamente al borde del precipicio. Una comedia agridulce (“a non funny comedy”, bromea el director) que tiene mucho de repaso vital: un actor que años atrás alcanzó el estrellato por interpretar a un superhombre lo apuesta todo con una obra de teatro en Broadway, pero a medida que se acerca la hora del estreno, ese hombre, de más de 50 años, atormentado por su voz interior, se enfrenta a su pasado, a su familia, a sí mismo. A la perplejidad del arte.
“Birdman es una película que tiene alas que me han liberado. He cambiado la forma de abordar los temas, pero estos siguen siendo los mismos: quién coño somos, qué significado tiene y de qué trata esta vida. Es una película para todos los que sentimos eso. Habla de la necesidad de reconocimiento, de confundir la admiración con el amor; de entender ya demasiado tarde que era amor lo que tuvimos y que no lo supimos, y que eso era lo único que necesitábamos tener. Los seres humanos somos criaturas patéticas y adorables. Todos tenemos algo de Birdman”.
Para mí el ritmo es Dios. El arte es la palpitación de ese ritmo y, si no lo tienes, es imposible crear algo. Yo lo poseo”
El director se ha puesto un segundo campari. Dice que le abre el apetito. Durante la conversación han traído la cena. Solomillo con espinacas. Los platos aguardan a ser recalentados en el horno. A lo largo de la entrevista, Iñárritu habla con convicción. No gesticula demasiado. Sólo en ciertos momentos, enfatiza sus palabras con un golpe de manos. Ocurre al tratar la crisis de los 50 años, los amores perdidos, al analizar los problemas de México y el cinismo de Estados Unidos, que vende las armas y compra las drogas a su vecino del sur. Pero también sazona sus contestaciones de humor. Entonces sonríe abiertamente, busca la complicidad con la mirada. En ningún momento parece cansado. Su voltaje es constante. No hay bajones. Ni siquiera cuando entra en los meandros de Birdman. En la obra no sólo se representa otra obra (De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver), sino que, en un juego de espejos, el actor principal, Michael Keaton, que se hizo famoso por haber interpretado Batman, en la película representa a Riggan Thompson, conocido por haber encarnado a Birdman. La ficción, la realidad y la metarrealidad se superponen, como muñecas rusas, en la cinta.
–¿Qué buscaba al escoger a Keaton/Batman para interpretar a Riggan Thompson/Birdman?

–La metarrealidad que Michael Keaton agregó a la película era muy importante, pero también un factor de alto riesgo. Y no fue el único, Edward Norton tiene la misma reputación que el personaje que interpreta, el actor de Nueva York que ha estado en la escena del teatro, pesado, dominante y sobreintelectualizado. En el plató reinó eso: el gozo de poder representarse a uno mismo desnudo y sin vergüenza. Se abordó de una forma honesta, no intelectual, no irónica. Esta película es sincera. Yo estoy ahí dentro y esas son mis miserias, mis realidades. Yo he sido todos esos personajes. O he sido yo o he trabajado con ellos o he sido víctima suya. Ese ha sido mi mundo. Esa fue la apuesta. Y son elecciones reales, no es el actor interpretando a los actores fallidos; no, es el actor que ha pasado por eso.
–¿Y cómo fue el rodaje con esos planos-secuencia tan largos?
–Fue extremadamente meticuloso y arriesgado, porque si fallaba no había forma de esconder mi mierda. Iba a quedar expuesta. Pero curiosamente por la misma efervescencia e inseguridad del proceso, hubo un gozo que yo no había conocido. Por primera vez me reía a carcajadas en el plató. E incluso sentía culpa. Me decía: “¿Cómo puedo disfrutar en un set si esto es trabajo?”. Yo tengo un concepto protestante, en el trabajo no se ríe uno. Pero en esta ocasión, fue una liberación.

–¿Improvisa o va con la idea ya totalmente fija?

–Tengo dos virtudes. Una es el concepto. Veo con precisión todo lo que no debe ser y lo que debe ser. La segunda es el ritmo. Para mí el ritmo es Dios. Sin ritmo no hay danza, ni arquitectura ni música… Las estrellas tienen un ritmo, el universo está rítmicamente ordenado, el arte es la palpitación de ese ritmo y, si no lo tienes, es imposible crear algo. Ese ritmo lo poseo. Suena abstracto e idiota, pero cuando pongo una escena sé naturalmente cuándo debe haber un espacio entre una palabra y la otra; sé cuánto tiene que estar separado un actor del otro y de la cámara, sé qué lentes debe usar, sé si debe estar más arriba o más abajo, sé la velocidad…
Iñárritu habla, a veces, como filma. Se distancia, se eleva, vuelve en picado al punto original. Mira hacia delante. Al igual que otros autores, no es propenso a revisar su obra pasada. La primera vez que lo hizo fue en Los Ángeles, en 2010. Alquiló un cine y preparó tres días de sesión para sus hijos, que acababan de cumplir 15 y 17 años y que nunca antes habían visto sus películas. Proyector, sala oscura, negativos. “Mis hijos han sufrido mis ausencias y me dije, ‘por lo menos que vean que lo que hice merecía la pena”.
Iñárritu se enfrentó entonces a su propio cine. Digirió su “perturbadora vitalidad”, se dejó arrastrar por su “flujo sanguíneo emocional”, pero también advirtió que algo se había quebrado. “Hay abuso en la construcción, en la fragmentación, me avergüenzo de ciertas cosas, me incomodan, pero tras Birdman soy un nuevo cineasta, cambió mi perspectiva formal”.
–¿Y sus hijos qué dijeron?

–Amores perros les encantó. Se sorprendieron muchísimo de que fuera una película tan moderna. Les pareció un poco hip, les asombró que su papá, ese viejo, de pronto tuviese un aspecto medio moderno. 21 gramos les impresionó, no la articularon, pero les impactó. Y Babel les emocionó. Biutiful les dio un bajón tremendo…
Lo dice riendo, con un deje de orgullo por sus hijos. Cuando habla de la familia, se le nota próximo, emerge una calidez profunda. Lo mismo ocurre al analizar su país. Ha filmado en todos los rincones del planeta; su obra, como él mismo recuerda, busca una universalidad sin pasaporte, pero su punto de vista está arraigado, embebido en México. De algún modo, sigue anclado en aquel puerto lejano de Veracruz: “Puedo volar donde me dé la gana sin cortar esas raíces”.
Pero México, esa tierra negra y solar, le duele. La tragedia de Iguala, el bárbaro terremoto que ha sacudido al país, le recuerda a otros “hartazgos” sufridos a lo largo de su existencia; como cuando vivió de niño, junto a su padre, la salvaje devaluación del peso con López Portillo; o la abismal crisis de confianza de Salinas de Gortari…
“Estoy acostumbrado a estos grandes derrumbamientos. Ahora, la diferencia radica en que la corrupción es tal que ha llegado a los niveles más básicos de la vida. Antes se secuestraba a los ricos, ahora el tipo que vende vegetales o refrescos en la calle, el que arregla llantas, la gente más humilde, es extorsionada por bandas de narcos que han tomado los Ayuntamientos y que se reparten el dinero con el alcalde. Ya no es que los Gobiernos sean una parte de la corrupción, sino que el Estado es la corrupción. Esa impunidad no puede sostenerse; no sé en qué forma va a cambiar, pero tiene que cambiar”, comenta Iñárritu para, acto seguido, como en su propio cine, someter la cuestión al movimiento pendular de su cámara mental: “¿Quién es el culpable de la corrupción? ¿Somos nosotros, son ellos, o ellos somos nosotros? Eso me provoca mucho conflicto”.
–¿Y siente miedo en México?

–Es un miedo como el que nos causa el lobo, le tememos porque no lo vemos. Sabemos de él porque vivimos en el mismo espacio, por sus huellas, por sus rastros de sangre. Pero no tenemos ni idea de cuándo va a aparecer. Ese es el miedo que se siente en México. La invisibilidad. Puedes llegar a una oficina a denunciar, y el lobo puede estar ahí, pero no lo ves. El narco se permeó. Esa es la parte del vértigo. Estamos en una estepa.
Iñárritu ha terminado su segundo campari y parece dar por olvidado el cigarrillo electrónico. La entrevista, después de más de dos horas, ha llegado a su fin. El director se ha alejado un momento a su habitación para atender una llamada. Luego, obsequioso, calienta la cena en el horno y abre una botella de vino tinto de Oregón para compartirla. A la mañana siguiente, volverá a la orilla del río Bow. Enfundado en su ropa polar negra, buscará la complicidad del Chivo mientras afinan nuevos simulacros. Ambos, bajo los álamos deshojados, dejarán sus huellas en la nieve.







domingo, febrero 08, 2015

LA VIOLENCIA EN COLOMBIA A PROPOSITO DEL ASESINATO DE CUATRO NIÑOS


Hay hechos que logran sacudir al país por su brutalidad, reflejan la más cruda barbarie, delatan la flagrante impotencia del estado, de las autoridades, exponen la capacidad de los violentos, del crimen organizado que parece nadie controla a pesar de que se sabe, quiénes son y cómo actúan, pero el tras-fondo de todo, es la muestra de nuestro estado mental, eso que el editorial del periódico “El Espectador” de Colombia, denominó; “Sicología colectiva”, la pregunta es: cómo llegamos a esa especie de inmunidad, de indiferencia, de absoluta frialdad, lo que es peor, cómo es posible que exista alguien capaz de cometer semejante acto; el sicario para este caso, ese asesino a sueldo, ahora que desgraciadamente los exportamos, como llegó a semejantes límites, matar un niño, el ser más inocente, está claro que no le despertó la más mínima compasión, los asesina vilmente con un tiro de gracia. La prensa relato estos episodios, que realmente nos apenan para el mundo de la siguiente manera:
“En la noche del miércoles en la vereda Las Brisas, de Florencia (Caquetá), personas armadas incursionaron en una vivienda donde, sin mediar palabra, dispararon contra cuatro hermanitos. Los menores, hijos de Jairo Vanegas Lozada y Victoria Grimaldo Amézquita, se encontraban solos en su casa porque sus padres habían viajado a la capital del Caquetá para matricularlos en el colegio. Otro pequeño de 12 años logró sobrevivir y antes de que fuera trasladado de urgencia a un centro hospitalario en Florencia, logró llegar hasta la vivienda de un pariente cercano, a quién le comentó lo sucedió y quien posteriormente aviso a las autoridades”.
De acuerdo con un familiar de las víctimas, la masacre se presentó por un problema de tierras, el cual asegura que ya había sido avisado a las autoridades.
Colombia tiene un grave problema de salud mental,una gran mayoría de colombianos sigue viendo la violencia como opción, nos acostumbramos a resolver todos los problemas de esta manera: En todas las ciudades hay oficinas de cobros, extorsión, fronteras invisibles, combos y organizaciones criminales, delincuencia perfectamente articulada con la sociedad, que los tolera y los usa, para referirse a la tranquilidad de un barrio, dicen sin ruborizarse: aquí no pasa nada, los muchachos mantienen el control. Vivimos inmersos en muchos tipos de violencia, nuestra historia esta plegada de guerras, de masacres, de mafia, de muerte. Lo que quiero destacar es la falta de conciencia frente a un fenómeno que nos socava, que no nos permite tener un mínimo grado de civilización. Hablamos de educación, pero estamos lejos de ver resultados prácticos que nos permitan sentir un cambio al respecto, que toque la herida, la violencia, parece un virus, ha sido imposible erradicarlo.
“La Organización Mundial de la Salud, OMS, define la salud mental no solo como la ausencia de trastornos mentales. Se refiere a ella como “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”. Todas las tensiones las resolvemos en nuestro país con violencia, de la más descarnada, ahora que la exportamos, los que tenemos la fortuna de viajar al extranjero, sabemos cómo al colombiano en muchas partes,  se le respeta por lo despiadado, por su capacidad de impartir violencia.
La violencia se refleja en nuestra cotidianidad: Como hablamos, como actuamos y como pensamos. Lo sucedido en Caquetá, como lo que pasó en México con los 43 estudiantes, refleja nuestra condición mental, muchas de las insuperables condiciones sociales de inequidad e injusticia social, la impotencia del estado, así como la incapacidad de la sociedad para generar soluciones  a un problema, muy grave. Como ciudadano de a pie, ahora que estaba fuera del país, quede impertérrito con la noticia. He venido estudiando el fenómeno de la violencia con mucho juicio,  a propósito de las conversaciones de la Habana y sucesos como este me dejan anonadado, la mente en blanco, como sí tuviera que aceptar de antemano, la solución no es tan fácil, existe una realidad compleja, que está por encima de los intringulis políticos y sociales, hacen parte de nuestros genes históricos, los que nunca hemos enfrentado seriamente. El fenómeno amerita otra mirada, mucho más profunda.






viernes, enero 30, 2015

LA NUEVA RAZON DEL MUNDO



En la universidad Nacional de Medellín ayer,  me encontré con dos profesores de historia y de manera espontánea comenzamos hablar de la situación del pensamiento Francés por estos tiempos recordando principalmente a Foucault y como estaba la posición de la academia al respecto. De súbito me citaron la obra que adelanto presento y que constituye un análisis lucido sobre el Neoliberalismo.
Este texto fue escrito por los académicos Franceses Christian Laval y Pierre Dardot, al primero lo conocí por una publicación anterior “La escuela no es una empresa” donde denunciaba la sumisión de la educación a los intereses económicos la cual de alguna manera es un a priori a “La nueva razón del mundo” el cual es un ensayo sobre la sociedad neoliberal desde la esclerótica de los fundamentos que la soportan, abordándolo desde la suma histórico que lo hizo posible, para descifrarla en su totalidad, es una radiografía de la A a la Z.
Muchos nos preguntábamos si Francia había dejado de pensar, los que nos hemos acostumbrado a la natural reverberación ideológica de su pensadores, nos inquietábamos sobre la opacidad en estos tiempos tan graves para el ciudadano común.
En la revista “Números Rojos” en la red, me encontré una entrevista a Christian Lava realizada por David Losa, que creo pertinente publicar, pues creo que este texto debe ser de obligatoria lectura para entender en que estamos los ciudadanos de a pie.
Este doctor en sociología, docente en la Universidad de París X Nanterre, es uno de los teóricos más lúcidos de la “academia” francesa. Christian Laval (París, 1953) ha publicado recientemente, con el filósofo Pierre Dardot, “La nueva razón del mundo, ensayo sobre la sociedad neoliberal” (Gedisa), un volumen imprescindible para alimentar el pensamiento crítico, en el que repasa los orígenes y la evolución del neoliberalismo. Los primeros coletazos del libre mercado, sus justificaciones y enfrentamientos ideológicos, su traumática caída y posterior cambio de piel en la primera mitad del siglo XX, su papel como fuente de inspiración en la construcción europea o su desbocamiento tras la desregulación de los mercados financieros son algunos de los temas expuestos.
Después de leer su nuevo libro, una de las conclusiones que se pueden sacar es que el neoliberalismo ha colonizado el alma de los seres humanos, convirtiéndonos en algo así como “personas-empresa”. Sin embargo, ustedes terminan el libro lanzando un mensaje optimista…
El sistema de poder neoliberal conduce a las personas hacia unos comportamientos de obediencia y sumisión, pero al mismo tiempo no puede evitar en los individuos eso que Michael Foucault llama contraconducta. O sea, somos conducidos a vivir en continua rivalidad y competitividad, intentado ir más allá siempre para alcanzar objetivos, resultados… Toda esta presión subjetiva sobre los individuos provoca mucho sufrimiento y numerosas patologías que los psicólogos, los psicoanalistas y los sociólogos han observado, pero al mismo tiempo también provoca reacciones que llevan a mucha gente a reinventar su vida, a retirarse del sistema y empezar de nuevo sus lazos sociales. Como conclusión, formulamos la hipótesis de que hoy se está construyendo una racionalidad alternativa, algo que hemos denominado ‘racionalidad del común’.
Desde los principios del liberalismo, y posteriormente del neoliberalismo, el debate principal se ha centrado en el papel del Estado y de las personas en el gran ‘juego’ de la economía de mercado. Ustedes entienden que, frente a lo que piensan algunos, el estado no está siendo el gran perdedor. ¿Podemos deducir que somos los propios ciudadanos los perdedores?
El neoliberalismo responde al modelo de empresa y a la lógica de la competencia. A través de dispositivos y técnicas de poder introduce efectos subjetivos de tipo empresarial, algo extremadamente curioso que induce a los individuos a identificarse con el funcionamiento de una empresa. Nosotros vemos que, a la vez que el neoliberalismo exalta al individuo, lo mutila como persona para maximizar solo su valor económico.
Ahora que la situación es crítica, muchos economistas han vuelto su mirada a Keynes. Pero ustedes creen que es un error…
La situación actual recuerda mucho a la de los años 30, y en particular al hecho de que los dirigentes están repitiendo los mismos errores que cometieron los de aquella época. Por ejemplo, entonces los líderes europeos querían volver al patrón oro y, como ahora sucede con el euro, para lograrlo imponían políticas de deflación. Por lógica, los mismos errores conducen a los mismos efectos, y pienso que Europa camina hacia la autodestrucción. Si me preguntas si es posible volver a Keynes en el estado actual de Europa… No, ni siquiera convertido en fantasma. Todo está organizado e institucionalizado para que una política activa de recuperación sea imposible. La posibilidad de relanzar la economía a través del presupuesto se considera inviable por la Comisión Europea y por el Gobierno alemán. Incluso, cada vez se minimiza más el presupuesto. Pero es que esta crisis no es solo una crisis de mala orientación de las políticas de austeridad, tiene que ver con los propios fundamentos de la UE. La gran decisión adoptada ha sido constitucionalizar las disposiciones restrictivas que impiden que se puedan aplicar políticas diferentes que salven a Europa de otra manera. Los dirigentes europeos se han encerrado en una prisión de la cual no pueden salir.
Una de las grandes críticas que contiene su libro va dirigida a la socialdemocracia, por haber aceptado las reglas del neoliberalismo. ¿No cree que el germen de la nueva izquierda se encuentra en los nuevos movimientos ciudadanos?
La socialdemocracia europea ha cometido el error de creer que la construcción jurídica y política de Europa podía resistir a lo que se denomina el neoliberalismo anglosajón. Lo que demostramos en este libro es que la propia construcción europea se hace sobre los preceptos del neoliberalismo, algo que los socialdemócratas europeos no querían contemplar, pero a lo que, a la postre, tampoco se han opuesto. Por eso, para mí la socialdemocracia europea se ha suicidado. Por otra parte, si hablamos de una nueva izquierda, es destacable el ejemplo de Grecia, con la irrupción de un nuevo partido capaz de atraer más de un tercio de los votos, un partido que se opone claramente a lo que es Europa hoy. Si pongo el ejemplo de Francia, el movimiento de coordinación de la lucha sectorial comienza a ganar terreno, parece que los asalariados se están dando cuenta de que son el objetivo de una estrategia ideológica. Por ejemplo, ante el creciente protagonismo del New Public Management (Nueva Gestión Pública –modelo de gestión privada en la administración pública–), que afecta a todos los sectores (hospitales, escuelas, justicia ), cada vez más gente entiende que existe una lógica transversal que obliga a que la lucha sea también transversal. La próxima etapa requeriría una coordinación a escala de muchos países. Por eso, la nueva izquierda tendrá que renovarse con algo similar a aquello que en el siglo XIX se llamó el internacionalismo. Desde luego, queda mucho camino por recorrer.
Hace dos años y medio de la irrupción en España del 15M. Para muchos, su naturaleza asamblearia le impide avanzar, y piden que cristalice en una formación política clásica.  ¿Es esta una nueva perversión del sistema, una tentación del “diablo”?
Soy muy sensible a las fórmulas de democracia real. Todas estas expresiones de debate público, de asambleas populares, son el objetivo mismo de la elaboración colectiva. Simbolizan una profunda oposición al sistema neoliberal. El neoliberalismo ha puesto en crisis la propia democracia liberal clásica, desacreditando el sistema clásico de representación, donde la voluntad del pueblo se expresa a través del parlamento. Pero en un sistema neoliberal los políticos solo están habilitados para aprobar reglas que vienen de fuera y sobre las cuales a veces ni pueden actuar. No se trata de que las nuevas movilizaciones reclamen una vuelta a la democracia liberal de tipo parlamentario, es preferible observar de forma crítica los límites de esa democracia parlamentaria para buscar nuevas fórmulas de participación más directas, donde los propios ciudadanos ganen protagonismo y fuerza en los procesos de deliberación y decisión.
Según dicen la democracia ya no es siquiera una estrategia pretendida por el neoliberalismo. No solo eso, ustedes afirman que incluso la noción de régimen político se ha difuminado. Ha pasado a ser algo secundario, indiferente…

Friedrich Hayek, el famoso filósofo y economista, decía que se puede construir un sistema sobre la desconfianza de la voluntad popular.  Él defendía que hay que establecer diques de contención contra la voluntad de los pueblos. De hecho, durante la dictadura de Pinochet en Chile dijo: “Prefiero una dictadura liberal a un gobierno democrático donde el liberalismo esté ausente”. El neoliberalismo juega a aceptar la democracia como si realmente el gobierno fuera de las personas, pero es evidente que estamos muy lejos de lo que Lincoln calificaba como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Hay una distancia tremenda entre el pueblo y los que gobiernan.
El ideal neoliberal pretende individuos que busquen constantemente el éxito personal en libre competencia. Las personas que no encuentran ese éxito, serían seres frustrados, perdedores. Pero, ¿son esos perdedores la esperanza de un futuro diferente?
El término anglosajón “win to win” (“ganar para ganar”), adoptado por el propio neoliberalismo, dice que todo el mundo gana algo si acepta participar en el gran juego del mercado.  Ya que hemos nombrado a Hayek, él no estaba de acuerdo con esa falacia, afirmaba que inevitablemente hay winners y losers y que la justicia social es un mito. La experiencia nos dice que el sistema neoliberal genera riqueza creciente en un determinado número de personas a la vez que amplía el número de pobres. El win to win ya no es creíble, y los perdedores difícilmente pueden identificarse con este sistema.  Pero no es suficiente con sentirse perdedor, hay que luchar para ganar, para construir algo que permita generar una nueva situación.
Ustedes califican la acción de organismos supranacionales como la OMC, el FMI o el Banco Mundial como un “gran baile de máscaras”, grandes monstruos despersonalizados creados para legitimar decisiones que afectan a millones de personas. ¿Es posible quitarles esas máscaras?
Está claro que hay gente que se está aprovechando de la situación, son predadores cuyo único objetivo es seguir enriqueciéndose. Desde hace 30 años volvemos a presenciar una especie de revancha de los ricos, que están destruyendo todo lo que podía limitar que se enriquecieran de manera infinita. ¿Cuál ha sido su estrategia para lograrlo? Han desarrollado un sistema de normas que opera claramente a su favor y hacen creer a las personas que es algo objetivo. El mejor ejemplo es el de las agencias de calificación de riesgo, que se permiten calificar a los países de manera “objetiva”. ¿Qué objetividad es esa? Está claro que la que ellos quieren.
Según afirman en su libro, la llamada Europa social era un simple disfraz del neoliberalismo, una mentira alimentada repetidamente. Hoy ya no se oculta que la prioridad es la competitividad, ¿supone el fracaso del “modelo francés” en detrimento del “modelo alemán”?
Para un francés como yo es siempre molesto hablar mal de los alemanes por el marco histórico, y lo cierto es que muchos franceses participaron activamente en los inicios de la edificación de la Europa moderna, y estaban básicamente de acuerdo con la orientación ordoliberalista de esa construcción. Eso que tú dices , el gran engaño de la Europa Social, procede de la propia filosofía del ordoliberalismo, que defendía la llamada Economía Social de Mercado, y que propugnaba una asociación entre el movimiento sindicalista y la patronal. Pero no nos engañemos, el objetivo principal del ordoliberalismo no es otro que crear normas para que funcione el mercado. Es un sistema por y para el mercado.
¿Qué papel van a jugar a partir de ahora países como España, Italia o Grecia ?
Lo que se está pidiendo a los perdedores es que sigan jugando, y encima que sean cada vez más competitivos, lo que lleva inevitablemente a la pauperización de la población. Están pidiendo al perdedor que sea aún más perdedor. El gran problema de Europa hoy es que no acepta ver los defectos de sus políticas y sus consecuencias. No para de imponer nuevas medidas de austeridad estructurales, de transformar los mercados de trabajo, los sistemas sociales y el poder adquisitivo de los ciudadanos. Y las diferencias de rentas entre las personas cada vez son mayores.
Al principio de esta entrevista auguró una autodestrucción europea. ¿En qué forma?
Esperemos que no haya más conflictos armados, ya hemos tenido bastantes. La construcción europea se apoya sobre otra guerra, la guerra económica entre los países miembros. El camino correcto sería la cooperación, una solidaridad que asegure a la vez una paz económica. Pero ese cambio de paradigma implica una transformación total de la arquitectura institucional europea. Pero ahí el camino será muy largo e implica movimientos sociales en Europa muy potentes.
¿Y si nada de eso sucede?
Vamos hacia un conflicto mayor por culpa de la ceguera de los dirigentes europeos. Son como autistas, como prueba el hecho de que los movimientos en España, en Grecia o en Italia no han cambiado su manera de hacer las cosas. Ellos piensan que los italianos son niños, siguen aplaudiendo a Mario Monti incluso después de que haya sido aplastado en las urnas. Hay demasiado desprecio de los dirigentes a los dirigidos, y eso puede ser el preludio de fuertes convulsiones sociales.