Powered By Blogger

viernes, febrero 20, 2026

EL LENGUAJE DEL ESPACIO MICHEL FOUCAULT

 


Durante siglos, escribir se ha supeditado al tiempo. El relato (real o ficticio) no era la única forma de esta pertenencia, ni la más próxima de lo esencial; incluso es probable que él haya ocultado la profundidad y la ley en el movimiento que parecía manifestarlo mejor. A tal punto que liberándolo del relato, de su orden lineal, del gran juego sintáctico de la concordancia de los tiempos, se creyó que se exoneraba el acto de escribir de su vieja obediencia temporal. En efecto, el rigor del tiempo no se ejercía sobre la escritura por el sesgo de lo que escribía, sino en su espesor mismo, en lo que constituía su ser singular, ese incorporal. Dirigiéndose o no al pasado, sometiéndose al orden de las cronologías o dedicándose a desanudarlo, la escritura estaba presa en una curva fundamental que era la del regreso homérico, pero también la del cumplimiento de las profecías judías. Alejandría, que es nuestro lugar de nacimiento, había prescrito ese círculo a todo el lenguaje occidental; escribir era regresar, era volver al origen, recobrar el primer momento; era estar de nuevo en la mañana. Por ello, la función mítica de la literatura hasta nuestros días; su relación con lo antiguo; el privilegio que concedió a la analogía, así como también, a todas las maravillas de la identidad. Como consecuencia una estructura de repetición que designaba su ser.


El siglo xx es quizás la época en la que se desanudan tales parentescos. El retorno nietzscheano clausuró de una vez la curva de la memoria platónica, y Joyce cerró la del relato homérico. Lo que no nos condena al espacio como a la única posibilidad, durante mucho tiempo descuidada, sino que revela que el lenguaje es (o quizás ha llegado a ser) asunto de espacio. Que lo describa o lo recorra no es tampoco el asunto esencial. Y si el espacio es en el lenguaje de hoy la más obsesiva de las metáforas no es porque él ofrezca de aquí en adelante el único recurso sino porque es en el espacio donde el lenguaje se despliega desde el comienzo del juego, se resbala sobre sí mismo, determina sus escogencias, dibuja sus figuras y sus traslaciones. Es en él donde se transporta, donde su ser se “metaforiza”.

El desvío, la distancia, el intermediario, la dispersión, la fractura, la diferencia no son los temas de la literatura de hoy sino aquello en lo que el lenguaje nos es dado ahora y viene hasta nosotros: lo que hace que él hable. Estas dimensiones no las ha extraído de las cosas para restituir en sí el analogon y algo así como el modelo verbal. Ellas son comunes a las cosas y a él mismo; el punto ciego de donde nos vienen las cosas y las palabras en el momento en que ellas van a su punto de encuentro. Esta «curva» paradójica, tan diferente del regreso homérico o del cumplimiento de la Promesa, es sin duda por el momento lo impensable de la Literatura. Es decir, lo que la hace posible en los textos donde podemos leerla en la actualidad.


La víspera de Roger Laporte se mantiene lo más cerca posible de esta “región” a la vez pálida y temible. Allí es designada como una prueba: peligro y riesgo, abertura que instaura pero que permanece abierta, próxima y alejada. Lo que impone así su inminencia, pero inmediata y desviándose así, no es de ninguna manera el lenguaje, sino un sujeto neutro, “él”, sin rostro, por el cual todo lenguaje es posible. Escribir no es algo posible más que si él no se retira al absoluto de la distancia; pero escribir se hace imposible cuando él se hace amenazante con todo el peso de su extrema proximidad. En este desvío lleno de peligros, no puede haber (como tampoco en el Empédocles de Hölderlin) ni Medio, ni Ley, ni Medida. Pues sólo es dada la distancia y la vigilia que abre los ojos sobre el día que aún no está allí. De un modo luminoso, y absolutamente reservado, este él dice la medida desmesurada de la distancia en vela donde habla el lenguaje. La experiencia relatada por Laporte como el pasado de una prueba es la misma donde se da el lenguaje que la relata; es el pliegue donde el lenguaje redobla la distancia vacía de donde él nos viene y se separa de sí en la proximidad de esa distancia en la cual le corresponde, y sólo a él, vigilar.


En este sentido, la obra de Laporte, próxima de Blanchot, piensa lo impensado de la Literatura y se aproxima a su ser por la transparencia de un lenguaje que no busca tanto el juntársele como el acogerlo.


* * *


Novela adámica, El proceso-verbal es una vigilia también pero a plena luz del mediodía. Extendido en la “diagonal del cielo”, Adam Pollo está en el punto donde las caras del tiempo se repliegan la una sobre la otra. Quizás al comienzo de la novela él es un prófugo de esa prisión donde será encerrado al final; quizás venga del hospital donde él reencuentra en las en últimas paginas la concha de nácar, de pintura blanca y de metal. Y la anciana mujer sin aliento que sube hacia él, con la tierra entera como aureola alrededor de la cabeza es sin duda, en el discurso de la locura, la muchacha joven que al comienzo del texto ha escalado hasta su casa abandonada. Y en este repliegue del tiempo nace un espacio vacío, una distancia no nombrada aún donde se precipita el lenguaje. En la cima de esa distancia que es pendiente, Adam Pollo es como Zarathustra: desciende hacia el mundo, el mar, la ciudad. Y cuando sube hasta su antro, no serán ya el águila y la serpiente, inseparables enemigos, círculo solar, los que lo esperan; será la sucia rata blanca que él destroza a cuchilladas y que manda a podrirse en un sol de espinas. Adam Pollo es un profeta en un sentido singular; no anuncia el Tiempo; habla de esa distancia que lo separa del mundo (del mundo que “le ha salido de la cabeza a fuerza de mirarlo”), y, por el flotamiento de su discurso demente, el mundo refluirá hasta él, como un gran pez que remonta la corriente, se lo tragará y lo mantendrá encerrado por tiempo indefinido e inmóvil en la pieza cuadriculada de un asilo. Encerrado sobre sí mismo, el tiempo se reparte ahora sobre este tablero de barrotes y de sol. Parrilla que es quizás la reja del lenguaje.


* * *


La obra entera de Claude Ollier es una investigación del espacio común al lenguaje y a las cosas; en apariencia, ejercicio para ajustar a espacios complejos de los paisajes y de las ciudades largas frases pacientes, deshechas, retomadas y retorcidas en los movimientos incluso de una mirada o de una marcha. A decir verdad, la primera novela de Ollier, La puesta en escena, revelaba ya entre el lenguaje y espacio una relación más profunda que la de una descripción o de un relevo; en el círculo dejado en blanco de una región no cartografiado, el relato había hecho nacer un espacio preciso, poblado, sitiado de acontecimientos donde aquél que los describía (haciéndolos nacer) se encontraba comprometido y como perdido; pues el narrador había tenido un “doble” que en ese mismo lugar inexistente hasta él, había sido asesinado por un encadenamiento de hechos idénticos a aquellos que se tramaban en torno a él; aunque este espacio nunca antes descrito no era nombrado, relatado, recorrido paso a paso sino al precio de un redoblamiento asesino; el espacio accedía al lenguaje por un “tartamudeo” que abolía el tiempo. El espacio y el lenguaje nacían juntos en el Mantenimiento del orden, de una oscilación entre una mirada que se veía vigilada y una doble mirada obstinada y muda que lo vigilaba y era sorprendido el vigilante por un juego constante de retrovisión.


* * *


Verano indio obedece a una estructura octogonal. El eje de las abscisas es el vehículo que con la punta de su trompa corta en dos la extensión de un paisaje, es el paseo a pie o en auto por la ciudad; son los tranvías o los trenes. Por la vertical de las ordenadas está la subida por el flanco de la pirámide, el ascensor en el rascacielo, el belvedere que domina toda la ciudad. Y en el espacio abierto por esas perpendiculares, todos los movimientos compuestos se despliegan: la mirada que gira, aquella que cae sobre la extensión de la ciudad como sobre un plano; la curva del tren aéreo que se lanza por encima de la bahía y luego vuelve a descender hacia los suburbios. Pero además algunos de estos movimientos son prolongados, repercutidos, trasladados o fijados en fotos, en vistas fijas, fragmentos de películas. Pero todos son desdoblados por el ojo que los sigue, los relata o él mismo los realiza. Pues esta mirada no es neutra; da la impresión de dejar las cosas allí donde están; de hecho les “quita una parte”, desprendiéndolas virtualmente de sí mismas en su espesor, para hacerlas entrar en la composición de una película que no existe todavía y para la cual ni siquiera se ha escogido el guión. Son estas “vistas” no decididas pero “para escoger” las que, entre las cosas que ya no existen y la película que no existe aún, forman con el lenguaje la trama del libro.


* * *


En este nuevo lugar, lo que es percibido abandona su consistencia, se desprende de sí, flota en el espacio y según combinaciones improbables, gana la mirada que los desprende y los anuda, aunque penetre en ellas, se desliza en esa extraña distancia impalpable que separa y une su lugar de nacimiento con su pantalla final. Metido en el avión que lo lleva hacia la realidad de la película (los productores y los autores), como si hubiera entrado en ese delgado espacio, el narrador desaparece con él, con la frágil distancia instaurada por su mirada: el avión cae en una ciénaga que se cierra sobre todas esas cosas vistas en ese espacio “al que se le ha quitado una parte”, dejando por encima de la perfecta superficie ahora en calma sólo flores rojas “no sometidas a ninguna mirada”, y este texto que leemos, lenguaje flotante de un espacio que se engulle con su demiurgo, pero que sigue presente aún y para siempre en todas esas palabras que ya no tienen voz para ser pronunciadas.


* * *


Este es el poder del lenguaje: él, que está tejido de espacio, lo suscita, se lo da como abertura originaria y le quita una parte para retomarla en sí. Pero de nuevo él está dedicado al espacio: ¿dónde pues podría flotar y posarse sino en este lugar que es la página, con sus líneas y superficie, sino en este volumen que es el libro? Michel Butor en muchas ocasiones ha formulado las leyes y las paradojas de este espacio tan visible que el lenguaje cubre de ordinario sin manifestarlo. La descripción de San Marco no busca restituir en el lenguaje el modelo arquitectural de lo que la mirada puede recorrer. Sino que ella utiliza sistemáticamente y por su propia cuenta todos los espacios de lenguaje que son conexos al edificio de piedra: espacios anteriores que éste restituye (los textos sagrados ilustrados por los frescos), espacios inmediata y materialmente superpuestos a las superficies pintadas (las inscripciones y leyendas), espacios ulteriores que analizan y describen los elementos de la iglesia (comentarios de libros y de guías), espacios vecinos y correlativos que se cuelgan un poco al azar, enganchados por palabras (reflexiones de los turistas que miran), espacios próximos pero cuyas miradas están giradas como para otro lado (fragmentos de diálogos). Estos espacios tienen su lugar propio de inscripción: rollos de manuscritos, superficie de los muros, libros, bandas magnetofónicas que se recortan con tijeras. Y este triple juego (la basílica, los espacios verbales, su lugar de escritura) distribuye sus elementos según un sistema doble: el sentido de la visita (que a su vez es la resultante encabalgada del espacio de la basílica, del caminar del paseante y del movimiento de su mirada) y el que es prescrito por las grandes páginas blancas sobre las cuales Michel Butor hizo imprimir su texto, con bandas de palabras recortadas por la sola ley de las márgenes, otras dispuestas en versículos, otras en columnas. Y esta organización remite quizás a ese otro espacio que es el de la fotografía… Inmensa arquitectura a las órdenes, pero diferente absolutamente de su espacio de piedras y de pinturas, dirigido hacia él, pegándose a él, atravesando sus muros, abriendo la extensión de las palabras encerradas en él, remitiéndole todo un murmullo que le escapa o se le desvía, haciendo surgir con un rigor metódico los juegos del espacio en sus conexiones con las cosas.


La “descripción” aquí no es reproducción, sino más bien desciframiento: empresa meticulosa para desencajar ese batiburrillo de lenguajes diversos que son las cosas, para volver a meter cada uno en su lugar natural, y hacer del libro el emplazamiento blanco donde todos, después de la descripción, pueden reencontrar un espacio universal de inscripción. Y sin duda ese es el ser del libro, objeto y lugar de la Literatura.


∗ Publicado en Critique, N° 203, abril de 1964, traducción de Luis Alfonso Palau C.



lunes, febrero 09, 2026

EL LABERINTO DE LA SOLEDAD Y LOS ESPACIOS

 



Mi amigo es una persona lúcida, dueño de un humor perverso y una ironía muy fina. Sus frases son como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos. llegó a una etapa de la vida donde todo parece resuelto, pero en el fondo sabe que, uno sólo se muere cuando se muere. Vive con su esposa y su hijo. Bohumil Hrabal ese gran escritor Checo, en una novela formidable llamada "Una soledad demasiado ruidosa", escribió con un tono coloquial pero con una profundidad que asombra que: "Todo lo que he visto en este mundo está animado simultáneamente por un movimiento de vaivén, todo avanza y retrocede, como el fuelle de una fragua, como el cilindro de mi prensa cuando pulso el botón verde y el rojo, todo va y viene, oscila en su propio contrario y por eso nada en este mundo anda cojo". Aún así, donde todo parece funcionar porque el mundo no para, mi amigo sabe que al final no todo resulta como esperamos. Tubo un perro llamado "Zorro", que fue la mascota más emblemática del barrio conquistadores de Medellín Colombia. De él aprendió el valor de la lealtad sin condicionamientos, cosa que no atiende el hombre en el sumo de las individualidades egoístas y egocéntricas.  Ahora tiene otra mascota muy joven que aliviana su vida y es cómplice de la soledad con una familia que parece una tripulación en medio de una tormenta que precede a un naufragio.

Desde hace tres años, ha tenido que disputarse sus espacios con un familiar muy cercano. Recordé a ese gran pensador Búlgaro Elías Canetti, en el texto "Masa y poder". Habla de Espacios abiertos y espacios cerrados. En estos último el poder se traduce y refleja en el manejo de los mismos. Cuando llega el personaje al apartamento, mi amigo sabe, que perdió el derecho a su mejor sillón donde descansa y medita. El control del televisor ya no será suyo, el desayuno igual, no será de su gusto y sí hace chocolate, le piden café y lo contrario. La batalla está perdida de antemano y la mejor es salir, caminar con su perra, por esos parques hermosos del barrio, entre el aroma de los porros que los muchachos fuman como si mañana no fueran a vender más. Después, ir a la tienda de David, libar con sus locos pero trascendentes amigos,  en medio de conversaciones insustanciales,  que al final, alimentan la vida. En la novela que cito su protagonista Expresa entre el dolor y el consuelo: "Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo". Es cierto, al final no sabemos de que estamos hechos y que influencias marcaron nuestras vidas. Incluso aquellas más trágicas.

 Sabrá la divina providencia, por qué mi amigo me recordó esta excelente novela. En muchos de sus aportes, me recuerda al viejo protagonista de esta hermosa historia. Paolo Giordano, escritor italiano, en una novela llamada "La soledad de los números primos", en esencia, utilizando el acápite matemático sintetiza magistralmente ciertas convivencias: "Alice y Mattia, dos personas unidas por un destino tan común como imposible de compartir". Los matrimonios son una apuesta a la buena convivencia pensando sólo en el interés egoísta de cada quien. Recuerden: "Entre los números primos están los llamados "primos gemelos", que aunque permanecen próximos, entre ellos se interpone siempre un numero par". Eso es una pareja. En cambio Juan Carlos o Beetlejuice, Alberto el hermano nacido en las costas del Ecuador, Manuel, Don Hernando, David, Albert, Ingrid con sus alegatos perpetuos, el suscrito, quienes con sus trémulas aportaciones, solo son ese flotador tan necesario en los naufragios de la vida, para poder sobrevivir a los combates que nos genera la rutina y la soledad. 

miércoles, febrero 04, 2026

Velázquez y 'Las hilanderas': el arte como reflejo de la herencia y la trascendencia

 

                  Las Hirlanderas

Este excelente artículo es tomado de "La revista Ñ" del periódico "El Clarín" de Buenos Aires. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE
La obra de Velázquez se entiende como un diálogo entre tradición y creación, donde la herencia artística se convierte en un motor de innovación y legitimación.
Michel Foucault seleccionó "Las Meninas" por su capacidad de ilustrar un cambio epistemológico, pero "Las Hilanderas" ofrecen una meditación sobre el arte y su linaje.
Gonzalo Manuel
Arias

En el arte ninguna obra nace sola. Toda creación adviene en el espesor de una tradición, sobre una trama de filiaciones técnicas, estéticas y simbólicas que preceden al artista y, a la vez, lo constituyen.

Para Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660), esa trama -esa genealogía en el sentido más pleno del término- no era un adorno erudito ni un ejercicio retrospectivo de catalogación; era, por el contrario, una operación estética y política de primer orden, un gesto deliberado de autoconstrucción intelectual, una estrategia de legitimación y, en última instancia, la condición misma de la trascendencia artística.

En la genealogía se cifra no solo la herencia, sino la interrogación sobre aquello que funda la herencia: el origen convertido en problema crítico. De allí que la historia del arte pueda leerse como una continuidad dinámica, como un gran taller transgeneracional donde cada obra contiene la huella latente de otra precedente, según aquel principio formulado por el historiador alemán Aby Warburg (1866-1929) como Nachleben der Antike, la “supervivencia” o “posvida” de las formas, donde estas no funcionan como una herencia tranquila, sino como una fuerza latente y tensional.

La literatura, en este sentido, ofrece un paralelo inmejorable: Virgilio (70 a. C.) reescribió la épica de Homero (siglo VIII a. C.) en la Eneida para conferirle un sentido romano y político, y Dante (1265-1321), siglos después, convocó al propio Virgilio como guía en la Divina Comedia, inscribiéndose así en un linaje que reactualiza y transforma.

Esta cadena -Homero, Virgilio, Dante- no expresa dependencia, sino apropiación creativa, esa “angustia de la influencia” a la que se refería el crítico literario Harold Bloom (1930-2019) como motor de la reinvención poética.

En la pintura, Velázquez opera de modo análogo: no hereda pasivamente a Tiziano Vecellio (1490–1576) y a Pieter Paul Rubens (1577–1640), sino que los busca, los elige, los incorpora como referentes programáticos porque reconoce en ellos no solo una excelencia técnica, sino una concepción alta de la pintura, entendida como saber autónomo.

El primer eslabón de ese linaje es Tiziano, quien convirtió la pintura en un instrumento de soberanía. En los retratos de Carlos V en la batalla de Mühlberg (1548) o en El retrato de Felipe II (1550-1551), el poder no solo se representa: se encarna en la materia pictórica. Los atributos políticos se transforman y la autoridad, la majestad y la legitimidad dinástica toman cuerpo en la densidad cromática.

Su "Rapto de Europa" (1560–1562), pintado para Felipe II (1527-1598), condensa como pocos esa tensión fecunda. El mito clásico se transmuta en alegoría del dominio universal: Europa, arrebatada por Zeus convertido en toro divino, encarna el mundo que el monarca reclama para sí. La pintura adquiere así un doble estatuto -belleza y política, representación y poder- que Tiziano despliega sin fisuras.

                            Las Meninas

El segundo eslabón de este linaje es Rubens: exponente máximo del barroco de su tiempo, embajador, humanista y discípulo espiritual del veneciano, que durante su estancia en Madrid copió, en 1628, con devoción competitiva, numerosas obras de Tiziano -entre ellas el "Rapto de Europa", hoy perdido pero documentado-.

En "Las Hilanderas" como fábula artística (2002), el historiador del arte Javier Portús detalla estos movimientos de Rubens. Dice al respecto:

“…la principal fuente para el conocimiento de sus actividades en la Corte española es Francisco Pacheco, en cuyo Arte de la pintura (acabado en 1638) le dedica un largo comentario”. Por él sabemos -agrega Portús- que Rubens “copió todas las cosas de Ticiano que tiene el rey, que son los dos baños de Europa, el Adonis y Venus, la Venus y Cupido, el Adán y Eva y otras cosas”. A su vez, “el informante de Pacheco fue su yerno Diego Velázquez, de quien comenta que ya había tenido una relación epistolar con el flamenco y que fue el único pintor con el que hizo amistad”. Continúa Portús: “La relación detallada de obras y actividades realizadas por Rubens demuestra que Velázquez se mantuvo muy al tanto de la visita de su colega y que le llamó la atención la decisión de copiar las obras de Tiziano”.

Este gesto nos remite sin duda a la tradición pliniana de Zeuxis y Parrasio: la voluntad de superar al maestro en su propio terreno. Rubens encarna esa dialéctica entre respeto e intensidad, entre veneración y desafío creativo.

                                 Felipe II

Diego de Velázquez, que estudió tanto los originales de Tiziano como las copias de Rubens en la corte de Felipe IV (1605-1665), comprendió entonces que ese diálogo no era solo un asunto de estilo, sino una herencia intelectual. Si Tiziano había elevado la pintura al lenguaje imperial, y Rubens la había convertido en diplomacia del color, él se propuso transformarla en un taller, en un laboratorio del pensamiento. De allí que en "Las Hilanderas" (1657–1658) incorpore el "Rapto de Europa" como cita genealógica y declaración de filiación. Su aspiración no es solo prolongar ese linaje, sino reescribirlo desde dentro, interrogando a la pintura sobre su estatuto, sus límites y su potencia cognitiva. Así, al buscar inscribirse en la tradición de una “pintura noble”, Velázquez consuma su mayor ambición: emancipar al pintor del rango del artesano e instalarlo definitivamente en la esfera del intelectual, convirtiendo la pintura, desde la pintura misma, en una forma suprema de conocimiento.

Tejedoras de la hermenéutica

La compleja genealogía de interpretaciones que rodea a Las hilanderas o la fábula de Aracne, como figura catalogada en los inventarios del Museo del Prado, obra madura del tercer y último período de Diego de Velázquez, constituye uno de los capítulos más fascinantes de la historiografía artística. Lejos de ser un cuadro enigmático por naturaleza -como advierte con razón la historiadora del arte Karin Hellwig-, es la historia de su recepción la que lo ha convertido en un auténtico campo de batalla hermenéutico: un territorio donde convergen mito, alegoría, oficio, política y autorrepresentación intelectual.

Los testimonios del siglo XVII inauguran la primera capa de su fortuna crítica. Las fuentes del Siglo de Oro español leen la obra como una escena costumbrista del trabajo manual en la manufactura real de tapices. En estos inventarios y descripciones tempranas, Velázquez aparece como un observador privilegiado del mundo artesanal cortesano gracias a su rango en la corte de Felipe IV y a su amistad con el propio monarca. Predomina allí una lectura realista y clásica: las mujeres que hilan, cardan y tensan la rueca representan un episodio cotidiano, sin alegorías ocultas ni ambiciones conceptuales. Es la mirada de una época que todavía entendía al pintor como un artesano, no como un intelectual.

El siglo XVIII -marcado por el racionalismo y el prestigio académico del mito- desplaza la interpretación hacia la búsqueda de un posible “tema noble” camuflado bajo la apariencia costumbrista. En el clima neoclásico, la pregunta dominante es si la escena esconde un relato clásico acorde con los cánones iconográficos de la época.

             La balsa de la medusa

En el siglo XIX, primero los románticos -como Delacroix Géricault- y luego los impresionistas como Monet, Renoir o Degas- convierten a Velázquez en un faro moderno, y "Las Hilanderas" adquiere un aura de misterio. Se privilegia la sugerencia poética sobre la precisión histórica; el cuadro deviene símbolo de atmósfera, de luz, de movimiento, de espontaneidad, de sugestión poética. El enigma deja de ser un problema y se convierte en virtud estética.

La verdadera inflexión se produce en 1927 con Aby Warburg. El erudito hamburgués introduce un giro epistemológico decisivo: ya no se trata de descifrar un tema, sino de rastrear la supervivencia de las formas, el origen del problema crítico, como comentáramos al comienzo.

En este marco, Warburg reconoce en el tapiz del fondo el "Rapto de Europa" de Tiziano, perteneciente a la célebre serie de "Las Poesías" encargada por Felipe II al veneciano (c. 1551), y por analogía identifica también la escena con el mito de Aracne relatado por Ovidio (43 a. C.-17 d. C.) en "Las metamorfosis" (8 d. C.). El cuadro se revela entonces no como costumbrismo, sino como alegoría del arte mismo: la tensión entre el arte divino y el arte humano, entre la mímesis perfecta y el riesgo del desafío. La crítica iconológica moderna nace aquí.

Finalmente, en 1948, el historiador del arte español Diego Angulo Íñiguez (1901-1986) da un paso decisivo: demuestra que el tapiz del fondo no copia directamente a Tiziano, sino al cartón perdido de Rubens realizado en Madrid hacia 1628-1629.

El dato decisivo -como él mismo subraya- no reside en una analogía genérica, sino en la correspondencia exacta de algunos detalles iconográficos que solo existen en la versión de Rubens y que Velázquez reproduce; por ejemplo, el pliegue diagonal del manto rojo en Europa, ausente en la versión de Tiziano.

A este indicio formal, Angulo añade dos consideraciones convergentes: el cielo en torbellino, propio de la pincelada de Rubens, y que está ausente en el original de Tiziano, donde el cielo se mantiene suave y con ese azul veneciano tan característico. Por último, el hecho documentado de que Velázquez conoció de primera mano la copia de Rubens en las colecciones reales, mientras que el original de Tiziano no se encontraba entonces a su alcance.

La cita velazqueña, concluye Angulo, no apunta al origen renacentista, sino a su relectura barroca, inscribiendo "Las Hilanderas" en una genealogía que no copia el modelo primigenio, sino su herencia interpretada.

Con esta pieza final, Angulo cierra el eslabón de la cadena que une el triángulo Tiziano-Rubens-Velázquez, desplazando definitivamente la lectura del cuadro desde el costumbrismo hacia una sofisticada meditación sobre la genealogía artística. Las Hilanderas pasa así de ser un “cuadro con misterio” a convertirse en un manifiesto intelectual encubierto: la obra donde Velázquez revela su aspiración máxima, la de inscribirse en una tradición mayor y, sobre todo, la de culminarla.

El Doríforo de Foucault

Cuando el filósofo y escritor francés Michel Foucault (1926-1984) decide abrir Las palabras y las cosas (1966) con el capítulo dedicado a "Las Meninas", lo hace movido por un deseo que trasciende por completo los límites del análisis iconográfico tradicional. Su mirada no es la del historiador del arte que persigue las intenciones del pintor o las circunstancias materiales de la obra, sino la del filósofo que busca una imagen capaz de operar como matriz conceptual: una figura suficientemente cargada de autoridad visual como para erigirse en punto de partida de un relato sobre la constitución de una episteme. En ese gesto laten, con una claridad que Foucault nunca explicita, las lógicas profundas de la noción de canon.

Desde el siglo V a. C., cuando Policleto redactó su Canon y realizó, a modo de representación, la escultura del "Doríforo" (c. 450 a. C.), la cultura visual de Occidente ha recurrido a la idea de modelo ejemplar como instrumento de legitimación y orden. La symmetría del escultor argivo -esa búsqueda de la proporción exacta entre las partes y el todo- se convirtió pronto en medida y norma, en referencia paradigmática para comprender la belleza como expresión de un orden racional. No es casual que Alberti o Leonardo retomaran esa tradición en el Renacimiento, ni que el término “canon” haya migrado a la literatura, la religión o la filosofía para designar un conjunto de obras investidas de autoridad normativa.

Canonizar una obra implica, por tanto, mucho más que reconocer su valor: supone conferirle el privilegio de ocupar el centro de un sistema de memoria y, con ello, definir lo que una cultura y su tiempo deciden considerar ejemplar. Todo canon encierra, así, una forma de poder. Es bajo este horizonte donde debe leerse la elección de Foucault de "Las Meninas". Para que el cuadro de Velázquez pudiera funcionar como el “Doríforo” del filósofo -como síntesis visible de un régimen de representación que estaba a punto de clausurarse- era necesario que la pintura estuviese ya investida de un prestigio histórico y simbólico del que Foucault pudiera servirse.

Y ese prestigio había sido cuidadosamente sedimentado por la propia monarquía hispánica cuando ordenó añadir en "Las Meninas" la Cruz de Santiago al pecho del pintor, en un gesto de legitimación política que convertía la figura del artista en emblema del ascenso de la pintura. La intervención, realizada después de concluido el lienzo, impregnaba a la obra de un aura de dignidad y distinción que excedía la pura factura pictórica. Esa autoridad histórica -institucional antes que estética- se incorpora silenciosamente al relato del filósofo, dotando al cuadro de la densidad simbólica necesaria para convertirse en la piedra angular de su arquitectura conceptual.



La estrategia de Foucault se vuelve así más nítida. El filósofo no selecciona la pintura en la cual Velázquez demuestra, despliega y refleja toda su sabiduría y ambición máximas, sino la más operativa para su propósito: aquella que, como el Doríforo de Policleto, podía funcionar como norma, como punto de inflexión, como imagen que condensa un saber. "Las Meninas" no interesan por su singularidad iconográfica, sino por la precisión con la que su estructura de miradas, reflejos, vacíos y desplazamientos permite ilustrar un sistema de representación en el momento exacto en que comienza a agotarse.

El cuadro se convierte así en el umbral del espacio donde la representación clásica se contempla a sí misma y revela, casi en transparencia, las reglas que la sostienen. En consecuencia, su canonización en el libro -y la posterior fortuna crítica que esa canonización generó- descansa en una operación intelectual en la cual el filósofo utiliza la obra como diagrama de una mutación epistemológica. Aquel cuarto del Príncipe del Real Alcázar de Madrid ofrecía la claridad formal y la autoridad histórica que el proyecto de Foucault requería.

En definitiva, su elección responde a la confluencia de dos procesos: por un lado, la funcionalidad conceptual del cuadro para ilustrar la clausura del régimen clásico de representación; por otro, la canonización previa -histórica, institucional y crítica- que había legitimado a Velázquez como el pintor capaz de encarnar, casi por antonomasia, el espíritu de su tiempo.

Comprender este movimiento es reconocer que la historia del arte no solo narra lo que los artistas hicieron, sino también lo que las culturas sucesivas han decidido ver en ellos.

Todo canon -del "Doríforo" a "Las Meninas"- es una forma de soberanía simbólica: un dispositivo que organiza la admiración, fija una memoria y establece, con la sutileza de lo tácito, qué obras adquieren el estatuto de modelos y cuáles permanecen en los márgenes.

"Las Hilanderas", arte liberal

En este contexto, la exclusión de "Las Hilanderas" por parte de Foucault adquiere una lógica distinta. Se trata de una obra cuya densidad conceptual discurre por sendas que no se acomodaban a la arquitectura epistemológica que el filósofo necesitaba. Allí la pintura no ilustra un régimen de visibilidad ni una episteme; reflexiona, más bien, sobre su propio linaje: sobre la relación entre lo artesanal y lo mental, sobre la genealogía que enlaza a Tiziano con Rubens y culmina en Velázquez, y sobre el modo en que esa cadena reformula el lugar del pintor dentro de su tradición. Su complejidad es de otra naturaleza: no analiza un dispositivo, sino la autoconciencia de la práctica pictórica en su tránsito hacia el estatuto intelectual que el sevillano ambicionaba. Era, en suma, una obra demasiado involucrada en el espesor de su propia genealogía como para servir al propósito filosófico del autor de Las palabras y las cosas.

Leída, sin embargo, a la luz de la trayectoria velazqueña, "Las Hilanderas" se revela como una de las más refinadas reflexiones visuales sobre el arte jamás concebidas. La composición se organiza como una auténtica fábula artística: dos espacios profundamente articulados que funcionan como estratos significantes -el oficio y la idea, la materia y la forma, lo mecánico y lo intelectual- condensando así el programa más ambicioso del pintor.


En el primer plano, bajo una luz tenue, las mujeres que hilan, cardan y tensan la rueca encarnan el universo de la manualidad, aquello que la tradición asoció durante siglos a la condición servil del arte. Pero el enigma emerge de inmediato: esta escena aparentemente costumbrista admite una doble lectura. Una primera la interpreta como la antesala del duelo entre Palas Atenea y Aracne; otra, más compleja y erudita, se desprende de la tradición iconográfica codificada por Cesare Ripa (1555-1622) en su Iconología (1603), donde las Parcas -Cloto, Láquesis y Átropos- se representan como ancianas que hilan, miden y cortan el hilo de la vida. Dice Ripa: “Las tres Parcas se representan como mujeres de edad avanzada: una sostiene la rueca e hila el hilo de la vida; la segunda lo tuerce y lo mide; y la tercera, con un par de tijeras, lo corta; porque así como hilan, miden y cortan el hilo, así dispensan a los hombres la vida y la muerte.” (Roma, 1603).

Velázquez, heredero de la iconografía manierista que filtró el mito en clave alegórica –como ya lo había hecho en "Los borrachos" (1629) y en "La fragua de Vulcano" (1630)–, retoma deliberadamente este repertorio visual. Las tres figuras repiten los gestos esenciales descriptos por Ripa, de modo que la escena funciona simultáneamente como representación del trabajo artesanal en la manufactura de Santa Isabel y como alusión alegórica al tiempo y al destino. Esta ambigüedad calculada, señalada por Warburg y Angulo Íñiguez, opera como teatro de la manualidad y como antesala que abre el tránsito hacia la fábula mitológica del fondo, actuando como un verdadero umbral hermenéutico.

Más atrás, bañada por una luz distinta, aparece la escena mitológica: el "Rapto de Europa" según el cartón de Rubens, que a su vez reelabora la invención poética de Tiziano para Felipe II. Ese segundo espacio constituye el registro intelectual del cuadro, la región donde la pintura abandona su asociación con lo mecánico y se eleva al rango de acto mental, haciendo plenamente velazqueña la máxima leonardesca: “La pittura è una cosa mentale perché nasce e si concretizza prima nella mente dell’artista, come un’idea, un pensiero o un’emozione.” (La pintura es algo mental porque nace y se materializa primero en la mente del artista, como una idea, un pensamiento o una emoción.) (Trattato della pittura, 1480-1519).

En este marco, la elección del mito de Aracne no es una ilustración narrativa, sino una autorreferencia silenciosa. Aracne encarna al artista que se atreve a competir con quienes lo antecedieron; al desafiar a Palas Atenea desafía también a la autoridad, al canon, a la tradición. En esa contienda se juega el destino del arte y, simultáneamente, el lugar del pintor dentro del linaje que tanto ambicionaba. De allí que el tapiz del fondo no represente cualquier mito: es precisamente aquel que consagró Tiziano y que Rubens reinterpretó. Al incluir una pintura de una pintura, Velázquez declara su filiación y, al mismo tiempo, su voluntad de superarla mediante inteligencia pictórica. La obra no imita un modelo previo: lo reinscribe para pensar la continuidad de la pintura como disciplina y para reivindicar su dignidad.

Javier Portús lo resumió con una precisión admirable: “Pocas veces un artista ha logrado articular con tal sutileza una reflexión sobre su oficio y, al mismo tiempo, una inscripción tan deliberada en un linaje pictórico.”

Este gesto dialoga estrechamente con el momento biográfico del pintor. En los años en que ejecutó la obra, Velázquez se encontraba inmerso en los trámites destinados a demostrar la nobleza de su linaje y obtener el reconocimiento oficial de su condición intelectual mediante el ingreso en la Orden de Santiago. La documentación del “Consejo de Órdenes de 1658” muestra su insistencia en afirmar que la pintura debía considerarse arte liberal. "Las Hilanderas" no solo reflejan esa aspiración -aún más que "Las Meninas"-, sino que la formulan como argumento pictórico, y lo hacen sin apoyarse en ningún signo externo de ennoblecimiento, como ocurre en "Las Meninas" con la posterior incorporación de la Cruz de Santiago, sino mediante la lógica interna de la propia pintura.

Desde esta perspectiva, la pregunta resulta inevitable: ¿qué obra expresa con mayor claridad las convicciones más profundas de Velázquez respecto de la pintura?

A la luz del ejercicio arqueológico desarrollado, "Las Hilanderas" emergen naturalmente como la culminación más consecuente y acabada de sus aspiraciones. Una obra que demuestra en su propia arquitectura, en su programa visual y a través de sus múltiples registros -manual y mental, técnico y poético, genealógico y emancipado-, la afirmación más coherente y más madura de su concepción elevada de la pintura. Una pintura que piensa, que hereda, que se inserta en un linaje para superarlo y que, finalmente, se libera.

Arias es politólogo, profesor, artista plástico. Realizó estudios de Historia del Arte en el MNBA de Argentina, en el Museo del Prado, en el Museo Reina Sofía y en la Universidad Carlos III de Madrid.

jueves, enero 29, 2026

ENTRE LA LIBERTAD Y EL MIEDO

 El editorial de la revista "Letras libres" de noviembre del 2025, de México, expresaba con honda preocupación el editorialista:  "En algunas décadas, la democracia liberal pasó de ser el proyecto hegemónico que, a finales del siglo XX, se anunciaba como el “fin de la historia” a convertirse en el blanco favorito de una diversidad de posturas y movimientos políticos, muchos de ellos populistas de izquierda y de derecha. Ante fenómenos como la desigualdad económica, el debilitamiento de la comunidad, la globalización y el deterioro del medio ambiente, las opciones que ofrecen superar el liberalismo, al que consideran fuente de todos esos males, han ganado mucho poder". El espacio ha venido siendo ocupado por ideologías radicales, polarizadas, muy cercanas a los totalitarismo que creíamos habíamos superado. Recuerdo que Herbert Marcuse, crítico del capitalismo decía frente a los mecanismo de alineación impuestos al individuo que la sociedad moderna se ha vuelto cada vez más opresiva, alienante y repleta de manipulación ideológica. En lugar de fomentar la libertad del individuo, la sociedad moderna lo ha llevado a la domesticación y la conformidad. 

El periódico el "País" de América afirmo categóricamente sobre lo que pasa en Colombia, dijo, "la tendencia global de elegir entre las opciones más radicales y extremas ha llegado a Colombia, y a su vez virtudes como la capacidad de conciliación y la búsqueda de puntos de encuentro dejan de ser prioridades entre la ciudadanía". La gente vive enfurecida, votará visceralmente, no atiende a los peligros de un radicalismo voraz que ofrece soluciones simples, basadas en la fuerza y en formulas sin sustento. Las opciones extremas, parecen concentrar la atención.

La revista "Análisis Político" Volumen 38 del 2025, en su presentación establece que "la deriva democrática contemporánea no se manifiesta como un colapso institucional abrupto, sino como una reconfiguración gradual, escéptica y polarizada de las ciudadanías, de sus líderes y de la política, que se revela en las dificultades progresivas para tramitar el disenso, lograr los acuerdos y proveer legitimidad en las sociedades". Nada más cierto, es muy difícil tener una conversación tranquila en Colombia. No importa sí es entre universitarios, funcionarios públicos, en cualquier tienda o en la mesa del comedor de nuestra casa, termina en furias, gritos y radicalismo abruptos. Lo triste, la determinante de la información, son las redes sociales. 

En la misma revista, Rodrigo Barrenechea y Silvio Otero Bahamon expone la reconfiguración política de los últimos diez años: "En  menos  de  una  década,  Colombia  ha  experimentado  un  proceso  de  desalineamiento  y  posterior  realineamiento político. Durante años, las identidades políticas se estructuraron en torno al conflicto armado: la  izquierda  asociada  a  la  negociación  y  la  derecha  a  la  mano  dura.  La  paz  de  2016  desactivó  de  forma  abrupta este eje, y los votantes reorientaron sus prioridades hacia la economía y la redistribución, mientras los  partidos  permanecieron  anclados  al  clivaje  del  conflicto.  El  vacío  de  representación  resultante  abrió  espacio en 2022 para un candidato anti-establishment que introdujo la redistribución como eje central. Tres años después, se observa un realineamiento asimétrico: la izquierda se ha organizado programáticamente en torno a la redistribución, mientras la derecha carece de definición en este eje y se cohesiona en torno al rechazo a Gustavo Petro".

Cómo escapar a ello. Creo que el voto libre, a conciencia, con responsabilidad, que permitirá escapar a estos realineamientos que parecen posesionarse como las únicas opciones, es la clave, para no caer en las trampas de las redes sociales.  Hay que escuchar, a la vez, debemos verificar, estudiar, mirar trayectorias e irse por la mejor opción a conciencia. Este es el único camino que nos salvara de decisiones viscerales. Comenzaré a publicar artículos entorno al proceso electoral colombiano.