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sábado, septiembre 04, 2021

ENTREVISTA A MICHEL FOUCAULT

 


Las relaciones entre saber y poder, la historia de los objetos de saber,  su origen, cómo nacen, cómo se configuran, constituyen temas de suma importancia en la obra de MF, que es importante estudiar por lo que significan para entender la crisis del mundo actual, aclarar la genealogía del poder y sus relaciones con el ciudadano de a pie; de igual manera por la necesidad incuestionable de comprender la crisis de la democracia que se estudia solo desde las consecuencias y no desde el origen, por los efectos en el sujeto que se traduce en la forma como se articulan sus relaciones con el poder.  Está entrevista entrega los pormenores de la primera parte del trabajo de MF y es un buen punto de inicio para entender su obra. CESAR HERNANDO BUSTAMANTE. 

 

Esta entrevista fue realizada el 7 de mayo de 1981, con ocasión de unas conferencias de Foucault en Lovaina dirigidas a estudiantes y profesores de Derecho y Criminología. El título era: «Hacer el mal, decir la verdad: sobre las funciones de la confesión en la Justicia». El entrevistador fue André Berten, profesor de la Universidad Católica de Lovaina, cuyas preguntas han sido muy simplificadas; no sucede así con las respuestas de Foucault que se mantienen en su integridad, en la medida en que lo hace posible una formulación oral. 

 
 

Usted ha escrito desde 1961 obras conocidas como la Historia de la locura, El nacimiento de la clínica, Las palabras y las cosas, La arqueología del saber, El orden del discurso o también Vigilar y castigar. Ahora está concluyendo la Historia de la sexualidad. Todas ellas han suscitado muchos debates, a menudo apasionados. Querría conocer el hilo conductor de su reflexión, por qué se ha interesado sucesivamente por la historia de la psiquiatría o la historia de la medicina, por la prisión, la sexualidad o el Derecho.  

 
 

Es una pregunta difícil la que me formula, porque el hilo conductor sólo se conoce al final de lo que uno ha escrito, incluso cuando ha dejado de escribir. No me considero en absoluto un escritor ni tampoco un profeta: en realidad, sólo trabajo. Es verdad que a menudo investigo como respuesta a peticiones externas o a coyunturas diversas, pero nunca tengo la intención de buscar una determinada ley en mi trabajo. Si existe coherencia en lo que hago proviene ésta, creo, más de una situación que nos concierne a todos, a algo en lo que nos sentimos presos, que del hecho de poseer una intuición fundamental o desarrollar un pensamiento sistemático. 

 
 

Me parece que la filosofía moderna, acaso desde que Kant se planteó la pregunta Was ist Aufklärung?, intentó responder al «¿qué es la actualidad?», es decir, trató de interrogarse sobre qué es el presente. Con ello, el pensamiento adquiere una dimensión o se propone un objetivo que no existía anteriormente. Empieza a cuestionarse sobre quiénes somos, qué es nuestro presente y qué supone el hoy en día. Era una interrogante que no tenía sentido todavía para Descartes, pero que comienza a tenerla para Kant, cuando se preguntó sobre la Ilustración, y que se convierte después en la pregunta principal de Hegel, o también, en esencia, la de Nietzsche. Creo que la filosofía –aparte de otras funciones diferentes que debe y puede tener–, posee también ésta de cuestionarse sobre nuestra actualidad y la situación presente. He hecho mías estas preguntas, y en ese sentido soy kantiano, hegeliano o nietzscheano. 

 
 

Diré dos palabras sobre nuestra vida intelectual; tras la Segunda Guerra, en los años cincuenta de la Europa Occidental, se disponía, por una parte, de una perspectiva analítica muy inspirada por la fenomenología; era dominante no en un sentido peyorativo, pues no había ningún despotismo o dictadura por su parte, pero sí creaba un estilo, al menos en Francia y en otros lugares. Un estilo que reivindicaba como meta fundamental el análisis de lo concreto. Sin embargo, uno podía sentirse algo insatisfecho porque lo concreto que reclamaba la fenomenología no dejaba de ser una concreción algo académica y universitaria. Describía ciertos objetos privilegiados, como podían ser la percepción de un árbol o lo que fuese a través de una ventana desde mi despacho, y venían predeterminados por la tradición filosófico-universitaria. Quizá merecía la pena superarla. El otro pensamiento importante de la época era el marxismo. En este caso se proponían análisis históricos en determinados terrenos, bien analizando los conceptos de Marx, lo que era interesante, bien estudiando los saberes históricos con los que esos conceptos debían relacionarse o donde serían operatorios; en cambio, la historia marxista de lo concreto no estaba bien trabajada entre nosotros. Había una tercera corriente, muy especialmente desarrollada en Francia: era una historia de las ciencias (la de Bachelard, Canguilhem o, antes, Cavaillès), que se planteaba si puede haber una historicidad de la razón y, por lo tanto, si cabe hacer una historia de la verdad. 

 
 

Creo haberme situado en el cruce de estos diferentes problemas y corrientes. Pero en cuanto a la fenomenología, en vez de hacer la descripción un poco interiorizada de la experiencia vivida, me preocupé más de hacer el análisis de ciertas experiencias colectivas, sociales. Así, me parecía interesante valorar la conciencia de alguien que está loco; pero no existía un análisis de la estructuración cultural ni social de la experiencia de la locura, y ello me condujo a plantearme un problema histórico. Me propuse estudiar las articulaciones del campo social en la historia de la locura, cuál era el conjunto de las experiencias institucionales y de prácticas, históricamente precisadas, en esta circunstancia; para las cuales, por cierto, los análisis marxistas parecían mal ajustados, como son los trajes de confección. 

 
 

Con el análisis de los problemas histórico-sociales, me planteé el problema de cómo se podía hacer la historia del saber, de los agentes del conocimiento y de los objetos nuevos de conocimiento, presentados como objetos que se quiere conocer. Así me cuestioné acerca de si hay o no una experiencia de la locura característica de un tipo de sociedad como la nuestra; sobre cómo ha emergido o se ha constituido esta experiencia del desvarío, y sobre ese modo de constituirse como objeto de saber para una Medicina que se presentaba como experimental. En suma, estudié a través de qué transformaciones históricas y qué modificaciones institucionales se constituía una experiencia de la sinrazón en la que participaban a la vez el polo subjetivo de la experiencia de la locura y el polo objetivo de la enfermedad mental. Este sería, no desde luego mi itinerario, pero sí mi punto de partida. 

 
 

Cabría añadir una cuarta corriente en ese caminar (o en ese pisotear), y es que trabajé también con textos más literarios, menos integrados en la tradición filosófica. Me refiero a escritores como Blanchot, como Artaud o como Bataille, muy importantes para los lectores de mi generación, que abordaban la cuestión de las experiencias límites. Éstas son formas de la experiencia que –en lugar de considerarse centrales y ser positivamente valorizadas por nuestra sociedad–, definen en última instancia las fronteras de lo que puede estimarse como aceptable. En esencia, la Historia de la locura viene a ser una interrogación sobre nuestros sistemas de razón. Paralelamente, El nacimiento de la clínica considera la relación entre el pensamiento médico y el saber de la enfermedad o la vida en relación con el saber que supone la muerte y la integración de ésta en el conocimiento, como un asunto extremo. Por lo mismo, con ese ángulo me he interrogado sobre la ley y el crimen como punto de ruptura respecto al sistema. Y es que el universo del crimen sirve para medir qué significa la ley; y de hecho el estudio de la prisión nos permite conocer el sistema penal mejor que el estudio desde el interior del criminal. 

 
 

La filosofía como una especial actividad le permite situarnos mejor en la sociedad. Hay una percepción suya de la realidad que nos interesa en particular: las técnicas de internamiento, de control. ¿El hecho de que el individuo se haya visto progresivamente controlado es determinante para comprender la modernidad? 

 
 

No es un problema que me planteara como punto de partida; sólo apareció tras estudiar el funcionamiento de la psiquiatría y del sistema penal. Todos los mecanismos de encierro, de exclusión, de control, de vigilancia individuales me parecían muy importantes, aunque quizá los abordé inicialmente de un modo que podríamos denominar un poco salvaje. Luego, creo que me interrogué mejor sobre estas cuestiones, al ver su importancia. 

 
 

Y es que me parece que la mayor parte de los análisis, tanto filosóficos como políticos, incluidos los marxistas, han marginado relativamente la cuestión del poder, o al menos lo han simplificado. Bien lo trataban como fundamento jurídico o político, esto es, como su legitimación, bien definían el poder como una función de mera conservación y multiplicación de las relaciones de producción. Es decir, que o se trataba de la cuestión filosófica del fundamento o del análisis histórico de la superestructura. Esto resultaba insuficiente por una serie de razones. Las relaciones de poder, al menos en los dominios concretos que he analizado, me parecen más implantadas que en el simple plano de las superestructuras. Además, la cuestión está bien planteada, creo, ya que el poder no funciona a partir de su fundamento. 

 
 

Me interesaba entonces abordar cómo el poder funciona de manera efectiva. Cuando digo «poder» no me propongo identificar una instancia, visible o no, que poco importa, como una especie de potencia que difundiría su efecto nocivo a través del cuerpo social y que extendería de modo fatal su red, progresivamente tupida, hasta estrangular a la sociedad y al individuo. No se trata de eso. El poder no es una cosa, el poder significa relaciones. Relaciones entre los individuos de tal manera que uno puede determinar voluntariamente la conducta de otro. 

 
 

Es un ejercicio, y como tal remite al «gobierno», en un sentido muy amplio. Gobernar una sociedad, un grupo, una comunidad, una familia o a cualquiera, supone determinar la conducta en función de estrategias o de ciertas tácticas. La gubernamentalidad es el conjunto de relaciones técnicas que permiten ejercer las relaciones de poder. Me ha interesado cómo se gobierna a los locos o a los enfermos –un «gobierno», en sentido amplio de nuevo–, qué estatuto se les ha dado, en qué sistema de tratamiento se les ha incluido, sea éste benevolente, filantrópico o económico. Esta gubernamentalidad se ha vuelto más estricta a lo largo de los tiempos. 

 
 

En la Edad Media dicho poder de «gobierno» era mucho más laxo, salvo en los aspectos fiscales, tan necesarios. No interesaban tanto los aspectos de la vida cotidianos para el ejercicio de los poderes políticos, aunque, eso sí, se volvieron más importantes, sin embargo, para la pastoral eclesiástica. Ahora, en cambio, las pautas de consumo se han vuelto muy importantes tanto política como socialmente. El número de objetos que están bajo el control de una gubernamentalidad reflexiva, incluso en un marco político liberal, ha aumentado de un modo considerable. No creo, sin embargo, que esta gubernamentalidad adquiera forzosamente la forma del encierro, la vigilancia y el control. La dirección de la conducta de los hombres se ha vuelto más sutil, y se logra con otros recursos. 

 
 

Sus estudios hacen siempre uso de la historia. Pero su novedad radica en el desplazamiento del modelo histórico. Su trabajo no corresponde a la historia de las ciencias, ni a la epistemología; tampoco se inscribe en una historia de las instituciones, sino en todo ello a la vez. ¿La oposición entre historia y ciencia es interesante para usted?  

 
 

Encuentro, en efecto, que el tipo de historia que hago tiene una serie de marcas, o si se quiere de dificultades. Pero yo empezaría de nuevo planteando la pregunta sobre qué es lo que somos hoy, cuál es nuestro presente. Mi tipo de historia, en primer lugar, intenta hablar de esa actualidad concreta. Después, elige como dominio una serie de objetos si bien bajo la particularidad de que sean captados como puntos frágiles o sensibles en su actualidad. Sin embargo no concibo mi historia como una discusión más bien especulativa cuyo sentido no quedaría determinado enteramente por su condición actual. Tampoco se trata de seguir la moda sin más: si se han escrito diez buenos libros sobre la muerte no se trata de hacer el undécimo. Trato de detectar, entre las cosas de las que todavía no se ha hablado, qué puntos frágiles se captan en nuestros sistemas de pensamiento, en nuestros modos de reflexión, en nuestras prácticas. Hacia 1955, cuando yo trabajaba en los hospitales psiquiátricos, había una crisis latente de la que no se había hablado por entonces, pero que se vivía bastante intensamente. La mejor prueba de su existencia es que al lado, en Inglaterra, gentes como Laing y Cooper luchaban con idéntico problema y sin tener relación con los demás. Lo mismo podría decirse sobre la cuestión del poder médico –del campo en el que este poder funciona–, que empieza a replantearse en los sesenta y que tuvo eco tras 1968. Hago historia más bien de lo que está dibujándose. 

 
 

¿Sus historias están reguladas por los objetos que usted considera, con el fin de esclarecerlos? 

 
 

A veces se enjuicia mi trabajo como una suerte de análisis complicado, un poco obsesivo, y que sólo tiene como meta la exclamación «¡Dios mío, qué encarcelados estamos!», o bien como un modo de percibir que estamos bien atados y lo difícil que es desatar los nudos que la historia ha trabado en torno a nosotros. Sin embargo, creo hacer lo contrario. Cuando discuto, a partir de 1970, las condiciones de la reforma penal, me parece muy importante, por supuesto, plantear la cuestión teórica del castigo o del régimen penitenciario; pero es que antes no se veía interrogada esa especie de evidencia que descansa en considerar la privación de la libertad como la forma más simple, más lógica, razonable y justa de castigar a alguien por haber cometido una infracción. Esa adecuación –para nosotros tan clara y obvia–, entre pena y privación de libertad es realmente una invención técnica que sólo se ha acabado integrando en el sistema penal –y forma parte de la racionalidad punitiva– desde finales del siglo XVIII. He tratado de interrogar las razones por las que la prisión se ha convertido en una suerte de evidencia en nuestro sistema penal. Se trata, por consiguiente, de volver las cosas más frágiles a través de su análisis histórico, mostrando a la vez el modo en que las cosas se han constituido en sí mismas y al tiempo cómo lo han hecho a través de una historia precisa. Se trata de mostrar su lógica, o bien la estrategia bajo la que se han producido ciertas cosas, pues viéndolas de otra manera de golpe pierden su evidencia. Nuestra relación con la locura es una relación constituida históricamente y políticamente –en un sentido muy amplio– destruida. Hay, por lo tanto, una capacidad de acción y reacción, de provocación de conflictos y luchas que conducen a determinadas soluciones. Se trata de reintegrar muchas evidencias de nuestras prácticas en su propia historicidad para que recobren su movilidad al arrebatarles ese estatuto de evidencia. 

 
 

Emplea en sus conferencias la palabra «veredicción», para expresar la idea de decir la verdad. En su genealogía o en su arqueología, que usted elige dependiendo de su objeto, ¿encuentra que no hay fundamento en la práctica del poder?, ¿supone su trabajo una especie de deconstrucción del poder? 

 
 

El trabajo de buscar un fundamento al poder consiste en interrogarse sobre lo que hacen los poderes. Se diría que es la propia pregunta lo que es fundamental. Y el fundamento, volviendo a su pregunta, forma parte de su sentido histórico. En una cultura como la nuestra es muy importante, al margen de en qué lugar preciso pueda encontrarse. El ejercicio del poder político debe interrogarse él mismo –o debe verse cuestionado–, sobre cuál es su fundamento legítimo, y ahí debe de ser siempre muy crítico. Desde hace 2500 años se está planteando esa pregunta que sin lugar a dudas es básica. 

 
 

Ha destacado que sus análisis tratan, sobre todo, de cómo se han constituido determinados problemas. 

 
 

Sí, es lo que he denominado «problematizaciones»; es un barbarismo técnico, pero una palabra deja de ser bárbara si muestra bien lo que se quiere decir; en cambio una palabra común puede serlo si confunde al decir varias cosas a la vez… Yo planteo la historia de ciertas problematizaciones, es decir, la historia de la manera en que las cosas constituyen un problema. Por ejemplo, cómo, por qué y de qué modo particular la locura se ha convertido en un problema importante en el mundo moderno. O cómo el psicoanálisis se ha extendido ampliamente en nuestra cultura, ya sea entendido como un problema interno o por sus relaciones con la locura. Lo mismo puedo decir de la enfermedad, que era bien conocida sin duda antes, pero que tiene otro cariz cuando se la problematiza de nuevo a partir del siglo XIX. Por lo tanto no se trata de una historia de la teoría, ni una historia de las ideologías, ni tampoco una historia de las mentalidades. Lo que interesa es la historia de los problemas o, si prefiere, es la genealogía de los problemas, el por qué cierto tipo de interrogantes o cierto modo de problematizaciones aparecen en un momento determinado. 

 
 

También investigo aún las problematizaciones sobre la sexualidad. Pues no se trata de volver a repetir infinitamente si el cristianismo, la burguesía y la industrialización son los responsables de la represión sexual. Esto sólo interesa o en la medida que ha hecho sufrir a parte de la población, y afecta actualmente a cierto número de personas, o porque ha tomado formas diversas, aunque siempre ha existido. Por el contrario, lo que me parece importante es hacer visible cómo y por qué esta relación con la sexualidad, con nuestro comportamiento sexual, se convierte en un problema y de qué forma; cómo van cambiando las apariencias de ese problema entre los griegos del siglo IV a. C., en los siglos II y III con el cristianismo, y luego en los siglos XVI y XVII, etcétera. Lo importante es saber cómo en el comportamiento humano, en un momento dado, las evidencias se enturbian, las luces se apagan, cae la noche y la gente empieza a percibir que actúa a ciegas y necesita una nueva luz, una nueva iluminación y otras reglas de funcionamiento. 

 
 

¿Por qué se detiene ahora en los fundamentos del Derecho?, ¿qué es lo que está buscando? 

 
 

Mi interés por la legislación no es el de un especialista, el de un jurista, pues no lo soy, sino el de alguien que se ha encontrado con el problema de la Ley en el curso de su estudios sobre la prisión y el crimen. Precisamente me interesé al centrarme en cómo la tecnología del gobierno puede tomar forma en el interior de una sociedad que, en una parte al menos, pretende organizarse y funcionar en torno al Derecho. Me parece, en este sentido, que preguntarse por las instituciones jurídicas, interrogarse por los discursos y las prácticas concretas del Derecho, podía tener cierta importancia, no para dar la vuelta a la historia y a la tecnología del Derecho, sino para alumbrar algunos aspectos importantes de la teoría y la práctica judiciales. Interrogar el sistema penal moderno a partir de la práctica punitiva o de esa práctica correctiva –todas esas tecnologías– mediante las que se ha querido modelar o modificar a los criminales, me parece que permite hacer aparecer cierto número de cosas importantes. Creo haber escogido el Derecho como un objeto particular de estudio en este mismo sentido. 

 
 

Si Dios me lo permite, después de la locura, la enfermedad, el crimen y la sexualidad, la última cosa que me gustaría estudiar es el problema de la guerra, estudiar la institución de la guerra en lo que cabe denominar dimensión militar de la sociedad. Querría revisar el Derecho de gentes, el Derecho internacional y el problema de la Justicia militar; querría ver, en definitiva, cómo una nación le puede pedir a alguien que muera por ella. 

 
 

Transcripción de F. Colina y M. Jalón. 

 





domingo, agosto 22, 2021

EL ANQUILOSAMIENTO DE LA POLITICA COLOMBIANA

 A un año de las elecciones para la presidencia en Colombia y el congreso, ante el exceso de candidaturas, se pueden sacar varias conclusiones poco alentadoras sobre el estado de nuestras mentalidades (en la esfera política) que confirman más bien el anquilosamiento ideológico de nuestros lideres y ciertos atavismos que le han hecho daño al país y que han significado muchos años de conflicto armado y radicalismos nefastos.  

Nuestros lideres políticos y dirigentes no han podido superar la polarización que han heredado como un cáncer y más bien intensifican sus diferencias insuperables, aquellas más dañinas, lo que se colige, por la carga de sevicia como actúan, lo que impide toda discusión dialógica y respetuosa que refleje un interés por la nación. Existe una derecha recalcitrante y una izquierda que internamente nunca ha podido superar sus diferencias y menos consolidar una democracia al interior de sus partidos en concordancia con el talante con él que supuestamente irían a manejar el país, para no hablar sino de uno de los innumerables problemas que la aquejan.  De igual manera hay unos candidatos de centro, dubitativos, con trayectorias menos viciadas, que representan al país indeciso que se ha dejado meter los peores goles en materia electoral y que hasta el día de hoy está lejos de poder consolidar una unión para enfrentarse a la aplanadora de la derecha. 

Desde las elecciones del 46 del siglo pasado vivimos en un radicalismo oprobioso que ha sembrado odios casi insuperables y llevaron al país a uno de los peores conflictos armados del mundo. Los partidos tradicionales que para el día de hoy prácticamente no existen, nunca hicieron una apertura al interior de sus colectividades que les permitiera la participación de militantes por fuera de sus cuadros clientelistas y como buenos sepultureros y poco pluralistas, con el frente nacional, un pacto para alternarse el poder (958-1974), terminaron por cerrar para siempre cualquier apertura a otras colectividades políticas, lo que significó la consolidación de los grupos guerrilleros que ante el cierre de cualquier participación democrática terminaron convencidos que la única salida  como mecanismo de cambio era la militar .  

Como si fuera poco, las amnistías realizadas en pro de una apertura política, buscando la inclusión de grupos armados a la esfera política, casi siempre, después de entregar las armas, todo candidato resultado de este proceso con alguna oportunidad histórica para llegar al poder, termina asesinado, con el ítem de nunca resolver quien está detrás de estos hechos, lo que nos ha permitido convivir inexplicablemente con una impunidad lacerante. El país fue testigo del exterminio de un partido político completo (La UP), más de 6000 miembros asesinados y en los últimos dos años el asesinato de 300 desmovilizados de la FARC y más de 500 lideres sociales. 

En el actual proceso electoral, no se han dado debates de altura, en una coyuntura que los exige. El proselitismo se alimenta de falsas noticias, acusaciones tendenciosas, categorizaciones y miedos. En un país conservador y camandulero toda idea de cambio se trasforma en castrochavismo por gracia de las manipulaciones ideológicas, en expropiación y en violación de los derechos humanos. Solo sembramos falsas apreciaciones para obtener votos, toda dialéctica y contradicción desde la perspectiva ideológica y programática es inexistente y como si fuera poco, al congreso llega siempre la misma clase política que tiene al país en el ostracismo, lo que dice mucho de la falta de educación política de este país. Es necesario que los electores tomen decisiones que se traduzcan en cambios políticos, la única manera de renovar nuestras costumbres políticas. No podemos seguir votando por los mismo, de hecho, para el congreso hay alternativas importantes y por fuera de la clase política tradicional.  Espero que el próximo año que es de elecciones, el país pueda dar un giro importante y renueve el congreso y decida por una opción de cambio, está decisión definitivamente está en manos de los electores. 

domingo, agosto 15, 2021

NUEVOS PARADIGMAS

Hay un hecho contundente, refiriéndome a los cambios sustanciales en nuestra manera de vivir producidos en los dos últimos años, aquellos que se establecieron para quedarse definitivamente, por ejemplo, el uso del tapabocas y el distanciamiento social o cierta desconfianza por el otro, frente al virus del COVI.

A ello se suma el carnet de vacunación como requisito para la asistencia a ciertos eventos, a funciones públicas o incluso a restaurantes, así como para el uso del transporte público.  En algunos paises es condición obligatoria para asistir a clases e incluso a congresos o eventos que impliquen algún tipo de aglomeración.   

El carnet de vacunación será igualmente obligatorio para viajes al extranjero y para el ingreso a la comunidad europea, con el tiempo será una medida general para cualquier país. A estas políticas de restricción se le suma un aumento del ingreso para los sistemas de salud de los diferentes estado para políticas de prevención. Las agendas públicas en materia de salud cambiarán, eso es evidente.

Esto implica que el fenómeno de emigración seguirá teniendo obstáculos muy serios, pese a los tratados que la protegen. El mundo entra en una especie de proteccionismo donde curiosamente las mercancías seguirán teniendo  un transito más libre respondiendo a la apertura y a la economía global. 

Las tecnologías de la información y el conocimiento, el internet, el manejo de la imagen digital, las redes sociales y los mecanismo alternativos de comunicación en el marco de esta revolución adquirirán mucha más relevancia, la imagen será más importante que el original, la copia que lo real y definitivamente el medio de comunicación adquirirá un rol mas relevante y si se quiere peligroso.

Se podrán hacer carreras profesionales en ciertas áreas desde la casa, obtener diplomas en el extranjero y cursos o especializaciones sin salir del país. La revolución de las TIC ahora permite escuchar y ver una conferencia en directo desde un celular o una computadora.

Estaremos más aislados, con menos sociabilidad y de hecho esto incrementará las enfermedades psicológicas como la depresión, en un siglo donde estaremos en apariencia muy comunicados pero más solos que nunca. Acabamos de ver los primeros olímpicos sin publico, desde una pantalla de televisión, hace mucho que no hay público en los estadios y de hecho pese a que espero esto cambie, cada vez los estadios son más pequeños y atienden a una realidad y política que evita las aglomeraciones. Es aventurado predecir cambios, pero lo cierto es que ciertas cosas llegaron para quedarse.







lunes, agosto 02, 2021

MEMORIA E HISTORIA

 Antes del juicio de Nuremberg, después de cualquier conflicto internacional, una vez se firmaba la paz, se generaban los armisticios, se firmaban los tratados y normas aleatorias concernientes a las obligaciones de las partes y con ello se tenía la pretensión de hacer tabula rasa, lo que quería decir que, una vez despajado el camino, se olvidaban todos los resquicios de la guerra, la violación a los derechos humanos y los genocidios cometidos, como si el olvido fuera garantía de que, nada volvería a suceder. Todo cambio con el juicio de Nuremberg que reveló la importancia de la memoria en el contexto histórico, para la conciencia histórica y la no repetición. 

Colombia después de la firma del acuerdo del Habana ha hecho todo lo posible por traer a la memoria toda la fuerza de los hechos desde las víctimas con el propósito de no repetir tan nefastos acontecimientos en 50 años de conflicto. En un artículo de la comisión de la verdad se expresa de manera categórica: “Sin embargo, el propósito de cualquier país que intenta hacer la paz es que existan la mayor cantidad de versiones probadas que nos permitan saber qué ocurrió y cómo fue posible tanto horror. Para la organización Mafapo –Madres de Falsos Positivos de Colombia– el caso de Álvaro Uribe Vélez es uno de los temas cruciales para la reconciliación del país. Reconocemos que somos parte importante de un proceso de sanación y perdón, pero también queremos hacer evidente que perdonar no es hacer borrón y cuenta nueva, sino que deben suceder muchos cambios de fondo en la sociedad para que podamos continuar con la esperanza de paz”. Paul Valery expresaba que la memoria “Es de esencia corporal”.  

Francisco R. Barbosa Delgado, en un texto sobre memoria e historia en la justicia transicional, referente al caso colombiano escribía al respecto:  "la memoria es la base con la cual se construyen tanto la historia como la verdad judicial. Esta memoria debe ser contrastada por parte del juez cuanto, por parte del historiador, con todos los elementos o sustratos que la rodeen, según se demostró con los dos ejemplos que se trajeron a colación. Debe tenerse en cuenta que la memoria juega un papel relevante en la construcción de la verdad judicial en la medida en que una vez se recopilan los dichos de quienes utilizan el testimonio como elemento para articular el relato de los hechos, el operador judicial debe implementar todos los mecanismos de constatación para poder obtener la verdad judicial. Recordemos con Ricoeur que la memoria puede ser definida como -la materia prima de la historia, el vivero en el que se nutren los historiadores-. Esta expresión vale para los historiadores y para los jueces u operadores jurídicos que ven en la memoria, dentro de los procesos de Justicia Transicional, una veta a explorar”. 

Después el mismo autor enfatiza: “Para la historia y para el derecho, la contrastación se concreta con fuentes históricas, y para el juez con pruebas diversas al testimonio o a las declaraciones, que son elemento esencial para la búsqueda de la verdad judicial, pero no definitivo”.  En la Grecia antigua la verdad fue nombrada con el término ”Aletheia “ en esta palabra el prefijo “a” es privativo de Lethe, de olvido, la verdad es entonces: Lo no olvidado o lo que no hay que olvidar.  

Paul Ricoeaur, en el famoso texto: “la memoria, la historia, el olvido”, trata el tema magistralmente desde la fenomenología Hursseliana.  El libro está dividido en tres partes: “La primera, consagrada a la memoria y a los fenómenos mnemónicos, está colocada bajo la égida de la fenomenología, en el sentido Hurssel. La segunda dedicada a la historia, concierne a la epistemología de las ciencias históricas. La tercera, que culmina en una meditación sobre el olvido, se enmarca en la hermenéutica de la condición histórica de los hombres que somos”. La primera se extiende al objeto, el recuerdo que se tiene ante la mente; atraviesa después la fase de la búsqueda del recuerdo, de la anamnesis, de la rememoración; se pasa, finalmente, de la memoria dada y ejercida, a la memoria reflexiva, a la memoria de sí mismo”.  

En la segunda parte “El recorrido epistemológico se adapta las tres fases de la operación historiográfica; del estado del testimonio y de los archivos, pasa por el uso de los porque en las figuras de la explicación y de la comprensión, y concluye en el plano escriturario de la representación historiadora del pasado”. Y la tercera habla sobre el dominio del olvido, “dominio dividido contra sí mismo entre la amenaza de la destrucción definitiva de las huellas y la seguridad de que siempre permanecen en reserva los recursos de la anamnesis”.  “En cuanto al concepto de historia, debe indicarse que fue replanteado de forma plena en los albores del siglo xx por el movimiento francés denominado “Annales”, que permitió entender la historia de forma científica, alejándose de la recopilación de hechos sobre la cual se había estructurado la historiografía con el propósito de hacer de ella lo que Le Goff llamó “la historia monumento”, es decir, aquella sobre la cual se construyó el Estado-Nación” (Francisco R. Barbosa Delgado).  

Esta manera de entender la memoria, la historia y la verdad, dentro del marco de las víctimas, con el ánimo irrenunciable de conocer los hechos en la forma tal como se dieron, atendiendo a la memoria individual y a las huellas colectivas que generaron un rompimiento con los estándares de convivencia pacífica, constituyen los ejes sobre los cuales se estructura una paz de largo alcance.